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viernes, 26 de agosto de 2011

Cerrado por vacaciones


¡¡ME VOY A TANZANIA!!

El blog estará apagado o fuera de cobertura hasta mi vuelta. Espero poder hacer rápido la crónica del viaje porque sino se me va a juntar con el de Turquía...

jueves, 25 de agosto de 2011

TANZANIA vs GALICIA

Últimamente le he dedicado tanto tiempo al blog de libros (al mío y a los de los demás) que he convertido éste en un blog de viajes. Primero Roma y ahora Tanzania; parece que no sepa hablar de otra cosa, ¿verdad? Por eso hoy, justo un día antes de marcharme, quiero hablar de otro viaje, pero esta vez no de uno mío, no. Voy a hablaros del viaje que no he hecho.

Llevo años viajando con mis dos hermanas y sus chicos, y este 2011, por un motivo más que justificado (voy a ser tía a mitad de octubre) no nos hemos conseguido poner todos de acuerdo, de modo que cada uno ha tirado hacia un lado. Ahora mismo están los cuatro en Galicia, en el pueblo en el que veraneábamos todos los años con papá y mamá cuando éramos pequeñas. Bueno, los cuatro o los cinco, porque el pequeño Iker ya cuenta aunque no haya nacido aún. Todos los días sé algo de ellos. Si no hablamos, papá y mamá me cuentan lo que han hablado con ellos, y si hablamos pues podemos tirarnos minuto tras minuto contándonos nada concreto. Me cuentan chorradas que quizás sólo a ellas y a mí nos hacen gracia y nos partimos de risa imginando o recordando situaciones. El otro día se fueron a comer una mariscada, por ejemplo, y pensé que me habría encantado estar allí con ellos, sentados en la misma mesa y riéndonos por nada, o por todo, como queráis verlo. Pero no, me conformé con escucharlo a lo lejos. Y eso sin gustarme el marisco, ¿eh?

Este año he decidido marcharme a Tanzania y aún no sé muy bien porqué. Es un pedazo de viaje, que puedo permitirme porque no tengo ningún gasto importante a lo largo del año. Estoy segura de que lo voy a pasar genial (llegue o no llegue al techo de África), pero sin embargo me encuentro con que tengo morriña. En unas horas voy a estar camino de Tanzania y sin embargo me encantaría estar en Galicia comiendo pulpo y pasando frío en la orilla de la playa.

Ahora, también es verdad que en cuanto me ponga a meter las cosas en la mochila (ya no puedo demorarlo más) esa sensación irá desapareciendo para dejar paso a los nervios (que aún no he tenido y que imagino que no tardarán en aparecer)

Ya no hay cuenta atrás... Estoy a menos de 24 horas... Más concretamente a

23 horas

jueves, 18 de agosto de 2011

Dicen que lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe

Pues lo mismo ocurre cuando tienes que organizar un viaje a Tanzania para el que estás cero preparada, que lo importante no es tener, sino tener el teléfono del que tiene.

De esta manera he conseguido del hermano de mi cuñado una cazadora, unos guantes para el frío y un gorro (con el que estoy monísima, por cierto); de la cuñada de mi hermana unos pantalones para el frío; del cuñado de mi hermana una capa para el agua; de mi prima una mochila; de mi hermana y mi cuñado un saco de dormir; y de mi compañero de viaje las medicinas que posiblemente nos hagan falta allí. Pero yo también aporto cosas a mi equipaje no os creáis. Algunas cosas las tenía ya, otras me las estoy comprando.

Ahora mismo estoy a 9 días de mi viaje y tengo todo a medio preparar, sin embargo a pesar de la importancia del viaje, no estoy especialmente nerviosa. Al principio me preocupaba el equipo para subir al Kilimanjaro, pero tampoco es algo que me haya quitado el sueño en exceso (excepto una noche que me desvelé y no conseguí volver a dormir pensando en todo lo que tenía que hacer) Después me empezó a agobiar el idioma. Por supuesto no hablo swahili (tampoco sé si se escribe así), pero sí algo de inglés que es el idioma que tendré que utilizar allí. El problema es que cada vez lo llevo peor. Voy con personas que lo dominan por completo, así que me dará rabia no poder hablarlo con soltura, pero realmente es algo que ha dejado de importarme. Me tomo este viaje como un viaje para mí misma, así que me haré como que no me importa no enterarme de las conversaciones que haya a mi alrededor.

Ahora la verdad es que no me pone nerviosa pensar en la ascensión, ni tampoco en el viaje de casi un día hasta llegar a Tanzania, ni en el idioma, ni en el equipo. Va todo sobre la marcha. Tengo la vacuna puesta, el pasaporte en orden (¡conseguiré mi segundo sello!) y lo necesario para no pelarme de frío en la cima (porque mi intención es llegar hasta arriba) así que, si a eso le sumamos las ganas que tengo de ir, creo que puedo decir que lo principal ya está ok. Estoy lista para volar (y volar y volar (porque tengo muchas horas de viaje) a Tanzania. Ya contaré a mi vuelta la experiencia que seguro que será irrepetible.

No veo el momento de ponerme en marcha para contar todo después en el blog...

domingo, 14 de agosto de 2011

Roma - Día 5

Lunes, 18 de julio de 2011

Hoy es el último día en Roma así que tenemos que hacer las maletas antes de salir a la excursión del día. Se notan los días que hemos estado pateando la ciudad y el cansancio acumulado en nuestros cuerpecitos serranos. Ana me dejará esta noche en casa y se irá a la suya a dormir, así que hacemos la (única) maleta de la forma más práctica posible. Es decir atando todas mis posesiones con un cinturón para solo tener que tirar de ellas cuando lleguemos a casa y no entretenernos mucho en separar la ropa de una y otra. De hecho esto se le ocurrió a Ana al hacer la maleta en su casa y quedó tan contenta con el resultado que empaquetamos mis cosas de la misma forma. Es un buen sistema para que la ropa no se mueva y llegue arrugada a su destino.

Bajamos la maleta y la dejamos detrás de un biombo (la consigna) y nos vamos a la zona del Coliseo. Cuando llegamos notamos que hay menos gente que ayer, pero aún así hay mínimo 1 hora de cola en cada sitio. Nosotras, como ya tenemos las entradas, cogemos la vía rápida y hacemos nuestra entrada triunfal en menos de dos minutos. Estoy tan feliz de haberme evitado la cola que no puedo evitar levantar los brazos como si fuera a poner banderillas y entonar el típico “tiri tiri tiri” de Mauricio Colmenero.

Decidimos subir del todo para que el primer vistazo que echemos sea desde lo alto y se pueda abarcar todo, sin embargo lo que yo pensaba que iba a ser algo espectacular y digno de recordar para siempre me resulta un espectáculo más bien normalito. Mucha gente por todos lados y piedras rotas. No sé si es porque vengo agobiada ya con ver tanta gente en los sitios turísticos o que realmente es más la fama que tiene que otra cosa, pero no es para nada como yo me había imaginado. Me decepciona bastante. Una pena. Pensaba que sería más impresionante. Damos una vuelta y conseguimos sacarnos algunas fotos sin que aparezca más gente detrás.


Mientras estamos dentro nos encontramos con uno de los chicos mexicanos de ayer. El hermano mayor. Según parece ayer discutieron y después de un mes juntos han decidido separarse durante el día de hoy para descansar el uno del otro. Están a punto de volver a México pero un mes sólo con una persona también tiene que cansar.

Nos comemos la fruta sentadas en una piedra y después de un rato nos vamos a la calle.

Aún nos falta por ver el Palatino, que según me he informado son más piedras rotas. ¡Ay! ¡Cómo siento no entender de arte para explicar un poco más y dar una opinión un poco más concreta de lo que veo en lugar de tanta opinión personal! Se nos ocurre la idea de ir a comprar un helado antes de entrar al Palatino. Hoy es el día de más calor y se nota. Buscamos una heladería y nos comemos el helado caminando por la calle. El mío es de pistacho y está súper rico. ¡Hasta tiene pistachos enteros dentro! Y ¿sabéis que es lo mejor? ¡Que por la tarde tengo permiso para comer otro helado! (recordad que el segundo día no comimos ninguno y lo teníamos pendiente) El helado se derrite bastante rápido y se me cae un poco encima de la mochila. Ahora tengo una bonita mancha oscura en la mochila naranja.

Entramos al Palatino después de pelearnos con el guía de un grupo. Damos vueltas y vueltas y llega un momento que ya no podemos más. Andamos por inercia. Estamos derrotadas.


Hace mucho calor, hay mucho polvo y las ruinas no nos motivan nada, así que nos vamos fuera. Justo antes de salir nos volvemos a encontrar con el mexicano. Nos despedimos y nos vamos a la calle a buscar el 3. Resulta que la parada que buscábamos el otro día y que no conseguimos encontrar estaba al lado del Coliseo y el otro día anduvimos ni se sabe el tiempo. El autobús va lleno de gente y no podemos sentarnos. Un rollo.

Llegamos a nuestro barrio y nos vamos directamente a la pizzería del otro día. Queremos pizza al peso. Yo quiero innovar y pido las dos primeras que veo con buena pinta. Hemos cogido la misma mesa del otro día y comemos casi en silencio. Después de la paliza de los últimos días estamos derrotadas y no tenemos ganas de nada más que de comer y beber. Después de comer buscamos una heladería y nos sentamos otro rato. El segundo helado del día está rico también pero no supera el de pistacho. La chica de la heladería no es demasiado agradable. La verdad es que me da mucha rabia que la gente que trabaja de cara al público sea borde, pero bueno, quiero creer que se ha puesto nerviosa al ver que éramos extranjeras y que ha optado por no hablar para no meter la pata.

Aún nos queda un buen rato para salir hacia el aeropuerto, así que decidimos ir a un parque cercano a tumbarnos un rato en un banco, pero no somos las únicas en pensarlo porque cuando llegamos no hay ninguno libre en la sombra. Lo único que vemos es un banco entre sol y sombra con una tabla rota. Nos sentamos en él y le digo a Ana que se tumbe un rato (asi podrá dormir los 15 minutitos que le hace falta dormir para volver a ser persona) mientras yo leo.

Después de una acelerada salida del parque después de que una loca se haya puesto a gritarle a alguien por teléfono (estaba histérica) nos acercamos al hostal para coger la maleta y marchar hacia el aeropuerto. Nos cambiamos de ropa, nos refrescamos un rato y salimos a buscar el 71. Le preguntamos a una chica dónde está la parada. Es una chica muy curiosa con rastas y muy amable. Lo primero que hace es disculparse por no contestarnos en nuestro idioma, pero dice que no habla español. Nos indica en italiano y con señas que tenemos que seguir recto y después girar a la izquierda. Cuando reemprendemos camino le digo a Ana que no me ha quedado claro si teníamos que girar en la primera calle o en la segunda. Ella tampoco se ha enterado. Hacemos amago de girar en la primera calle. Miro hacia atrás y veo a la chica haciendo gestos desde lejos. "Esa no, esa no. La siguente." Le doy las gracias con la mano y seguimos.

En el autobús se sienta Ana pero yo me quedo de pie para poder sujetar la maleta. Llegamos a la estación de tren y cuando vamos a comprar el billete aparece una chica con varios billetes para que le compremos. Dice que los ha comprado por la mañana pero que ahora no le hace falta porque la van a llevar en coche. Como no le devuelven el dinero en la taquilla ha decidido revenderlos ella misma. Ana y yo sospechamos, por eso de que el ser humano es desconfiado por naturaleza, y comentamos la jugada. "¿Qué hacemos?" La chica se da cuenta de que hablamos español y cambia a nuestro idioma (que también parece ser el suyo) Al final accedemos y le compramos los dos billetes. Una vez en el tren cada una se dedica a sus pensamientos y a descansar aprovechando el fresquito que hace en el vagón.

Llegamos al aeropuerto y nos vamos a la cola para facturar las maletas. Ya tenemos las tarjetas de embarque así que nos metemos en la cola pequeña (después de hacer cola durante un rato en la otra cola) Durante un buen rato dos hermanas pequeñas nos entretienen con sus monerías. Tenemos delante a una pareja que lleva algo así como 5 ó 6 maletas. Obviamente llevan sobrepeso y parece que la chica del mostrador no sabe cómo proceder. De verdad no exagero si digo que estamos media hora antes de que la cola se empiece a moverse de nuevo. Hablamos con una señora argentina durante un rato. Cuando por fin facturamos y pasamos el control de policía casi no nos queda tiempo de mirar tiendas dentro. Ana está cansada y se va directamente a la puerta de embarque. Yo prefiero dar una vuelta por las tiendas antes de ir a la puerta pero me reúno con ella enseguida. La gente se está empezando a poner nerviosa porque no nos llaman para embarcar y se están colocando en la cola que nos han dicho en facturación, pero que pone que tiene otro destino. La estupidad humana muchas veces no tiene límites y en esta cola se está demostrando una vez tras otra. Al final nos cambian de puerta y por fin podemos entrar. Según pasamos vamos cayendo en una cuesta abajo en una especie de invernadero donde no hay aire acondicionado y donde nos ponemos a sudar todos como cerdos.

Una vez sentadas en el avión sentimos las vacaciones terminadas. Leemos juntas el cuaderno que he ido escribiendo estos días para poder escribir después aquí, en el blog. Vamos recordando anécdotas y así damos por terminado el viaje a Roma.

Un poco antes de llegar a Madrid me pongo a hacerle mimos a Ana y el chico que está al otro lado del pasillo nos mira con cara entre extrañado y curioso. Como me doy cuenta de que piensa que somos pareja le sigo haciendo mimos a Ana. Cuando salimos del avión y le adelantamos de camino a la recogida de maletas cojo a Ana de la mano. A nosotras nos hace mucha gracia confundir al chico y él se queda sin saber si somos o no pareja.

Ya estamos en Madrid. Tenemos nuestra maleta y nos vamos a dormir a casa, que ya va siendo hora de ir a descansar.

lunes, 8 de agosto de 2011

Roma - Día 4

Domingo, 17 de julio de 2011


Nos levantamos temprano otra vez y nos arreglamos antes de salir a por el desayuno. Hoy vamos a visitar la zona del Coliseo así que salimos pronto de casa.

Cuando llegamos nos encontramos con una cantidad de gente que no habíamos previsto. Todo el mundo se sabe ya el truco de ir al Palatino a comprar las entradas para el Coliseo y el Palatino juntas, así que hay colas igual de largas en un lado y en otro. Como ya sabéis Ana y yo no hemos venido a Roma para hacer colas, así que después de dos minutos Ana me propone hacer hoy lo que íbamos a hacer mañana y dejar esto para mañana que es lunes y habrá menos gente.


Además hemos leído que la entrada te vale para dos días, así que imaginamos que si la compramos por la tarde habrá menos gente. Nos vamos dando un paseo (no sin antes habernos comido la fruta, claro). Primero pasamos por una parte del foro que está abierta al público, pero nos marchamos enseguida.

Al poco de ponernos a andar nos ponemos a buscar un sitio para tomar algo y así poder entrar al baño (se ve que he bebido demasiados líquidos en el desayuno) pero no encontramos nada que nos guste lo suficiente hasta que cruzamos el río y entremos en el Trastevere. El sitio es un restaurante cafetería que nos gusta bastante y nos planteamos incluso la posibilidad de volver hasta aquí para comer después. Tomamos una coca cola en la barra mientras entramos al baño y después pedimos un vaso de papel para tomarlo por el camino.

A partir de este momento caminamos sin rumbo fijo por el barrio. Ana tiene las señas de una iglesia: Santa María del Trastevere y cuando la encontramos entramos para sentarnos un rato y descansar. Como ya he dicho otros días no soy yo muy devota, pero reconozco que en las iglesias se respira una tranquilidad que no es fácil de encontrar en otros sitios. Ni siquiera en una biblioteca donde la gente por lo general también guarda silencio (más o menos) se encuentra ese silencio y ese respeto. Así pues nos sentamos en un banco al fondo de la iglesia durante unos 15 minutos. La iglesia es bonita, pero para mi gusto está muy recargada. A mí me gustan las construcciones sencillas, ¿qué le vamos a hacer?

Salimos a la calle y me doy cuenta de que además de beber mucho también he debido de comer mucho porque empiezo a notar el estómago un poco raro. Ana y yo nos reímos haciendo alusión a la plaza del Popolo.

Continuamos el paseo. Ana también ha encontrado en una guía una fuente y un arco que parece que vale la pena ver, así que nos ponemos en marcha. En el barrio del trastevere hay mucha tranquilidad (¡por fin!) y no nos encontramos con muchos turistas más. Hay un par de tiendas de souvenirs bastante grandes y un montón de restaurantes típicos italianos. De esos que ves en las películas con una terraza pequeña, mesas para dos con mantel de cuadros y alguna planta colgando del techo que le da un toque natural al lugar.



Con el mapa de Ana empezamos a buscar la fuente. El camino no puede estar más deshabitado y más perdido. En el plano no se ve si tenemos que ir hacia arriba o hacia abajo, por eso cuando empezamos a ver cuestas (todas para arriba, claro) y escaleras, nos llevamos un chasco muy grande. Deben de ser ya las 14:00 h y aún no hemos comido. De vez en cuando noto el estómago raro y empiezo a querer encontrar un baño. Ana sigue riéndose de mí y haciendo bromas con respecto a la plaza del Popolo.

Subimos varios tramos de escaleras y varias cuestas antes de llegar a la fuente, pero la verdad es que al final merece la pena. Pasamos, por cierto, por la embajada española en nuestro ascenso, y justo enfrente de la fuente también tiene una entrada. Las vistas desde arriba son muy bonitas. Se ve Roma desde lo alto. No está lejos y la vista está chula. ¿Qué más podemos pedir? Pues sí, lo habéis adivinado. Un baño. Nos hacemos algunas fotos y volvemos por donde hemos venido. Quizás si hubiéramos ido a otra hora o si no necesitase encontrar un baño con urgencia nos habríamos quedado en la fuente un rato más con los pies metidos dentro del agua. Tenía muy buena pinta y ya había más turistas haciéndolo.



Bajamos todos los tramos de escaleras y todas las cuestas. Habíamos visto muchos sitios con muy buena pinta para comer, pero a la vuelta ninguno nos parecía bien. Llegamos a uno que era bastante grande y vemos que había sitio para sentarse en la terraza y una carta con precios bastante buenos, así que nos sentamos a comer ahí. Sin embargo cuando veo, nada más volver del baño (ya sabéis que era mi prioridad en esos momentos) dónde nos han sentado me doy cuenta de que nos hemos equivocado a la hora de elegir el sitio y así se lo hago saber a Ana. Me dice que sí, que tengo razón y que ella también lo piensa. Ahora que lo miramos con más calma nos parece el típico restaurante de menú del día. No es lo buscábamos para un barrio como el Trastevere, pero ya no hay remedio. La pasta que pedimos está rica, pero el agua es imbebible. Pagamos y nos vamos a otro bar-restaurante en el que hemos visto que hay cócteles a bastante buen precio. Ya sabéis que los cócteles me encantan, así que no me he podido resistir y llevo desde que lo he visto diciéndoselo a Ana para que se vaya haciendo a la idea. Cuando terminamos de comer volvemos a hacer el mismo camino que ya hemos hecho de ida y vuelta hasta que encontramos el bar-restaurante.

Al no comer allí nos dicen que tenemos que entrar dentro para tomar el cóctel, pero no nos importa. Nos sentamos en una mesa alta junto a la puerta y pedimos una Caipirinha cada una. Te la venden por jarra de litro o por vasos. Ana me dice que un litro de Caipirinha es mucha Caipirinha, así que pedimos un vaso cada una. La verdad es que es una de las mejores que he tomado.

Está riquísima y muy fresca. Nos quedamos una hora aquí mientras nos la tomamos y sobre las 16:00 h decidimos marcharnos. Yo me habría quedado más tiempo, porque se está muy bien aquí sentada, pero decidimos marcharnos. Ana no quiere más Caipirinha y si yo me pido otra tenemos para otra hora aquí dentro. A mí no me habría importado y Ana me dice que me la pida que no le importa, pero, no sé… beber sola no mola mucho, así que nos marchamos.


Ana quiere buscar un sitio para echarse la siesta unos minutos así que damos vueltas por el barrio de nuevo buscando un trocito de césped en el que tumbarnos, pero como después de un rato no encontramos nada de nada, se nos ocurre la brillante idea de volver a la plaza de Venecia para echarnos en el mismo césped de ayer. Digo lo de brillante porque estamos bastante lejos y el cansancio (y la Caipirinha) empiezan a hacer mella en nuestros andares y en nuestros ánimos.

Volvemos andando por donde habíamos venido, pero en un momento dado vemos una calle que nos parece que puede ser un atajo. ¡ERROR! Hacemos el camino por esa calle de ida y de vuelta en unos minutos y retomamos el camino original. Si es que ya se sabe: más vale malo conocido que bueno por conocer…

Cuando llegamos a la plaza Venecia vamos directamente al césped de ayer para encontrarnos con que hoy no hay nadie más tumbado pero está en sombra así que no queremos desaprovecharlo. Ponemos nuestros pañuelos en la hierba y nos tumbamos ante la mirada de otros turistas que miran con cara de envidia. Nos quedamos unos 10 ó 15 minutos. Lo justo para descansar y coger fuerzas. O dicho de otra manera: estamos el tiempo justo antes de que llegue la policía a echarnos. Total, ya nos íbamos a ir. Bueno, está bien. No nos íbamos a ir aún, pero la policía es la policía y si la policía te dice que te vas, pues te vas y punto.

Cogemos nuestras cosas y con toda la dignidad posible las metemos en la mochila antes de emprender nuestro camino a la zona Coliseo mientras la gente nos mira de reojo. Sí, vale, me han echado, pero me he tumbado a descansar mientras ellos me miraban de pie desde el sol.

Compramos las entradas para el Coliseo, Palatino y Foro. Hoy, como ya estamos muertas decidimos ver únicamente el Foro. Mañana ya será otro día y como al comprar las entradas nos aseguran que mañana también las podemos usar decidimos marcharnos a casa a descansar después de ver el Foro. Realmente el Foro no tiene nada que no se vea desde la calle así que acabamos bastante rápido.


Hacemos el camino de vuelta por una calle paralela porque queremos comprar un helado y al final ni compramos el helado ni llegamos a casa directamente. Esta calle nos aleja del camino que conocemos y tenemos que volver a nuestro camino original por otro lado. A estas alturas ya estamos muy cansadas y Ana va con dolor de espalda desde hace un rato.

Este rato se hace realmente largo, pero para evitar recordar demasiadas penurias en un futuro en la relectura del blog no me extenderé más.

Llegamos a la habitación con ganas de tirarnos en la cama. Meto los pies en la ducha y los mojo con agua fresca durante un rato, pero estoy tan cansada que no me apetece ni desnudarme para tumbarme en la cama, así que me seco los pies y me siento en la cama para comerme uno de los bollos que he cogido esta mañana en el desayuno. Eso sí, hoy lo he dejado en la nevera de la habitación para no comérmelo hecho puré.

Nos duchamos y cenamos en la habitación. A pesar de que podríamos habernos ido ya a dormir, me empeño en salir un rato al centro para pasear, comprar el imán que nos ha pedido Sandra y para comer el helado que hoy se nos ha escapado. No es una buena idea pero aún así nos vamos. Ana tiene un tirón en la espalda y vamos muy despacito. Nuestra idea es ir en el 71 que se coge al lado de casa pero no tenemos billetes así que nos vamos al metro. Allí intentamos comprar billetes para ir y volver pero no somos capaces de entendernos con la máquina y no nos coge el billete de 10€ con el que queremos pagar. Compramos sólo ida. Nos metemos en el metro y nos toca esperar unos 15 minutos a que venga el tren. Un chico nos pregunta si el tren de este andén le deja en Termini. Nos pregunta en inglés y le contestamos en el mismo idioma, pero estoy casi segura de que es español. En Termini tenemos que coger la otra línea de metro, pero cuando nos bajamos vemos que la línea está cerrada y que hay un autobús que hace el mismo recorrido. Damos vueltas por toda la estación y no somos capaces de encontrar la salida al autobús. Vemos al chico que estaba perdido dar varias vueltas también. Dejo a Ana sentada en una silla, cambio dinero y me bajo de nuevo a comprar los billetes para volver después en el 71.

Cuando por fin salimos vemos venir el autobús. Subimos y justo detrás nuestro sube un grupo de cuatro chicos, todos hablando en castellano. Le preguntan al conductor si para aquí o allí y no se consiguen entender con él. Les digo que el autobús sí va a donde quieren ir porque es el mismo destino que tenemos nosotras y ya aprovechan para ponerse a hablar con nosotras. Ana, que va con la espalda destrozada se sienta y pasa de ellos, pero yo les doy conversación. Dos de ellos son gallegos y los otros dos son mexicanos. Uno de los gallegos nos cuenta lo bonito que es México y que siempre que ha ido allí ha sido con amigos (lo dice mirando a los dos mexicanos) También nos dice que llegaron hace una semana y que su viaje está llegando a su fin. Después uno de los mexicanos nos dice que recién acaban de aterrizar. El gallego decía cuando han subido al autobús que iban a la Fontana di Trevi, pero ahora dice que van a ver no sé qué otra cosa que está al final de la línea de metro. Lo cierto es que Ana y yo tenemos cierto lío porque cada uno dice una cosa. Cuando llegamos a nuestra parada los gallegos se despiden (me da la sensación de que con cara de pena. Quizás intentaba ligar con nosotras, no sé) y los mexicanos se bajan con nosotras. Les preguntamos si sus amigos no vienen y nos dicen que no les conocen de nada. Que se han encontrado mientras buscaban el bus y por eso han subido juntos, pero no son amigos ni se habían visto antes de esta noche.

Nos vamos con ellos hasta la Fontana. La verdad es que son muy majos y hacemos el trayecto contándonos nuestras experiencias en Italia hasta el momento, y de los viajes en general que hemos hecho y que vamos a hacer. Una vez en la Fontana nos despedimos de ellos y nos vamos a comprar un helado y los imanes. El imán es más o menos fácil. Lo del helado, con tantos sabores como tienen es más difícil…


Nos comemos el helado tranquilamente y después nos vamos a buscar el bus. Ana está que no puede más ya, ¡la pobre! Bueno, y yo tampoco, todo sea dicho de paso. Según subimos la calle veo pasar el 71. ¡Qué bien! ¡No sabíamos dónde paraba y justo pasa por aquí! Aunque claro, también hay una cosa mala, y es que si acabamos de ver pasar el bus creo que eso puede significar que tarde mucho tiempo en volver a pasar. ¡Pues sí! ¡Lo habéis adivinado! Tenemos que esperar media hora a que vuelva a pasar y cuando lo hace lo hace tan petado de gente que tengo la sensación de que no vamos a entrar de ninguna de las maneras. Menos mal que me equivoco y no sólo conseguimos entrar si no que terminamos sentadas en poco tiempo. Nos bajamos en nuestra parada y volvemos a casa a pie. Ha sido una noche un poco desastrosa, pero me ha gustado el paseito. Lo siento sobre todo por Ana y por su espalda.

Cuando llegamos a la habitación me doy una ducha de pies (me encanta) y me acuesto hasta mañana. Ana creo que ya está dormida.

viernes, 5 de agosto de 2011

Roma - Día 3

Sábado, 16 de julio de 2011

Esta noche conseguimos dormir un poquito mejor gracias, entre otras cosas, a que hacemos uso del aire acondicionado y los tapones para los oídos, y a que cerramos la ventana para que no entre tanto ruido de la calle. Cuando me levanto lo hago un poco con la espalda torcida; supongo que tanto andar tiene que pasar factura…

Desayunamos como ayer en la habitación y cojo unos bollos envueltos en plástico para comer por la tarde a modo de merienda.

No sé si lo he comentado ya, pero me he cortado el pelo hace unos días y he pasado de llevar el pelo (bastante) largo a lucir una media melena imposible de domar. Hoy he decidido rizármelo con la plancha a ver qué tal queda. Ana se lo ha rizado a menudo desde que tiene el pelo corto y me parece que le queda muy mono, así que yo también creo que me puede quedar bien. Me lo termina rizando Ana que lo hace más rápido y aún así terminamos súper tarde. Cuando termina tengo el pelo que parece un repollo. Ana me mira con cara de “haber-ahora-qué-hacemos” y me dice: “A mí siempre se me queda así y luego me baja…” Así que nada. Recogemos las cosas, meto los bollos en la mochila y nos vamos a la calle.

Nuestra primera visita es el cementerio capuchino que ayer no conseguimos ver. Cuando vamos a entrar nos encontramos con una señora, bastante borde, que nos dice que no podemos entrar sin dar un donativo mínimo de 1€. También debemos taparnos los hombros y las piernas. Yo me enteré de este cementerio por mi compañero Gonzalo que estuvo en Roma hace unos meses y le gustó mucho. Yo me imaginaba unas catacumbas o algo así, pero realmente es un pasillo como el de una casa, alargado y suficientemente ancho para que entremos varias personas. También es verdad que no hay nadie cuando llegamos nosotras y que cuando nos vamos sólo hay un par de parejas. Y vosotros diréis ahora: ¿qué tiene de especial el cementerio? Pues bien, lo que tiene de especial es que los monjes capuchinos en lugar de enterrar a sus muertos amontonaban sus huesos y después hacían formas raras con ellos. Y digo formas por no decir que parte del mobiliario eran huesos humanos. Las lámparas, por ejemplo. También conservan algunos esqueletos enteros con el hábito de los monjes. Algunos de estos esqueletos son algo más que simples huesos y se encuentran momificados. He de reconocer que da grima, pero que tiene un trabajo impresionante… y muy macabro.

(No hay fotos porque no se pueden hacer fotos en el interior, pero aún así creo que tampoco la habría puesto porque he buscado una foto en Internet para ponerla y he cambiado de idea en el momento de ver las fotos ¡y eso que en persona no me dio sensación!)

Decidimos salir de allí y nos cruzamos con una pareja española en la puerta. Ella lleva tirantes y pantalón corto y no tiene ningún fular para taparse. La chica de la puerta le dice que puede comprar pañuelos (no sé si a ella o en la calle) pero que cuestan 5€. Como necesita dos tendría que pagar 10€ más el donativo para entrar a ver a los capuchinos. Nosotras nos vamos y les dejamos discutiendo si entra el chico o si vuelven mañana los dos.

Seguimos nuestro camino para llegar al castillo de San Angelo. Un agradable paseo, lejos de la gente (que a estas alturas del viaje ya me ha agobiado bastante) y por callejuelas perdidas de la mano de Dios. Nos sentamos al otro lado del río en un muro para comer la fruta que compramos ayer (¡hoy no me quedo sin helado como que me llamo Fani!) Damos una vuelta por el castillo y nos hacemos fotillos (como no puede ser de otra manera) Nos encontramos con una familia latinoamericana con un montón de niños y niñas que se quieren hacer una foto con el castillo de San Agelo de fondo y me parece una pena que no salgan todos así que me ofrezco para hacerles una foto a todos juntos. El chico de la cámara, encantado de que alguien hable castellano, nos da la cámara y luego se ofrece a hacernos una foto él a nosotras. Normalmente cuando pedimos a la gente que nos haga fotos no suelen ser de nuestro agrado, pero en este caso el chico toma como referencia las dos fotos que les he hecho yo a ellos y las repite exactamente igual.

(Quizás algún día haga un recopilatorio con las fotos que nos ha hecho la gente en nuestros viajes porque hay alguna que no tienen desperdicio)

Salimos de la zona del castillo y decidimos ir a comer. Ana ha oído hablar de un sitio que tiene mucha fama que se llama Baffeto y lo ponemos en busca y captura. Volvemos a callejear y pasamos por calles pequeñas y acogedoras hasta que llegamos al restaurante: CERRADO. En verdad ya contábamos con ello, así que tenemos un plan B en la manga que se llama Baffeto 2. La calle la tenemos, el mapa la marca muy clarita, pero tenemos que dar dos vueltas a la piazza de fiori para localizarla. Un caso extraño de cómo no conseguir llegar a un sitio.


Nos sentamos a comer en la terraza y pedimos gnoccis, Ana con salsa de queso y yo de tomate. Los dos están muy ricos. Eso sí, la pasta se nos pega en las muelas y el paladar y resulta un poco incómodo. Descansamos durante un rato y después volvemos a ponernos en marcha. La plaza de las flores no tiene gran cosa así que decidimos ir a la piazza navona a sentarnos en una sombra durante un rato. Esta plaza me gusta.

Es turística y hay mucha gente, pero tiene encanto. Hay muchos pintores exponiendo su obra en la calle y se ven pinturas realmente bonitas. La plaza, además, tiene 3 fuentes que de vez en cuando refresca a la gente que anda a su alrededor. Nos quedamos sentadas en un banco al lado de la fuente grande y después continuamos nuestro camino hasta el panteón. Sigue haciendo calor y pensamos en comer un helado (¡sí!) pero no vemos ningún sitio que nos convenza (yo quiero un sitio donde podamos sentarnos tranquilamente) así que ponemos rumbo a la fontana di trevi de nuevo para comerlo sentadas en la fuente. En la fontana pedimos a un chico español que nos haga una foto y, buen, en fin, mejor no haberlo hecho. El chico en cuestión es bastante bajito y para colmo se pone en cuclillas para hacernos la foto. Vamos que no sale casi la fuente.

Después de la fontana nos vamos a la plaza Venecia (todo son plazas en Roma) y encontramos una sombra de lujo en un césped justo debajo del parlamento o lo que sea que está en la plaza. Sacamos el pañuelo de Ana de dormir la siesta, nos descalzamos y nos tiramos en el césped a descansar. Hay una par de personas más por ahí tiradas, pero lo suficientemente lejos como para que no molesten ni molestarles a ellos. Revolviendo la mochila encuentro los bollos que he cogido esta mañana completamente destrozados. Una pena porque tenían buena pinta. A pesar de estar hecho añicos me como uno de ellos y la verdad es que está muy rico.


Hacemos el último tramo del recorrido de hoy muy descansadas: vamos al Coliseo. Vamos a dar una vuelta y verlo a la luz del día, pero mañana vendremos a pasar el día entero a esta zona así que no estamos demasiado tiempo. Volvemos andando a casa para ducharnos y salir a tomar algo. Hemos visto que por nuestro barrio, que es universitario, hay muchos sitios para cenar y para tomar una copilla, así que hoy no nos iremos muy lejos.

Una vez en casa me doy cuenta de que mis rizos siguen estando tan rizados como a primera hora del día. Ya no tienen remedio así que mejor no pensarlo… estamos muy cansadas y mi cabeza empieza a coquetear con la idea de cenar y subir corriendo a dormir. Nos ponemos monas y bajamos a la calle a cenar. Damos una vuelta y por fin vemos un sitio que, aunque no es el más elegante, parece que tiene buena pinta. Pizza al peso.

En la foto salgo fatal, pero no hay ninguna otra foto del local. Las pizzas están buenísimas y no dudamos en repetir. Mientras cenamos le pregunto a Ana si tiene ganas de salir y me mira con cara de “no-mucho-pero-salgo-porque-tú-quieres-salir” y me reconoce que no mucho. Le digo que yo tampoco y después de cenar nos subimos a la habitación.

Yo me entretengo en coser el pantalón que he traído porque se me ha descosido un poco la entrepierna, mientras Ana está ya en la cama, con los tapones puestos y soñando con los angelitos con esa cara de buena que tanto engaña.

Hoy ha sido un día cansado. Me voy a dormir a ver si estos rizos se me bajan algo con ayuda de la almohada.