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miércoles, 26 de octubre de 2011

Turquía - Día 4

Lunes, 19 de septiembre de 2011

Duermo genial toda la noche. Me quedaría dentro de esta cama todo el día... Cuando me levanto y voy al baño estoy soñando con una ducha caliente, pero el agua que anoche quemaba, hoy vuelve a estar templada. Es decir, casi fría teniendo en cuenta la temperatura que me ha dado el edredón.

Dejamos todo más o menos preparado antes de ir a desayunar. Hace muy buen día y cogemos una mesa en la terraza para desayunar fuera. Sin embargo como es un buffet libre tenemos que ir dentro del restaurante-cueva a coger la comida.
Tenemos frutas, pan, huevos duros, quesos, miel, nocilla. La verdad es que todo tiene buena pinta y al final terminamos probando casi todo. Para muestra un botón, como se suele decir...

Volvemos a la habitación para terminar las maletas y después me paso a la habitación de Javi y Ana mientras ellos terminan de apañarse. Nos damos crema para el sol para evitar quemarnos porque el sol pega bastante aquí. Vivimos un momento bastante gracioso los tres pero mucho me temo que contado por escrito perdería toda la gracia así que lo dejaré para contarlo en persona en todo caso. Lo cierto es que somos bastante escandalosos con nuestras risas lo que hace que Santi nos oiga desde la habitación y venga a ver qué pasa. No le hace tanta gracia como a nosotros cuando se lo contamos, por eso prefiero no contarlo por aquí tampoco.

Shelma y el conductor del coche vienen a buscarnos para ir a dar un paseo. Caminamos entre las formaciones volcánicas durante algo más de una hora. Shelma creo que quiere ir un poco más rápido pero nosotros somos de pararnos en cada piedra a observar o para hacer fotos. Pasamos por anchos túneles que en ocasiones parecen cuevas. El sitio tiene mucho encanto y además no hay mucha gente así que se puede disfrutar mejor. Realmente estamos casi solos. De la poca gente que nos encontramos hay dos que llaman mucho nuestra atención. Una chica rubia con poses imposibles para las fotos, y una china de cierta edad que ha subido a una de las chimeneas (era una iglesia) y no sabe cómo bajar ahora. Cuando por fin lo consigue dice algo así como "lo conseguí" y nosotros, espontáneos como pocos, comenzamos a aplaudirla. Menos mal que se lo toma a bien y se ríe con nosotros.

El día de hoy tiene sobre todo imágenes porque no nos explican nada nuevo en este rato. Os dejo con una pequeña selección.

Cuando salimos del paseo llegamos a unos puestos donde venden zumos naturales y paramos a descansar. Por nosotros habríamos seguido sin parar, pero bueno, tampoco viene mal un zumito de naranja recién exprimido a mitad de mañana. Por cierto, está buenísimo. Aprovechamos para ir al baño (previo pago de 1TL). Después subimos a una antigua ciudad que está excavada en la piedra. Shelma no quiere subir, pero nosotros no nos lo pensamos y vamos hasta lo más alto. Cuando empezamos a subir un señor con sombrero me dice que si me hago una foto con él así que poso con él y nos hacemos una foto con mi cámara. Cuando me voy a marchar saca un papel escrto y me lo da. Es su dirección de hotmail para que se la envíe. Se las saben todas...

Justo un poco más arriba Ana está señalando un bicho que hay a su lado. El bicho es más un lagarto que un insecto, no os creais. Lo cierto es que mola mucho. Le sacamos varias fotos y cuando se cansa se da media vuelta y se esconde en su madriguera. Los colores de la foto está un pelín retocados para que se vea mejor.

Arriba empezamos a pasar de habitación en habitación (o de cueva en cueva, que es lo mismo) hasta que llegamos a la cima. Nos sentamos un rato para ver el paisaje antes de volver a bajar y aprovechamos para sacar algunas fotos.

Cuando llegamos a abajo nos están esperando para coger el coche e ir a comer. Le pregunto a Shelma por el azafrán que venden en los puestos y me dice que eso no es azafrán, sino un colorante que no da nada de sabor.

-Fani, el azafrán es más caro que oro. -Me dice Shelma. Así que ya sé que no tengo que comprar azafrán en Turquía.

La comida de hoy es en un buffet libre y como dice Javi: "Aquí es donde recupero mi dinero" Creo que es una frase sacada de la serie friends, pero no estoy segura. Lo cierto es que nos ponemos las botas. Ana no come mucha variedad, pero los demás probamos casi todos los platos. Eso sí, con poca cantidad en mi caso para no tirar comida después. Cuando me levanto para repetir me apetece de repente ensalada, y cuando echo la lechuga y la zanahoria en el plato y veo lo bonito que quedan los colores, me olvido de lo que me apetece y me centro en conseguir un plato colorido. Y creo que lo consigo...


Hay una cosa que está clara, y es que comemos con los ojos. Siempre. Imaginaos lo mal que lo pasé para decidir qué postre quería. ¡Con lo golosa que soy yo! Al final elegí con mesura y comí un poco de varias cosas. Buena elección.

Después de la comida vamos a un mirador donde se puede ver otra ciudad excavada en la piedra. La vemos desde dos ángulos diferentes. Es uno de los lugares más bonitos que hemos visto.

Mientras nosotros nos liamos a hacer fotos de distintos árboles con amuletos colgados Shelma se queda cerca del coche.


Cuando vuelvo hacia el coche Shelma me llama desde un puesto que vende Viagra Natural y me hace gestos de que vaya con ella.


Cuando llego me enseña uno de los frascos que veis en el lado izquierdo de la foto con tonos amarillos y naranjas. Es lo que ellos venden como azafrán. Según me dice Shelma esa información no puede ser más falsa. Es un condimento que únicamente da color, nada más. Me dice que el realmente bueno es el que tenemos en España.

No puedo evitar fijarme en los frascos de la derecha de la foto. La Viagra Natural, según ellos. En fin no hay más que ver el dibujo de la etiqueta para ver para qué sirve lo que hay dentro. Obviamente le pregunto a Shelma. Me dice que no es más que frutos secos triturados. Para los turcos todos los frutos secos son afrodisiacos, así que han decidido hacer una mezcla de todos y venderlos como potenciador sexual.

La última visita que tenemos programada con Shelma es una ciudad subterránea. Nos explica antes de entrar cómo y porqué están organizadas estas ciudades. Después nos acompaña hasta la primera planta y nos deja en manos de un amigo suyo que conoce muy bien la ciudad porque ella tiene claustrofobia y hay que bajar 5 pisos hacia el interior de la tierra. En algunos casos hay incluso que agacharse porque los techos son bajos, pero en ningún caso pasar de rodillas. Por lo menos nosotros no encontramos ninguno tan bajo.

La historia de estas ciudades es sencilla. Al ser la piedra muy fácil de excavar la gente comenzó a hacer despensas debajo de sus casas y más tarde túneles que comunicaba unos con otros. También los excavaban hacia abajo varios pisos de forma que al final quedaba algo parecido a un hormiguero gigante. La mayor parte del tiempo lo usaban como despensa, pero cuando atacaban la ciudad también servían de refugios. Tenían un sistema de cierre que funcionaba únicamente desde el interior, de modo que era imposible entrar pero sí salir. De todos modos, si por algún casual alguno de los atacantes conseguía entrar era su final, pues al ser un laberinto después no era capaz de salir.

El amigo de Shelma es muy simpático. Habla un poco de español y parece que quiere agradar, pero va como una moto, suda mucho (el pobre) y es un poco sobón. Nos coge a Ana y a mí del brazo para guiarnos por los túneles y no nos suelta hasta que le confirmamos que estamos bien. Está en todo momento atento a nuestros pasos.

La visita se me hace corta. Visitamos sólo hasta el nivel 5 porque los otros 3 están cerrados. Aparecen caminos por todos lados y hay muchos que están sin luz para las visitas. No es que en los 5 primeros haya mucha más luz, pero algo sí hay.

La visita a la Capadocia está llegando a su fin. Volvemos en el coche hasta la agencia donde nos despedimos de Shelma con bastante pena. A mí me ha caído bien.

Nos dejan ducharnos en la agencia, nos cambiamos de ropa y vamos hacia la estación de autobuses. Allí dejamos las maletas y nos vamos a comprar algo para cenar esta noche. Ya no nos van a volver a pillar con eso de que es un autobus de lujo y que te dan cena. La compra consiste en pan, batidos de chocolate y pistachos. Tenemos embutido que Ana compró en España y pensamos hacer bocatas antes de dormir.

Llegamos al bus y vemos que son el mismo conductor y el mismo azafato del viaje de hace dos noches. El viaje comienza bien. Se pasa bastante rápido mientras comemos pistachos (unos más rápidos que otros) Alguno es lento comiendo y otros se entretienen hablando, así que es posible que la repartición sea un poco desigual.

Al azafato parece molestarle todo lo que hacemos y una de las veces que pasa nos damos cuenta de que hay un pistacho en el suelo justo a nuestro lado. Ana está en un lado del pasillo y yo en el otro. Decidimos deshacernos de cualquier prueba que pueda incrimarnos así que nos liamos a darle patadas. Lo intentamos desde varios ángulos hasta que al final una de las dos, no recuerdo quien, le da un puntapié que lo manda a Parla. Claro, nos entra la risa y el azafato nos mira como si hubiéramos hecho algo malo.

Delante de los asientos que tenemos Santi y yo se sienta una pareja de rusos jóvenes. Se bajan bastante pronto, pero antes de hacerlo nos preguntan de dónde somos. Ella dice que somos españoles y él que somos italianos. No se quieren bajar del bus sin resolver su duda porque parece que han apostado algo.

Por fin decidimos cenar cuando casi todo el mundo está durmiendo ya. Abrimos nuestro lomo y nuestro... ¡chorizo de cantimpalo! Nos vuelve a dar la risa al abrir el sobre envasado al vacío y llenar el bus de perfume de chorizo. En fin, que somos españoles y es lo que hay. No nos tiene que dar vergüenza este tipo de cosas, aunque en el fondo me estaba muriendo del corte.

De camino hacemos una parada para ir al baño y después pasamos la noche en el bus mal durmiendo. Entre sueños tengo la sensación de que el bus va muy rápido y de que coge las curvas a dos ruedas. No voy demasiado cómoda con este conductor, pero es el único que tenemos...

miércoles, 19 de octubre de 2011

Turquía - Día 3

Domingo, 18 de septiembre de 2011

Me despierto después de toda la noche en el bus. En algún momento seguro que me he quedado dormida, pero la sensación que tengo es no haber descansado demasiado. Me duele el cuello y ya no soy capaz de volver a dormir. Poco a poco se despiertan los demás. Todavía es noche cerrada, pero muy pronto vemos clarear el cielo a nuestra izquierda.

Poco después de salir el sol bajamos a desayunar. Hace bastante fresco y además estamos destemplados por la falta de sueño. Como vemos que el conductor del bus se está metiendo un buen desayuno entre pecho y espalda decidimos aprovechar para tomar un café para entrar en calor.

Esta foto es de unas salinas que hay de camino a Capadocia. Visto desde el bus parecía un lago, pero lo que en principio parecían reflejos en el agua, resultó ser sal y nada de agua. Muy bonito.


De vuelta en el autobus buscamos la posición GPS y nos enteramos de que aún nos quedan 3 horas para nuestro destino. Ayer nos retrasamos demasiado al salir de Estambul...

El azafato, que por cierto es todo simpatía, hace una ronda repartiendo bollos y bebidas calientes. Café o té. No son las 8:00 y ya me he tomado dos cafés. Para comer tenemos aún unos bollos que compraron los niños anoche mientras nosotras íbamos al baño (previo pago de 1TL cada una, claro) Está claro que nuestra alimentación deja mucho que desear...

La gente del autobus empieza a despertarse y a nosotros no se nos ocurre otra cosa que mirar los pelos de la gente. Toda la noche con la cabeza apoyada en una mala postura puede ser el final de la dignidad de una persona. Una de las cosas de las que me arrepentiré siempre es de no haber tomado fotos de los dos pasajeros que estaban dos asientos delante de Ana y Javi. De verdad que era para partirse de risa. De hecho, nosotros tuvimos que intentar contenernos porque nuestras risas empezaron a mosquear a los italianos que iban delante nuestro. El italiano que se sienta delante de Ana y yo hemos charlado a ratos durante la tarde-noche de ayer, casi siempre con gestos cuando algo nos hacía gracia. Parece majo.

Nuestro destino es Ürgüp, pero la gente empieza a bajarse bastante antes. Al final, cuando llegamos a Goreme, nos quedamos los cuatro solos en el autobus de lujo. Estamos ya bastante espabilados así que vamos charlando y riéndonos de nuestra gran noche.

En la estación nos está esperando un coche que nos llevará a la agencia, donde nos vamos a encontrar con nuestro guía. Cuando llegamos nos invitan a desayunar (tercer café esta vez con bollos y panes típicos) También aprovechamos para lavarnos un poco y cambiarnos de ropa.

Cuando ya nos hemos cambiado de ropa y hemos desayunado aparece Shelma, nuestra guía. Habla un español casi perfecto. De primeras me deja alucionada la vitalidad que tiene y la efusividad con la que habla. No sé si es que ella está muy despierta o yo muy dormida.

Vamos a estar dos días con ella y con el conductor del coche que nos ha ido a buscar a la estación.

La parte trasera del coche es igual que la del coche que nos llevó ayer por la tarde a la estación de Estambul. Es decir, tiene cinco asientos: tres mirando hacia adelante y dos sillones individuales mirando a los otros tres.

La primera parada la hacemos en un mirador que está a pocos minutos. Bajamos con Shelma, que nos explica cómo se formaron los conos volcánicos o, como comunmente se conoce, las chimeneas de las hadas, que básicamente son formaciones volcánicas creadas hace la tira de tiempo. Están formados por distintos materiales que expulsaron los volcanes en su día, y que tienen distintos grados de erosión. Algunas piedras se han ido erosionando con el paso de los años y otras se han mantenido como estaban porque son materiales más sólidos. De ahí que muchos de los conos tengan sombrero. Si le echas imaginación, algunas de las formaciones tienen formas conocidas. Clarisimamente, en persona digo, en la foto que véis ahora está Yoda.


La siguiente parada es en otro mirador desde el que se ve el castillo de Ortahisar. Esta ciudad estaba originariamente construída en la roca. Eran, y siguen siendo, casas-cuevas en las que siempre se mantenía una buena temperatura y en las que podías ampliar los metros de viviendo según te conviniera. Se excavaban las paredes para crear nuevas habitaciones e incluso ciudades subterráneas.


La última visita antes de ir a comer (nosotros imaginamos que será un picnic del estilo del de Tanzania, es decir comida a la caja con cuatro cosas frías y un zumo) es el museo al aire libre de Goreme. En varias de las cuevas-iglesias nos juntamos con otro grupo de cuatro españoles y con su guía. Shelma me parece muy buena como guía, te cuenta la historia y se ve que le gusta lo que cuenta. En cierto modo lo vive. Una de la veces que nos juntamos con el otro grupo su guía nos exclica uno de los frescos de la pared diciendo: "este... bicho, o lo que sea porque no se sabe bien lo que es, puede significar bien que..." Cuando se marchan Shelma nos cuenta algo un poco más real sobre el bicho. Por lo menos algo con lógica.

Cuando terminamos la visita nos dicen que vamos a ir a comer. Nuestra sorpresa es mayúscula cuando entramos en nuestro coche y nos dicen que vamos a ir a un restaurante. Pinta bastante bien. Nuestra mesa está en el patio, justo al lado del río y escondida en las sombras de un gran porche. Pedimos de beber sólo porque la comida ya está elegida. Nos traen una sopa de trigo con menta o hiervabuena y garbanzos que a mí, personalmente, no me gusta nada. Después una ensalada con rúcula, tomate y remolacha. No me gusta la rúcula, así que me como sólo el tomate (el de Santi y el de Ana también, que a ellos no les gusta) Por último traen la brocheta con pan de pita, que esta sí, está muy rica.



Estamos en un ambiente idílico, al lado del río, con la temperatura perfecta, con comida y bebida, viendo distintos animales paseando por allí: patos, gatos... avispas... Lo normal para un sitio húmedo y con calor, vaya. Al principio sólo es una avispa la que vemos. Ana se empieza a poner nerviosa y a dar manotazos cada poco. Al final se levanta y empieza a comer de pie al lado de la mesa, mientras espanta a las avispas con las manos. Finalmente coge su plato y su vaso y, muy digna ella, se dirige al metre para decirle que si sabe contar que cuente con una menos que ella se va para adentro. Javi la sigue enseguida. Y Santi y yo decidimos quedarnos... el tiempo justo de que una avispa se cuele en mi vaso de coca cola. Saco la avispa, cojo el vaso y el plato y nos vamos para adentro. Allí nos reunimos de nuevo con Ana y Javi.

Sólo falta el postre que a mí sí me gusta, aunque está muy muy dulce. A Javi no le gusta mucho, pero (creo reordar) no deja nada en el plato (si dejaste algo, por favor dilo Javito)

Después de la comida volvemos a las excursiones. Vamos a Pasabag donde vemos la ermita, que no es otra cosa que un cono volcánico excavado por dentro. En la parte superior se supone que vivió el ermitaño durante un porrón de años seguidos. Después vamos a visitar las cuevas, donde por cierto, habría agradecido llevar otro calzado. Ana y yo llevamos las mismas sandalias (ella en beige y yo en negro) y vamos las dos igual de incómodas. Supongo que os podéis hacer una idea de cómo van nuestros pies si os digo que hace calor, llevamos todo el día con las sandalias puestas y estamos paseando por una zona de piedras volcánicas que se erosionan con mucha facilidad. Pues eso. En la foto sólo se ve que tenemos los pies y las sandalias llenas de polvo, pero la realidad es que con el sudor y la arenilla se ha formado un barro asqueroso en la planta del pie. Yo sólo tengo ganas de quitarme el calzado y meter los pies, primero en agua para limpiarlos, y segundo en unas mullidas zapatillas de andar por casa.


Aún así no pierdo mi sentido de la aventura (por favor, que he subido al Kilimanjaro) y entro en las cuevas. Ana no quiere tentar mucho a la suerte por la espalda, y se queda abajo, pero la verdad es que tampoco se ha perdido mucho. A mí porque me gusta trastear, pero se ve lo mismo que desde fuera...


Antes de marcharnos subimos a un alto para ver las vistas. La excursión está llegando a su fin y decidimos alargarla un poquillo aquí arriba.

La última parada antes del hotel es el Valle Rojo. También es de subir y bajar por la arena, pero decidimos esta vez quedarnos donde estamos porque nuestras sandalias tienen pinta de querer matarnos en esos terraplenes. Los niños se van a inspeccionar el lugar y nosotras las tiendas. En una de ellas el dueño nos regala un ojo de esos azules para quitar el mal de ojo con un imperdible ara que lo llevemos puesto. A mí me lo pone directamente en la camiseta a la altura del pecho (ejem) y Ana enseguida pone la mano porque prefiere ponérselo ella misma. Me ha parecido muy majo el chico y como quiero comprar un regalo para una amiga vuelvo a esta tienda para comprar un colgante para el móvil con el ojito. Cuando voy a pagar me dice que no que es un regalo. Le digo que querio pagarle y me dice que no. Que es un regalo para mí. Mala suerte para mi amiga. Se acaba de quedar sin regalo...

Al terminar el día Shelma nos deja en el hotel. Se trata de una casa-cueva que no es el mejor sitio en el que he dormido pero que está en un entorno con mucho encanto.


Cogemos una habitación doble para cada dos pero al final terminamos cambiándolas porque Ana prefiere la que tiene la ventana grande. Así pues volvemos a cargar con la maleta hasta la otra habitación. De nuevo tenemos intimidad casi cero (esto me recuerda un poco a Tanzania) a la hora de ir al baño. No hay puertas y lo único que separa al que está dentro del que está fuera es una cortina roja muy tupida. La de nuestra habitación estaría bien, si no fuera porque cuando abres la puerta de la calle la cortina se engancha en el pomo y se abre al tiempo que se abre la puerta. Muy divertido... (por favor es imprescindible leer el muy divertido con tono irónico. Si no, no sirve de nada)

Por fin llega el momento esperado. La ducha. No hay cortinas pero no me importa. Sólo quiero abandonarme debajo del agua durante un rato y frotar bien los pies. Vale. No hay agua caliente. Bajan a preguntar y nos dicen que se ha estropeado la electridad y que no se puede calentar el agua. Sólo tienen placas solares que la va templando (en fin, ya es casi de noche, no sé de qué nos sirven las placas solares) Me ducho con agua fría, me cambio y después de un rato bajamos a pasear por Ürgüp.

Nos compramos un flash de camino a la plaza (¡qué malo está!) y paseamos por el centro de la ciudad. Un perro nos empieza a seguir y nos acompaña durante un ratillo, pero al final encuentra algo de comer y nos abandona.

Tardamos en decidirnos por un sitio para cenar y al final terminamos en una especie de italiano donde comemos pizzas y pasta sentados en una terraza (no estoy segura de que haga mucho tiempo de terraza hoy, pero aquí estamos, cenando en la calle)



Antes de volver al hotel los niños y yo nos compramos un helado y nos lo comemos fuera mientras Ana se va a la habitación. Cuando me lo termino voy a la habitación de Ana para darle un masaje en la espalda. Realmente no creo que pueda hacer nada en su espalda, pero al menos la he sobado un poco, que a ella le encanta.

Una vez me meto en la cama y me tapo con el enorme edredón me doy cuenta de que la cama es más cómoda de lo que yo pensaba. Leo un rato, pero enseguida lo dejo y decido disfrutar de la tranquilidad que da estar cómoda en una cama y tapada hasta la cabeza. Creo que hoy voy a dormir muy bien...

domingo, 16 de octubre de 2011

Turquía - Día 2

Sábado, 17 de septiembre de 2011

Ayer no expliqué una cosa que me parece importante. Y es que nada más llegar nos fijamos en que el salón tenía un gran ventanal desde el que se veía una gran panorámica de la ciudad desde el que sólo se veía un manto negro salpicado de un montón de luces, como si fueran pequeñas luciérnagas de colores. A mí personalmente la vista me dejó alucinada.


La segunda cosa de la que nos dimos cuenta fue de que no había persianas para tapar el gran ventanal.

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No sé qué hora de la noche es pero la luz ya entra por la ventana. Tenemos una cortina que evita que los rayos del sol nos lleguen directamente pero aún así no puede hacer nada contra la claridad. Duermo varias horas con la cabeza tapada hasta que decidimos levantarnos. Al recoger las cortinas queda al descubierto el ventanal y me quedo otra vez perpleja. Lo que anoche parecía un escenario sacado de una película de fantasía hoy me resulta algo... algo... no sé qué me parece, y tampoco qué esperaba encontrar, pero lo que se ve desde la ventana es una ciudad vieja y rota. No es lo que me había imaginado viéndolo por la noche. Sin embargo no me desagrada. Tiene su encanto y para mí es lo importante: encontrar el encanto de los sitios que visito. Creo que todo lo tiene, sólo es cuestión de saber mirar.

Antes de hacer la maleta para la Capadocia decidimos bajar a desayunar porque no tenemos nada de comer en casa. Yo soy bastante pejiguera con los desayunos, pero hay que entender que un día es un día y que hay que amoldarse, así que terminamos desayunando en un local que hace esquina y que parece muy típico. No sabemos qué pedir ni para comer ni para beber así que nos dejamos llevar por el ambiente en el que nos encontramos y pedimos que nos asesoren. En un inglés suficiente para entendernos, el chico nos enseña un folleto con los platos que tienen en el restaurante. Tres de ellos son salados y el cuarto es dulce. Todos pedimos esta opción. ¡ERROR! Para la próxima vez ya sabemos que cuando no conozcamos un plato debemos pedir uno para probar y después pedir el resto. El plato está rico pero es demasiada cantidad. Es algo así como una porra desmenuzada con la masa interior cruda y un poco grasienta y el exterior tostado y crujiente. Por encima se le echa azúcar glas y está bastante bueno, eso sí, en cantidades más pequeñas y sólo la parte crujiente. Al final los platos quedan todos casi llenos, eso sí, por lo menos nos ha salido barato.

Después de una media hora en el local sentados al lado de un horno y, por suerte, también de una ventana abierta, volvemos al apartamento para recoger las cosas.

Fatih nos ha organizado todo el día. Se supone que salimos a las 19:00 hacia la Capadocia en un autobús de lujo y no nos va a dar tiempo de llegar muy lejos y estar de vuelta antes de esa hora, así que Fatih nos manda a pasear por la calle principal de la ciudad. Nos dice que tenemos tiendas y restaurantes para pasar el día entero.

Mientras estamos en su oficina intenta localizar a la gente de la agencia de la Capadocia para que vengan a buscarnos porque con las maletas y demás tendremos que coger dos taxis y no le parece bien. Nos dice que nos vayamos y que él se encarga de hablar con ellos.

Dejamos las maletas en la oficina de Fatih y nos vamos a pasear por la calle principal. Creo que Madrid no es tan occidental como esta calle... Hay varios Starbucks, Mango, Bershka, tiendas de complementos, Virgin, Saturn, restaurantes de kebabs, heladerías (y heladerías y heladerías), puestos callejeros con venta de maíz y roscas de pan, tiendas de regalos y souvenirs, puestos de zumo.

Nosotros nos dejamos llevar por la emoción y compramos unos zumos gigantes de naranja en una tienda por 1TL, al cambio 0,40€. Resultan estar un poco aguados, pero aún así están ricos.


Yo soy la tesorera, lo cual quiere decir que me encargo del monedero que tiene el bote común. Sí, lo sé, yo también pensé lo mismo... (Los que me conocéis bien os estaréis echando las manos a la cabeza, supongo) Es una muestra de confianza que no sé si merezco. En fin. Sigamos por nuestro paseo.

Nuestro paso es más bien lento teniendo en cuenta que Anita sigue pareciendo Pozi, eso sí, parece que va un poco mejor. Por lo menos se ha levantado bastante recta. Supongo que las drogas le han hecho efecto. Así pues continuamos a paso tortuga. Si te desvías de la calle principal puedes caer, como nos ha pasado a nosotros, en pequeños mercados donde encontrar pescados y frutas frescas, así como restaurantes que te sirven el pescado que tú elijas de los puestos de la calle.

De vuelta en la calle principal continuamos hacia adelante hasta que llegamos a una calle cuesta abajo que está llena de tiendas de guitarras, tambores y demás instrumentos. Es como entrar en un barrio completamente diferente. Un poco más abajo nos encontramos con la Torre Galata. Traemos idea de subir pero como no sabemos el número de escalones que hay, y cuánto se puede tardar en subir con un perezoso reumático (Anita) decidimos dejarlo para otro día y buscar un sitio para comer.

Aquí tenemos un pequeño problema, porque hay mil sitios y a todos nos da igual donde comer. Si embargo cuando alguien dice aquí o allá, alguien pone pegas así que tenemos que volvemos a empezar. Al final, después de mucho andar calle arriba y calle abajo, nos metemos en un resturante de kebabs en el que yo me he empeñado en entrar. Desde fuera parece que la comida tiene buena pinta y hay mesas para comer sentados, así que ¿por qué no? Pues bien, me quivoco de pleno, pero cuando me doy cuenta ya es demasiado tarde. El hombre habla medio inglés medio español, lo que hace que no le entienda nada. No sé qué estoy pidiendo ni si me está entendiendo algo. Se crea de pronto una situación de lo más violenta. El hombre se pone a medio gritarme porque parece ser que quien no se entera soy yo, no él. Ana me mira con cara de lo siento, porque estoy pidiendo su comida que sólo tiene pollo, nada de verduras, ni patatas, ni nada de nada. Sólo pollo. Al final pido lo de las dos y me voy a la mesa. Si me hubiera pillado en un mal día seguramente me habría ido casi llorando, pero como estoy de vacaciones la verdad es que todo me da bastante igual. Vamos, hablando mal, el tío este me la trae floja.

Santi tiene cara de querer marcharse sin comer allí y Javi, que siempre ve el lado bueno de las cosas, se va a pedir como si no hubiera pasado nada.

Al final mi comida no me sabe tan bien como había pensado, pero bueno, por lo menos he comido y lo que es mejor, ¡Ana ha comido! Para el que no la conoce diré que es bastante complicada para comer aunque, eso sí, no pone pegas para que los demás comamos dónde sea. Ella tiene su embutido cerca para no morir de hambre.

De vuelta al apartamento pasamos por Saturn, el más grande que he visto en mi vida. Hace calorcillo en la calle y nos da el bajón. Al final decidimos llegar pronto a recoger las maletas para que no nos pille el toro a la hora de coger el autobús. Según nos han dicho son autobuses de lujo en los que casi te puedes tumbar y en los que te dan de comer y beber. La verdad es que tenemos muchas ganas de verlo.

Ya en la oficina Fathi nos dice que vamos a ir hasta la agencia con un amigo suyo que tiene un coche grande y que vendrá a buscarnos a la hora que le digamos. Es un coche grande y los asientos de atrás están enfrentados. Tres mirando hacia delante y dos mirando hacia atrás. Asientos de cuero y cortinillas en las ventanas. No está nada mal esta idea. El transporte nos cuesta 30TL (12€ al cambio) y podemos ir todos juntos. Dos taxis nos habría costado más. De camino, además, vemos parte de la ciudad que no hemos visto. Las mezquitas, el puerto, los barcos y la puesta de sol desde el puente.

El amigo de Fatih se pierde varias veces y tiene que estar llamando a la agencia para que le indiquen como llegar; a parte de eso no hay más contratiempos en el trayecto.

Una vez en la agencia hacemos el pago y esperamos a que vengan a buscarnos para ir a la estación de autobuses. De pronto nos entran un montón de dudas sobre el bus que nos va a llevar a Capadocia. ¿Y si no son tan de lujo como nos han contado? ¿Y si no nos dan de cenar? No llevamos ningún plan B. El chico de la agencia no habla ni inglés ni español, así que llama a nuestro contacto para que nos explique (en castellano) todo lo que queremos saber...

Nos vienen a buscar con un mini bus y nos dicen que subamos atrás. Los cuatro últimos asientos son los nuestros. Las maletas suben con nosotros en lugar de en el maletero, no sabemos bien porqué. Parece que vamos a llegar tarde pero el conductor no parece muy preocupado. Por fin, después de un rato esperando vemos que llega una familia: padre, madre, dos hijas y tres hijos. No hay sitio para todos, pero aún así entran con nosotros. Ellos y sus maletas, claro. Cuando nos ponemos en marcha ya sentimos cierto agobio. Abrimos una ventana y parece que la cosa mejora un poco. Cuando nos queremos dar cuenta estamos parados delante de un hotel/hostal y volvemos a esperar, esta vez a dos chicas que se montan en la parte delantera del mini bus. De verdad que esto parece de coña. Yo voy justo al lado de la ventana y me estoy muriendo de frío, pero parece que los demás van bien con el aire fresco así que me tapo un poco y espero a que lleguemos.

Tardamos un rato bastante largo en llegar a la estación y una vez allí se desentienden de nosotros. Estamos completamente solos en un mar de gente pero creemos que hemos localizado nuestro autobús de lujo. Parece que no tenemos baño así que decidimos bajar al de la estación antes de empezar el viaje. Bajamos primero las chicas (con una china que ha venido en nuestro mini bus) y después los chicos. Cada uno tiene que pagar 1TL por entrar al baño (que encima son letrinas no tazas)

Una vez dentro del bus nos damos cuenta de que de lujo tiene más bien poco. Es un autobus normal y corriente. Como los que hay en España, vaya. Eso sí, contamos con una pantalla de tv en cada asiento para que elijas uno de los 16 canales en turco que hay. Va a ser una gran noche.

Nada más subir, un azafato nos da agua. Bueno, esto en España no lo he visto nunca, así que quizás sí nos den de cenar... Al poco de salir chocamos el retrovisor izquierdo con otro bus y tenemos que parar para arreglar los papeles. Como diría mi cuñado, "hemos sufrido un aparatoso accidente sin victimas mortales".

Dos horas después de salir de la estación seguimos en Estambul. No hemos cenado, no nos van a dar cena y no sabemos si podemos bajar a comprar algo en algún momento.

Yo me entretengo a ratos con el libro, a ratos con unos italianos que van delante nuestro.

Por fin paramos en un area de servicio donde podemos comprar la cena: "patatas fritas y galletas" Esto nos pasa por darle a los chicos el bote con el dinero mientras Ana y yo vamos al baño (por otro TL cada una, claro)

Después de nuestra suculenta cena me da pereza irme a dormir pero como no hay mucho más que hacer pues intento dar alguna cabezada. No sé cuánto hace que hemos salido de Estambul, pero lo que sí sé es que tenemos una gran noche por delante. Y si no tiempo al tiempo...

domingo, 9 de octubre de 2011

Turquía - Día 1

Viernes, 16 de septiembre de 2011

No sé cómo lo consigue Ana pero siempre llega mala a las vacaciones. Y si está sana, enferma a mitad del viaje. Esta vez, igual que le pasó en Irlanda hace dos años, le ha tocado un tirón en la espalda y es tal la cantidad de medicamentos que lleva encima que el médico le ha hecho un justificante por si la paran en la aduana.

Llegamos al aeropuerto por separado. Yo con mi padre, Santi con el suyo y Javi y Ana con mi hermana Sandra y Javi. Si en el viaje a Roma me dio pena que Sandra no viniera ahora que no viene ni ella ni Javi (Potter) no te digo.

Una vez nos despedimos ponemos las maletas en un carrito y nos vamos a facturar. Ninguno ha cambiado dinero pero decidimos hacerlo allí cuando lleguemos porque parece ser que sale mejor el cambio. Yo, como no me he informado, no opino nada al respecto. Me fío de lo que digan ellos.

Me gusta meterme con Ana cuando está con la espalda torcida. Me resulta una situación muy graciosa, no lo puedo evitar. Además tengo el don de ser especialmente original con mis "chanzas" mientras está así, con lo que termina siempre riéndose y diciéndome que no la haga reír que le duele la espalda. He de decir que esto nos pasa a todos en casa (sí, los Rodríguez Pans tenemos un humor extraño), pero principalmente la que se pone siempre mala es ella así que es ella el blanco de las bromas.

Montamos en el avión en hora, lo cual puede considerarse casi un milagro teniendo en cuenta que volamos en Iberia y que nos ha tocado la puerta de embarque más alejada de la entrada y Ana se mueve a la velocidad de un perezoso reumático.

Cuando estamos a punto de despegar me doy cuenta de que llevo todo el verano cogiendo aviones. Santi está a mi lado, igual que en los vuelos de Tanzania. No sé porqué pero tengo la sensación de haber vivido este momento hace no mucho...

Nuestra gran duda de si nos darán cena o no en el avión se resuelve en menos de una hora cuando a eso de las 19:00 horas, hora local, nos bajan las mesitas y nos dan una bandeja con pollo y arroz (¿qué si no?).

Cuando terminamos de cenar me dedico a la lectura durante un buen rato, después a no hacer nada y luego otra vez a leer. En un par de ocasiones Ana y Javi se dan la vuelta en su asiento para hablar con nosotros, lo cual viene muy bien al chico que se sienta al lado de Santi, que no hace más que reírse con lo que decimos. Creo que en varias ocasiones tiene hasta ganas de participar en la conversación pero al final se corta y no dice nada.

Llegamos a Turquía sobre la hora prevista y pensamos que si todo va bien en breve estaremos camino del apartamento. Antes de pasar por control de pasaporte tenemos que ir a por el visado. La fila es bastante larga pero va muy rápido. Soltamos los 15€ por barba para que nos pongan una pegatina en el pasaporte y nos vamos a la siguiente cola para salir del aeropuerto. En esta pasamos mucho tiempo de pie, esperando nuestro turno que parece no llegar nunca. Santi parece que está un poco enfadado, pero por quien realmente estoy sufriendo es por Ana que la pobre no sabe ya cómo ponerse. Cuando por fin nos toca el turno, el hombre del control trata de hacer alguna gracieta con todos (¡normal que tarde tanto en avanzar la cola!) mientras mira nuestro pasaporte y nos pone el sello (¡mi tercero!). Vamos a por las maletas y después a cambiar dinero.

Javi está a punto de sufrir un aparatoso accidente, pero todo se queda en un susto (y en algunas risas cuando vemos que no le pasa nada) Lo único que le ha pasado es que ha hecho un poco el ridículo. Por lo demás está bien.

Estamos tardando tanto en salir que nos llaman por megafonía. Quizás el conductor del coche que hemos contratado piensa que nos hemos perdido o que hemos pasado de él. El mini bus está bien y es sólo para nosotros cuatro. Por el camino vemos Estambul de noche y me resulta muy bonito. Está todo iluminado y es enorme.

El mini bus nos deja en la puerta del apartamento en lo que parece un callejón no muy de fiar. Fatih sale a darnos la bienvenida y sube con nosotros para enseñarnos la casa. Estamos en lo que parece un segundo piso sin ascensor. El portal da un poco de miedo, pero cuando entramos en la casa vemos que está impecable. Tiene una habitación con una cama grande y un salón con un sofá cama. La verdad es que es muy bonito y está decorado con bastane buen gusto.

Nos encontramos con un pequeño problema a la hora de dormir porque el aparato de aire acondicionado de la habitación hace mucho ruido y no nos será posible dormir así. Por otro lado hace bastante calor, así que tampoco podemos dormir sin aire porque acabaremos sudando como pollos. Solución: llevar el colchón de la habitación al salón y dormir los cuatro juntos. Sí, exacto, como en una comuna.

Santi y yo dormimos en el suelo (sobre el colchón de la cama, se entiende) y Ana y Javi en el sofá cama. Mañana tenemos que dejar el apartamento porque vamos a pasar un par de días en Capadocia, pero Fatih nos deja una salita para guardar las maletas. Por lo pronto lo único que nos interesa es dormir. No sé qué hora es pero estamos reventados. Así que nos metemos en la cama y no nos preocupamos de poner despertador. Mañana ya será otro día.

En el día de hoy no he sacado ni una sola foto así que el reportaje fotográfico empezará mañana.

jueves, 6 de octubre de 2011

Una manzana

Después de tanto tiempo escribiendo sobre viajes no sé muy bien cómo empezar este post. El caso es que hoy me han entrado ganas de contaros una historia aunque quizás la encontréis una historia tonta. Sin embargo hoy, como os decía, me han entrado ganas de contarla.

Cuando hace unos años comencé a trabajar en la agencia de marketing directo no tenía ni idea de muchas cosas. De demasiadas incluso. El primer día recuerdo estar hablando con el jefe (un hombre chulo y prepotente como he conocido pocos) en una de las salas de la oficina. Aún no sabía qué hacer conmigo. No sabía para qué podía serle útil en la agencia así que decidió asignarme un sitio y dejar que pasaran los días a ver qué se le ocurría. Lo único que tenía claro era que me iba a asignar un Mac. Me preguntó si tenía problema en usarlo y yo le dije que no, pero realmente no tenía ni idea de lo que era. Si había oído hablar de apple y de sus ordenadores había sido de refilón, pero eso no me servía para decir que sabía manejarlo. Nunca había visto uno y mucho menos trabajado con uno. "Todo está al revés aquí" recuerdo que pensé.

Comencé a trastear con mi "nuevo" ordenador (lo pongo entre comillas porque tenía ya unos añitos) y al poco tiempo empecé a considerar que mi nivel pasaba de "usuario" a "casi experto". Ya os digo que nada de eso, ¿eh? Mi nivel es el que es con cualquier ordenador, pero sí que sentía una gran afinidad con ese ordenador que nunca daba problemas y que tenía millones de aplicaciones entretenidas. Me enganché al Mac hasta el punto de sentirme rara con el que tenía en casa. Era como si le faltara algo al mío.

Por la misma época empecé a ver a la gente con los Ipods por la calle. En mi oficina había varios. Mi jefe, ese hombre chulo y prepotente, era un gran aficionado a Apple. Lo tenía todo de esta marca (hasta le compró un vibrador a su mujer que se enchufaba al Ipod y vibraba a la velocidad de la música que sonaba. (Esto juro que es verdad porque lo he visto con mis propios ojos) Después nos compró ordenadores nuevos. Los mini mac. Me encantaban. Ya estaba enamorada de Apple. Sin embargo no soy una persona que se mueva mucho por modas o por marcas, así que a pesar de que el Ipod era lo mejor para escuchar música, yo no lo compré, igual que tampoco llegué a comprarme nunca un portátil. Pero eso no quita que me "enamorase" del ordenador.

Esta mañana cuando he llegado a la oficina me he enterado de la muerte de Steve Jobs y me ha dado mucha pena, pero la verdad es que no sabría decir porqué. No le conocía de nada, no he seguido su carrera y creo que como mucho le habré visto 5 ó 6 veces entre noticias de televisión y las presentaciones de Apple (que no he visto más que en noticias o en algún vídeo). Pero me caía bien. Me parece que era un hombre muy inteligente. Por lo que dicen también era una bellísima persona, aunque siempre se dice lo mismo de las personas que mueren de manera repentina o a una edad temprana.

Hoy la página web de apple se ha vestido de homenaje con una foto suya y dos fechas que a mi me parece que están demasiado juntas en el tiempo. Después de eso unas pocas palabras hablando de Steve Jobs como persona y como profesional. Me ha parecido un gesto bonito, emotivo y sencillo. En fin, que me ha dado pena por él y por todas las personas víctimas de esta enfermedad. Quien más quien menos tiene un amigo, familiar o conocido que ha sufrido un cáncer. Todos sabemos lo terrible que es, así que no es necesario que me entretenga más.




De todas las cosas que se han dicho hoy me quedo con una frase de Steven Spilberg:

Puso el mundo en nuestras manos.

No se puede decir más con menos...