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martes, 20 de octubre de 2009

Peregrinos a Santiago

Desde ya os aviso que este va a ser un post largo. Me gustaría poder decir la famosa frase de Julio César Veni, Vidi, Vinci y resumir de esta forma todo lo que tengo metido en la cabeza; sin embargo mucho me temo que no sólo no voy a ser capaz de resumirlo, sino que además voy a alargar ciertas cosas en las que no quisiera entretenerme.

El pasado día 16 de octubre, viernes, llegué caminando a Santiago de Compostela. Sí, éste podría ser un buen resumen, la verdad. Pero se queda corto.

Todo empezó el 11 de mayo de 2006 cuando me metí en el coche de mi amigo Santi con él, y con dos amigos suyos del trabajo a los que no había visto en mi vida, de los que no sabía absolutamente nada y que responden a los nombres de Alberto y Adolfo. Ellos dos y Santi serán de ahora en adelante "los niños", "los chicos", "mis compañeros de Camino".

Aún hoy, después de tres años, no sé qué me impulsó a acompañarles esa primera vez (y quien dice acompañarles, dice acoplarse), pero lo que sí sé es que desde el primer momento que puse un pie en el Camino supe que quería finalizarlo. Y no finalizarlo de cualquier manera. No. Quería llegar a la meta con las personas con las que había cruzado la línea de salida. Esto es lo que ha hecho que tardemos tanto en llegar a Santiago. Todos, desde el primer viaje de tres días que hicimos a través de los Pirineos, decidimos que nos esperaríamos para completar el resto de las etapas. Y finalmente así ha sido.

Otras veces ya he contado en este blog lo que significa para mí hacer el Camino, sin embargo esta vez me veo en la obligación de retomar el tema y extenderme un poco más.

Esta última vez hemos hecho toda la parte de Galicia. No sé si se la puede considerar la parte más bonita. Puede que sí. No sé. Todo tiene su encanto por supuesto, pero esta última parte ha sido quizás, más especial que las demás y como consecuencia, de las más bonitas. Especial porque llevamos tres años detrás de llegar a la meta, porque íbamos a recibir la Compostela al final del Camino, en definitiva porque era hora de terminar y empezar con otra cosa. Ha sido especial también porque a ninguno nos ha salido ampollas, porque a ninguno nos ha mordido un perro y porque ninguno ha llegado con un esguince. Especial porque hemos comido menos huevos fritos que en pasados viajes (a excepción de uno de los niños), porque he aprendido un nuevo juego de cartas y porque hemos conocido gente que merece la pena. Gente como Isabel (peregrina extremeña-andaluza-catalana muy charlatana, pero muy sabia también) que lo primero que nos dijo al conocernos fue que el Camino es la gente que te encuentras por el camino, gente que te quiere y a la que tú quieres. -Lo importante es lo que cada uno lleva en su mochila -nos dijo-: las alegrías y las tristezas; los fracasos y los éxitos; en resumen, la vida de cada uno. Ella y su marido Rafaé saben de qué hablan. Han hecho el Camino de Santiago por su hijo de 29 años varias veces ya que él no pudo hacerlo antes de morir. Para ellos es especial porque les ayuda a estar más cerca de su hijo. Como véis los motivos que les lleva a ellos a hacer son más contundentes que los míos, pero si no comparamos una cosa con otra me atrevo a decir que mis motivos son también importantes (a pesar de que aún no sé cuáles son estos motivos). Yo me cargo la mochila al hombro, paso frío o calor, acabo dolorida después de 20 ó 25 km y me sigo sintiendo bien y con ganas de repetir. Supongo que el día que todo eso suponga un suplicio para mí significará que me he quedado sin motivos para hacer el Camino de Santiago. Mientras tanto ni me lo pensaré cuando los niños me lo propongan.

Cuando conocimos a Isabel y a Rafael nos parecieron pelín pesados y tratamos de no coincidir demasiado rato seguido con ellos; sin embargo era inevitable verles y pasar tiempo con ellos cuando muchas veces nos tocaba incluso dormir en la misma habitación a todos. Y mira como son las cosas que al final del Camino, les cogimos cariño.

El viernes que llegamos a la plaza del Obradoiro (y estoy abreviando y obviando muchisimas cosas para no hacer demasiado pesado el post) no lo olvidaré en mi vida. Los que estuvimos allí lo vivimos de una manera muy intensa pero no sabría explicarlo con palabras. Baste decir que fue muy emotivo. Entramos los cuatro juntos igual que salimos de Saint Jean Pied de Port hace tres años. Un rato más tarde, después de recoger nuestra Compostela (o similar en mi caso por no haber hecho el Camino por motivos religiosos) cogimos sitio en la catedral para escuchar la misa del peregrino. Llegamos con una hora de antelación y poco nos faltó para no conseguir sitio. Durante toda la hora y, sobre todo durante los últimos minutos, miramos por todos lados en busca de Isabel y Rafael para dejarles un sitio en nuestro banco. Mira por donde estábamos preocupados por esta pareja pelín pesada, pero que a su manera (como todo el mundo) se hacía querer. Por eso cuando las monjas empezaron a cantar justo antes de que la misa comenzara y les vimos aparecer por el lado derecho de nuestro banco no pudimos evitar saltar de alegría al verles y salir en su busca para que nos acompañaran.

Me pasé toda la misa llorando junto a Isabel.

Sé que habrá gente que seguirá sin entender lo que es hacer el Camino. Lo siento por no haberlo explicado mejor. De todos modos para todos los que penséis así sólo puedo deciros una cosa: probarlo, aunque sólo sea una vez en vuestra vida. Aunque sean sólo dos días y una noche porque eso sí, las noches en el albergue hay que vivirlas en la propia piel para entenderlas. Ahí si que no cabe la posibilidad de que te lo expliquen con palabras. Ni siquiera con imágenes. Hay que vivirlas.

Bueno (bueno, bueno, bueno... va siendo hora de recoger el chiringuito por hoy)(no me puedo creer que yo haya puesto esto) como el que avisa no es traidor aquí os dejo el post más largo jamás escrito en este blog.

A los niños, mis compañeros, MUCHAS GRACIAS por ser como sois y por haberme hecho un huequecito en este viaje que tan importante ha sido para mí. GRACIAS por curarme las heridas, por buscar nueces y castañas conmigo y por caminar a mi lado sin necesidad de decir palabra alguna.

--> Buen Camino

jueves, 1 de octubre de 2009

He roto mi hucha cerdito

Muchas veces hacemos tonterías que más tarde, cuando lo pensamos en frío, nos hace preguntarnos: “Y esto, ¿para que me sirve?” o "¿Por qué he hecho esto?" Pues bien, algo parecido pensé yo el domingo pasado cuando, mientras limpiaba mi habitación, me encontré con dos huchas que tenía llenas desde hacía varios años y decidí darles un martillazo. Y no digo llenas de tesoros que me sacaran de pobre. No. Estaban llenas de moneditas de un céntimo, dos céntimos y cinco céntimos. Es decir, todas las monedas de cobre que la gente desprecia tanto (¡ahora entiendo que con razón!) y que a mí me dio por recoger un día y darles cobijo.

Ya hace tiempo que me di cuenta de mi estúpido error y por eso mismo estaba retrasando el momento de juntar las huchas y un martillo en la misma habitación (aunque sin duda era algo que irremediablemente tenía que hacer)

Mi "matanza del cerdo" particular

No quiero ni saber cuánto tiempo estuve contando, amontonando y empaquetando mini monedas, pero lo que sí sé, es que nunca, nunca, nunca volveré a coleccionar moneditas de céntimos.

Mi "tesoro"