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miércoles, 12 de diciembre de 2007

Cuando una imagen vale más que mil palabras

Normalmente utilizo el blog para escribir lo que pasa por mi cabeza.
Hoy no hará falta.




domingo, 4 de noviembre de 2007

¿Qué es el Camino? Un gofre, un batido y unas botas

Muchas veces explicar a otras personas lo que se siente es complicado y, lo que en tu cabeza son las frases más elocuentes, directas y la mar de ingeniosas, se convierten a la hora de la verdad en algo que ni siquiera se parece a lo que estamos pensando cuando nos atrevemos a decirlo de viva voz.

Eso me pasa a mí a la hora de ponerme a escribir, y es que muchas veces tengo las ideas muy claras y luego no soy capaz siquiera de hilar el final de una frase con el comienzo de otra y eso me desespera bastante.

Hace dos semanas, más o menos sobre esta hora, estaba cenando un batido de chocolate y un gofre en una cafetería de León con tres amigos. Seguramente no fuera lo que llamaríamos una cena equilibrada, pero ninguno le dio más importancia al hecho de que dicho menú sólo fuera rico en grasas y azúcares. Total, a la mañana siguiente lo íbamos a quemar todo porque empezábamos a caminar.

La gente me sigue preguntando por qué quiero ir a sufrir, pasar frío y madrugar al Camino de Santiago, y la única respuesta que se me ocurre es que no se puede explicar. Yo lo pienso en mi cabeza y se me ocurren mil respuestas, pero cuando alguien me hace la pregunta y tengo que contestar en voz alta es como si me quedase muda.
Si dices que sólo por ver un amanecer merece la pena, suena a que eres súper cursi. Si dices que es por deporte la gente pensará que “sufrir” de esa manera no es hacer deporte. Si dices que es por turismo pensarán que en coche te daría tiempo a visitar muchos más lugares. O sea, que por H o por B no soy capaz de explicarlo.

Vamos a ver si con tiempo y paciencia al final del post he dicho algo convincente.

El Camino son esas pequeñas cosas que te pasan en el trayecto, no el Camino en sí mismo. No es más especial ese trozo de tierra o asfalto por el que caminamos que el de cualquier otra ruta que pueda existir sólo por pertenecer al Camino de Santiago.

Para mí el Camino es buscar la flecha amarilla y en su lugar encontrar una en el suelo hecha con piedras por cualquier peregrino, o amigo de peregrino, para evitar que los demás nos perdamos porque la original se había borrado. Es ver la sonrisa que te dedica la gente cuando te ve porque no te sabe saludar en tu propio idioma. Es que el peregrino te hable como si fuera tu vecino de toda la vida sólo porque llevas una mochila como la suya y entiendes lo que piensa. Es ver salir el sol después de días de lluvia. La oscuridad en un albergue a la hora de dormir y la claridad en un albergue a la hora de dormir. Es el agua fría de las duchas. Es un pie que te duele. Un amigo que te espera. Una foto. Un castillo. Es un río que cruza el Camino. El sol que sale. Y el sol que se pone. Es un batido. Es el agua caliente de las duchas. Una vaca que se cruza. Es una oca que no quiere ser famosa. Es una noche que no duermes. Es comer castañas. Y es buscar nueces. Es llegar al albergue y quitarte las botas. Es elegir una cama. Es hacerte oruga en el saco. Es una casa de adobe. Y un rebaño de ovejas. Una sensación. El viento. Es un gofre. Es estar desconectado. Es confiar ciegamente en un símbolo.

Seguir una flecha.

Esto y cosas como éstas hacen del Camino el CAMINO.
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He intentado reflejar lo que es el hacer el Camino de Santiago lo mejor que he podido, pero mucho me temo que si no se ha hecho nunca, el post no te ayudará a entenderlo.

viernes, 15 de junio de 2007

La Sombra de Peter Pan

Tener sombra no es algo que preocupe demasiado a las personas porque todo el mundo piensa que siempre estará ahí. Detrás nuestra siguiendo nuestros pasos, delante nuestra abriendo camino, o a un lado acompañando. Pero lo cierto es que hay momentos que nos sentimos solos y abandonados a nuestra suerte hasta por nuestra sombra.

Día 27 de abril: Salida de Madrid dirección a Santo Domingo. Las nubes y pequeños chaparrones nos acompañan gran parte del camino.

Día 28 de abril: de Santo Domingo a Belorado. Nubes y lluvia otra vez se empeñan en venir con nosotros. Esta vez es más duro porque vamos andando.

Día 29 de abril: de Belorado a Atapuerca. Ni un claro en el cielo. El Camino es incómodo, está embarrado y vuelve a aparecer la lluvia.

Día 30 de abril: de Atapuerca a Burgos. Hace frío, la lluvia se intensifica y el albergue lo han situado a dos kilómetros del centro. Pues eso. 4 kilómetros de más en la etapa por ver la Catedral.

Día 1 de mayo: de Burgos a Hontanas. Por si no tuviéramos suficiente con la lluvia, el frío, las nubes y el barro, que por cierto son incesantes, la nieve decide acompañarnos parte del Camino para amenizar la mañana.

Día 2 de mayo: de Hontanas a Frómista. Vemos el primer amanecer desde que empezamos a andar y cuando nos queremos dar cuenta... unas manchas oscuras nos señalan el Camino en el suelo. Muy alargadas al principio y más chatas según va creciendo el día y eso sólo puede significar una cosa...


...Hemos recuperado nuestras sombras.

Ahora sé lo que sintió Peter Pan cuando, después de que Wendy hubiera guardado su sombra en un cajón para esperar que volviera a por ella, recuperó la suya.

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Cada vuelta al Camino de Santiago es mejor que la anterior y ya estoy contando los días para volver a marchar. Nos hemos cansado, nos hemos lesionado, hemos pasado frío y no hemos dormido por las noches, y sin embargo ninguno ha dicho que no vaya a volver. Pues eso, que algo tiene que tener esto de ser peregrino...

viernes, 30 de marzo de 2007

Autobuses y Diablillos

En el último post que escribí me llevé una gran sorpresa al encontrar un comentario del autor del que, durante mucho tiempo fue mi libro preferido. Han pasado varios meses y hoy por fin tengo tiempo y ganas para volver a escribir, aunque no retome el tema de la vez pasada.

Recuerdo un día cuando estaba en mis primeros años de instituto (por no aventurarme a decir que era el primero) que quedé con una amiga mía y con más compañeras de clase de ésta. Fuimos al barrio de Fuencarral, y a la hora de volver a casa quisimos coger un autobús. Nos apalancamos en la parada hasta que lo vimos acercarse por la calle, después lo vimos justo delante de la parada y acto seguido, y sin parar, alejarse por la misma calle por la que lo habíamos visto acercarse.

¿Cuál fue el problema? ¿Por qué aquel hombre no había parado para que subiéramos? Pues por algo tan tonto como dar por hecho que iba a parar y no levantar la mano. Sí, ya lo sé, la tonta fuí yo (nosotras para no decírmelo yo todo) y no la situación, pero es la respuesta antes me ha venido a la cabeza.

Lo peor fue que después de todo el bochorno, la carrera que nos dimos para pillar el autobús en el semáforo y la cara de tontas que se nos quedó, el autobusero, que nos dejó subir a regañadientes, nos echó una bronca tremenda. Eso sí, fue una bronca que no cayó en saco roto porque se me quedó grabada a fuego en la cabeza y nunca más, desde ese día, me he visto en una situación similar.

¿A qué viene toda esta historia? Pues tampoco yo lo sé. Sólo sé que hace unos meses yendo al centro por la mañana en el 133 tuve la suerte de coger un autobús -con un autobusero- cuanto menos curioso. Esa mañana la gente no parecía estar demasiado espabilada esperando en las paradas, porque a tres personas se les quedó la misma cara de tonta que se me quedó a mí aquel día en fuencarral. Me pregunté cómo a la gente se le ocurría esperar al autobús leyendo un libro o mirando la publicidad de las marquesinas mientras escucha música con unos cascos. Obviamente estas personas nunca antes perdieron un autobus de esta forma tan estúpida. Pues justo esto fue lo que le pasó a dos de las personas que este autobusero no paró. Lo cierto es que tenía muy mala idea el hombre, pero también es verdad que a mí me vino de perlas su mala uva porque llegaba tarde y el hecho de que no frenara en todas las paradas me benefició.

El caso es que la situación me pareció muy divertida. La gente que a saber cuánto tiempo llevaba esperando sólo se daban cuenta de que su autobús había pasado de largo cuando ya era imposible pedir que parara. Todos reaccionaron igual. Levantando los brazos y blasfemando contra el conductor -como si fuera su culpa-, y el conductor refunfuñando y sonriendo maliciosamente. Qué hubieran estado atentos, decía por lo bajito, pero estoy segura de que él se divirtió tanto como yo viendo a esas personitas levantar los brazos e intentado parar el bus a base de agitarlos en el aire.

Una cosa a tener en cuenta, es que de todas las personas que he mencionado que ese día perdieron el bus, no había ninguna que superase los treinta y... me atrevería a asegurar que ninguna llegaba. En la vida he visto (y no creo que vea) a un viejecito pasar por una situación similar. A lo mejor todos los abuelitos y abuelitas han perdido un autobús de jóvenes, pero lo que está claro, es que a ninguno se les escapa en las narices hoy en día; y es que ya se sabe, más sabe el Diablo por viejo, que por Diablo.