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martes, 26 de septiembre de 2006

Gestion del Tiempo

No se si le pasará a todo el mundo o si yo seré rara por esto, pero he descubierto un curiosa relación inversamente proporcional entre el tiempo libre disponible y las ganas de hacer cosas, y es que por lo menos yo, cuanto más tiempo libre tengo, siento menos ganas de hacer las cosas.

Empecé a tener conciencia de este fenómeno cuando empecé a trabajar hace varios años. Trabajé en una tienda PRÉNATAL de lunes a sábado durante todo el verano. Aproveché el "descanso" entre clases para sacarme un dinerillo, y me di cuenta de que, aunque estando en el trabajo más de ocho horas, siempre encontraba tiempo para hacer otras cosas, y sin embargo cuando estaba en casa tranquilamente sin hacer nada creía que no me daría tiempo a hacer nada. "¿Quedar en el centro y después ir a casa de mi amiga? Uy! que va! no me da tiempo". Sin embargo cuando tengo parte de mi tiempo ocupado, -siempre con trabajo- encuentro tiempo para hacer de todo, y pienso incluso, que me sobra.

Otro ejemplo. El año pasado estaba trabajando en RODILLA, y no contenta con mis horas de trabajo, esta vez de lunes a domingo, decidí apuntarme no a uno, sino a dos cursos de marketing. Uno por las tardes después del trabajo todos los días, y otro a distancia, apañándome como podía para ir a entregar las evaluaciones y hacer los test con el ordenador.

Supongo que el motivo de que me pase esto es que, al pensar que tengo todo el tiempo del mundo porque no tengo obligaciones en ese momento, vagueo y pienso que si no lo hago hoy, puedo hacerlo mañana, o pasado mañana o quizás la semana que viene porque ¡qué pereza hacerlo el viernes, que ya es casi fin de semana!. Diría incluso que nos da pereza (bueno hablo en primera persona del plural pero me refiero a mí misma) salir de casa. Eso de vestirnos, peinarnos, perfumarnos y demás cosas que solemos hacer antes de salir de casa no lo hacemos para salir 5 minutos a la calle si podemos evitarlo. Sin embargo, una vez que hemos hecho todo eso y hemos conseguido cruzar la línea que separa la casa del mundo exterior, es decir, el portal, vemos las cosas de otra manera y volvemos a pensar que tenemos tiempo para hacer un montón de cosas.

Hace mucho tiempo leí una frase que se me quedó grabada y que he utilizado muchas veces desde entonces, y ha sido precisamente esa frase la que me ha dado la idea para escribir esto hoy.

No se si he convencido a alguien con mi teoría o si hay alguien que esté de acuerdo conmigo. Yo, después de escribir y leer varias veces todo lo que he escrito, empiezo a no saber muy bien que estoy diciendo, y lo único que tengo claro es que sigo pensando que la famosa frase que tanto me gustó en su día sigue teniendo tanto sentido para mí como la primera vez que la ví. Y es que, si quieres hacer algo encontrarás la manera; si no quieres hacer nada, encontrarás la excusa.

Y eso es tan cierto como que 2+2 son 4.

lunes, 11 de septiembre de 2006

¡Lo se! ... falta la foto

Hace un año más o menos volvía una noche de trabajar. Normalmente tenía turno de mañana, pero el último mes me pusieron turno de tarde y me tocaba cerrar todos los días la tienda con dos o tres compañeros más, así que haciendo un cálculo rápido y teniendo en cuenta los horarios que tenía la tienda, eran más o menos las 12 de la noche cuando cogí la calle Santiago de Compostela camino de mi casa. Para aquellos que no saben donde vivo diré que según coges esa calle no tienes más que continuar recto cosa de 900 metros y llegas a la puerta del portal. Bueno, pues yo había cogido la recta que me llevaba a casa y me encontré completamente sola en la calle. Era finales de septiembre, empezaba a refrescar por las noches y una ligera bruma aparecía entre las copas de los árboles y las bombillas de las farolas. Lo único que veía cuando miraba al final de la calle eran un montón de árboles a ambos lados envueltos en las luces de las farolas que, con la bruma, parecían haberse difuminado. En ese momento quise tener un cámara digital para poder inmortalizar una imagen que nunca he vuelto a ver.

A partir de esa noche fueron muchos los momentos que deseé tener una cámara digital para poder llevarla siempre conmigo, y poder hacer tantas fotos como el pasar de los días me ofreciera.

Después de éso vino lo del blog.

Empecé a leer el blog de un amigo y me picó el gusanillo. Me empeñé en tener mi propio blog, y desde entonces imaginé que siempre tendría la foto más original para acompañar los textos, pero después de ocho post todavía no he encontrado esa foto super original que pueda quedar bien con el texto.

Este año en mi cumpleaños el regalo estrella, a parte de la heladera que no pude quedarme, fue una cámara de fotos digital que saca unas fotos estupendas y que ni me había imaginado que me regalarían - y lo digo sin ningún deje de ironía en el tono, ¿eh?-.
Desde ese día he procurado llevarla siempre conmigo, pero cada vez que veo algo digno de fotografiar resulta que me la he dejado en casa. Que veo el cartel de un anuncio que llama mi atención en la marquesina de un autobus, me dejo la cámara en casa. Que me encuentro en medio de una tormenta en el centro de Madrid con un montón de rayos cruzando la ciudad, no tengo la cámara. Que me encuentro en el autobus con un atardecer que deja todo lo que había en primer plano en sombra, me encuentro otra vez sin mi cámara cerca.

Así que así sigo, persiguiendo esa foto imposible que me hará cumplir el deseo de juntar un buen post y una buena foto. No se cuanto tardaré en conseguirla, pero se que tarde o temprano lo haré. Muy posiblemente no será una gran foto para el resto del mundo, pero si la cuelgo será porque sí que lo es para mí.

viernes, 1 de septiembre de 2006

Historia de un secuestro

Una cosa que me gusta mucho hacer es escribir cosas. Cosas que siempre creo que quiero que la gente lea una vez se terminen, pero que luego rara vez muestro a la gente por dos "problemas". El primero de estos problemas es que terminan siendo demasiado personales como para que lo lea todo el mundo; el segundo es que no siempre que tengo tiempo para escribir tengo también la inspiración. Más bien suele ser al revés, y cuando se me ocurren cien mil temas sobre los que escribir no tengo a mano ni un solo trozo de papel en el que escribir las ideas principales.

Y si tengo el trozo de papel, no tengo con que escribir en él.

Tengo en mi casa muchos fragmentos de historias que he empezado a escribir y que, después de releerlos un par de veces he decidido que no valía la pena continuar con ellos porque no valían nada. Pero también tengo historias que leo una y otra vez y que considero que no están tan mal. Que me gustan, vaya. Y son precisamente ésas las que una vez terminadas quedaron demasiado personales como para que alguna vez las lean otras personas.

A principios de esta semana me llegó la noticia de un concurso de novela a través de un cliente que quería incluirla en su página web y me dio por pensar que podía intentarlo. La verdad es que me piqué bastante y durante varios días me vinieron a la cabeza posibles capítulos para "mi novela". Empecé a darle forma y a pensar en personajes. La trama y un final impactante iban de un lado a otro de mi cabeza. ¿Por qué no intentarlo? Se a ciencia cierta que no voy a ganar, y en ese caso no habrá más problemas porque van a destruir todas las que no resulten ganadoras, pero... ¿y si gano? Si no lo intento nunca sabré que no había ganado. Además por 12.000 € bien merece la pena intentarlo.

Por ahora lo único que tengo son las ganas de empezar a escribir y cuatro meses justos para terminar algo decente.

Sólo espero que, al final, no quede algo demasiado personal.