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sábado, 4 de julio de 2009

Al partir un beso y un adiós

Hoy está siendo para mí uno de esos días con los que todos soñamos alguna vez y que luego no resulta tan especial como habíamos imaginado: esto es que no he hecho nada en todo el día.

Me he despertado por la mañana demasiado pronto como para levantarme un sábado que estoy sola en casa, así que me he dado la vuelta en la cama y me he vuelto a dormir un par de horas. Después me he levantado, he desayunado, me he ido de compras con mi amiga Cristina y he vuelto a casa a tirarme, primero en la cama que seguía sin hacer, y segundo en el sillón a ver la tele toda la tarde. Entre una cosa y otra he cogido el ordenador para "cotillear" el facebook y mi correo y he vuelto al sillón.

De vez en cuando me gusta hacer esto y aprovechar la bastante inusual "soledad" de mi casa. Sin embargo a pesar de disfrutar al máximo de esta situación siempre acabo pensando que al día siguiente lo primero que voy a hacer es salir a la calle y no aparecer por casa en todo el día. Hoy no es diferente y, a pesar de que no me apetece salir ahora mismo, sé que mañana será lo único que me apetecerá hacer desde el momento que me despierte.

Hace unos minutos estaba asomada a la ventana con una copa de vino (llena de coca cola) en la mano y dejándome acariciar por el agradable vientecillo que corre a estas horas de la noche y se me ha ocurrido escribir todo esto. Sé que no es gran cosa pero tampoco tenía por qué serlo.

También mientras estaba asomada a la ventana he viajado varios años en el tiempo y he recordado una noche de un día de diario en invierno. Yo no había podido dormir o, si lo había conseguido en algún momento, me había despertado en mitad de la noche desvelándome después. Estaba mirando por la ventana con las luces apagadas y vi llegar a un chico por la acera de enfrente. Se paró en el portal que está enfrente del mío y silbó dos o tres veces. Al rato una chica se asomó a la ventana desde el último piso y saludó al chico con la mano. Él se llevó los dedos a los labios y le lanzó un beso a su chica para marcharse un segundo después por donde había venido. Aunque no puedo decir que lo vi, estoy segura de que se marchó sonriendo. No sé por qué he recordado esta historia hoy, pero sí sé que no es la primera vez que me viene a la mente y por eso me apetece ponerla por escrito.

Son las 23:17 y el sillón me espera. El día no ha termiado y puedo seguir vagueando.