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miércoles, 3 de junio de 2009

¡Y me lo quería perder!

15:45 salgo de la oficina camino de una reunión.

16:15 cojo el autobús que supuestamente me va a dejar en la puerta. A esta hora ya llevo 15 minutos intentando localizar a la persona con la que me voy a reunir para decir que llegaré un poco tarde.

16:40 me bajo del autobús en la parada que me había indicado el callejero de páginas amarillas. En un descampado en medio de la nada. Miro a derecha e izquierda y localizo la calle que buscaba. Tiene chalets en ambos lados pero nada más. Veo a un hombre de mediana edad con una anciana, que más tarde me entero que es su madre, a la que está ayudando a entrar en un coche. Le pregunto por el sitio al que voy y me dice que no sabe dónde está, pero que seguro que muy muy lejos de allí. Tienes que cruzar la M-40 y llegar hasta la Moraleja –me dice el hombre muy amablemente. –Sólo puedes llegar en coche. Me despido de él y al verme la cara me dice: -porque… tienes coche, ¿verdad? No. No tengo coche. Se ofrece a llevarme al metro más cercano (a unos 25 minutos andando si aciertas a la hora de escoger las calles que te llevan a él. Si no puedes estar toda una tarde). Cuando me bajo de su coche le doy las gracias de nuevo y pienso que menos mal que iba con su anciana madre porque si no nunca habría entrado en el coche con él a pesar de ser tan simpático y amable (qué le voy a hacer... soy chica). Me dice, a modo de despedida, que me va a ser casi imposible encontrar un taxi y que la mejor opción es volver a Plaza Castilla y desde allí coger un autobús.

16:55 en la empresa a la que me dirijo siguen sin cogerme el teléfono y yo sigo sin encontrar un taxi. Ha pasado uno hace medio minuto, pero no me ha visto cuando he intentado pararlo. ¡Maldita sea! Sigo andando y de pronto veo dos luces de emergencia encendidas en un coche. Veo la bombilla verde apagada en la parte superior del coche y espero que esté soltando a algún viajero en lugar de recogerle. Si supiese cómo hacerlo, creo que habría rezado porque así fuera. El coche arranca cuando aún no he llegado a él y se enciende la luz. Saco la mano y la luz vuelve a desaparecer. Le pregunto si puedo pagar con tarjeta. Me dice que sí y me dedica una sonrisa que me hace tener más ganas de entrar en el taxi. Dentro se está muy cómodo y hace una temperatura muy agradable. Me da conversación durante un rato e incluso nos echamos unas risas juntos. Me pregunta si sé cómo se sale a la M-40 y le digo que no, pero que por favor sea legal y no me dé vueltas por todo Madrid porque, aunque no sé salir de allí, sí que conozco el lugar al que voy y también por dónde se va. Supongo que decir las cosas con una sonrisa hace que las amenazas no suenen como tales. Seguimos hablando hasta que llegamos a mi destino y me despide con otra sonrisa como la que me ha dedicado cuando he entrado al taxi.

17:15 llego a la oficina y la persona con la que había quedado me dice que tiene que salir porque tenía hora con el médico y que es mejor que nos veamos otro día. Me ofrece su coche para volver casi al mismo sitio del que he salido hace 20 minutos. Le pregunto por otra forma de llegar al centro y me dice que hay un autobús. Me despido de él hasta el día siguiente y me voy. Hasta 30 minutos después no llega el autobús que me lleva, a través de un atasco glorioso, a Plaza Castilla. Llevo toda la tarde andando de un lado a otro, tengo los pies llenos de ampollas por culpa de las sandalias que me he puesto hoy y me siento cansada de todo.

Día siguiente por la mañana

9:30 salgo de la oficina rumbo a la reunión. Nada que ver con lo que pasó ayer. Llego media hora pronto porque el autobús que tengo que coger pasa cada ¡40 MINUTOS! Me siento en una sombra con el ordenador encendido y repaso la presentación. El chico me dice que ayer al ir al médico pasó por delante de la parada del autobús y que me vio esperando. En un primer momento, según me dice, no reacciona y pasa de largo, pero después lo piensa mejor y da la vuelta para ir a buscarme y llevarme a Madrid en coche. Cuando vuelve a pasar yo ya no estoy, pero escuchando su historia se lo agradezco sinceramente.

Puede que simplemente leyendo esto penséis que es todo una tontería, pero ayer y esta mañana mientras lo vivía me pareció que todavía queda gente digna de confianza y que sólo quiere ayudar a los demás. En el caso del taxista, que creo que se llamaba Óscar, era su trabajo llevarme de un sitio a otro, pero fue encantador y eso no era su obligación, así que, después de la tarde que llevaba, también fue muy de agradecer.