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lunes, 26 de abril de 2010

BOATS for HIRE

Si pudiera darle forma a mi paraíso personal creo que sería algo parecido a esta.

No sé si lo he comentado ya alguna vez, pero yo soy una persona a la que no le importa estar a solas conmigo misma. Hay gente que no sabe estar sola y hay gente que no sabe estar con gente. Pero ojo, no es lo mismo no saber, que no querer o no poder. A mí por supuesto que me gusta estar con mis amigos, con mi familia o con extraños llegado el caso, pero también es verdad que cuando paso mucho tiempo rodeada de gente noto que necesito mi espacio y evadirme de todo y de todos.

Durante mucho tiempo pensé que todo esto me ocurría porque estaba acostumbrada a estar sola. Pero ahora me he dado cuenta de que no hay nada más lejos de la realidad. Más bien tendría que decir que me he acostumbrado a pasar tiempo sola porque me gusta pasar tiempo sola. No al contrario.

Como dije en el último post de mi blog Once_upon_a_time... siempre he tenido la cabeza llena de pájaros. Me inventaba -y me sigo inventando- mil historias en mi cabeza que me ayudaban a transportarme a otros lugares, si bien no en cuerpo, por lo menos en espíritu. Cuando vi el lugar donde tomé la foto de arriba tuve claro que había encontrado el pequeño paraiso espiritual -por llamarlo de alguna manera- al que me gustaría ir siempre que me apeteciera estar sola. Un lugar donde parece que el tiempo no corre desde hace mucho y donde parece que todo puede ser posible. Muchas veces he pensado en lugares con lagos cerca como un lugar perfecto para perderse y, aunque lo diga con la boca chica porque me encanta la ciudad, me gustaría en algún momento de mi vida poder decirle a la gente que si quieren encontrarme tendrán que buscarme en un sitio muy lejano, cerca de un lago con un embarcadero y donde el tiempo se hubiera detenido mucho, mucho tiempo atrás.

jueves, 15 de abril de 2010

Sensaciones

Hay pocas sensaciones que me gusten más que la que experimentas al meterte en una ducha con el agua caliente cuando vienes muerta de frío de la calle, donde te has mojado con la lluvia helada y las ráfagas de viento te han aterido los músculos. Si, además, has tenido un mal día en lo profesional o en lo personal y estás deseando llegar a casa a pesar de que tienes la sensación de que estás a años luz de alcanzar la meta, esa sensación de felicidad al sentir el calor de las gotas de agua puede ser maravillosa. La mejor del día casi seguro.

Llegas, como he dicho hace un momento, congelada y empapada a casa y, lo que es peor, llevas así todo el día. Incapaz de entrar en calor y cada vez más enfadada con el mundo entero porque la lluvia y el mal tiempo te han pillado en un mal día, entras por la puerta de casa y te quitas el abrigo, lo dejas tirado en el sillón y la bolsa con el tuper de la comida en la silla de la cocina. Te quitas las botas cuando llegas a la habitación y las pones debajo de la calefacción para que se sequen más rápidamente. Los pantalones (mojados) y el jersey los dejas tirados encima de la silla de tu habitación y te diriges al baño donde te terminas de desvestir. Pones las manos sobre los muslos y los notas fríos. No es normal que el cuerpo esté más frío que las manos, así que rápidamente te metes en la ducha, esperas a que el agua salga caliente y cuando ya está lista te abandonas debajo del agua. Cierras los ojos mientras sientes que la piel se te pone de gallina y un escalofrío recorre tu cuerpo. Un minuto después abres los ojos y no eres capaz de ver con claridad más allá de la mampara del baño porque el vaho ha empañado el cristal. Pero realmente te da igual. Vuelves a cerrar los ojos. Total, ya te has abandonado al poder relajante del agua y nada puede estropearte el momento. Bueno, nada o casi nada, porque siempre llega el momento de cerrar el grifo y salir de la ducha.

Y lo hago, pero lo hago con tristeza porque se ha terminado mi gran momento de soledad. Me envuelvo en mi toalla y una sensación de bienestar que no he conocido en todo el día me invade todo el cuerpo. Por fin estoy en casa. Y por fin he entrado en calor.

viernes, 9 de abril de 2010

Las cuatro torres

Todos los días cuando vuelvo a casa andando desde el trabajo paso al lado de las cuatro torres de la ciudad deportiva del Real Madrid. Al principio me quedaba embobada mirándolas, pero con el tiempo me he ido acostumbrando a ellas y he dejado de prestarlas tanta atención. Con eso no quiero decir que no vea, de vez en cuando, algo especial digno de dedicarle unos momentos.

Muchas veces cuando voy andando por la calle me doy cuenta de que llevo un buen rato mirando al suelo y siempre me digo a mí misma: “Pero Fani, mantén la cabeza alta que te estás perdiendo muchas cosas”. Sin embargo hay veces que mirar al suelo no es tan malo y te encuentras con imágenes como estas:


Otras veces llevas la cabeza alta y las vas viendo acercarse lentamente, tan lentamente como tus pies se van moviendo en su dirección a pesar de que estos se muevan rápido, y te das cuenta de que podrías estar años sacando fotos completamente distintas cada día, gracias a los diferentes tonos de luz que las alcanzan.

Pero no sólo las torres en sí me parecen bonitas y dignas de admirar. Sus zonas comunes, con jardines, fuentes y luces de colores, no tienen nada que envidiarlas. Hace unos días cuando volvía a casa vi al sol moribundo traspasar el agua de las fuentes con su rayos anaranjados. Dejé la bolsa de la comida en el suelo, me agaché en el suelo hasta casi sentarme en él y traté de inmortalizar el momento con la cámara del móvil. He visto a gente hacerlo más veces, ven algo que les gusta y dejan de hacer lo que sea para sacar la foto, y nunca me parece raro. Pero mucho me temo que no todo el mundo piensa igual, porque la cara del viejecillo que había sentado en un banco al ver a una chica joven vestida con traje, pararse en seco en mitad de la calle, ver el espectáculo, seguir andando, volver a pararse en seco, volver sobre sus pasos, acercarse a una fuente, agacharse a su lado, sacar un móvil del bolso y hacer una foto al agua, me lo dijo todo. Creo que a veces soy un poco rara.

La semana pasada me enteré de que una amiga mía tenía un blog sobre Madrid y hasta hoy no ha querido enviarme el link para que pudiera verlo. No he leído todo aún, pero lo que he leído me ha encantado. Por ahora os recomiendo el post Aprendiz de Coco Chanel. Por cierto su blog se llama La Emperatriz de Lavapiés y podéis encontrarlo en mi lista de links.