¿Qué buscas?

viernes, 23 de diciembre de 2016

Un uno por ciento de felicidad


UN UNO POR CIENTO DE FELICIDAD
­­–Cuando pienso en la Navidad pienso en calles nevadas, gente feliz y chimeneas. Qué curioso, ¿verdad? Yo no tengo chimenea y en mi ciudad no nieva casi nunca, ya sería casualidad que lo hiciera justo en Navidad, ¿a que sí? No sé, quizás es como me gustaría a mí que fuera la Navidad: blanca, fría y cálida a la vez, y feliz.
Esas fueron las primeras palabras que le dije a Ramón cuando le conocí. Estábamos en un aeropuerto extranjero, un 24 de diciembre por la tarde, el sol se había puesto y fuera de la terminal ya estaba el cielo oscuro. Las luces de las pistas iluminaban el suelo, que estaba blanco de la nieve que seguía cayendo después de varias horas sin dejar de hacerlo. El calor de la terminal y el frío del exterior hicieron que los cristales se empañaran, por lo que tenía que limpiarlo con mi mano si quería ver los aviones parados fuera. Hacía varias horas que no se movía ninguno. Ni aterrizaban ni despegaban. Era igual que un aeropuerto fantasma.
Ramón se acercó a mí y limpió el trozo de cristal que estaba junto al mío y nos quedamos un rato así, sin decir nada, mirando cómo el cristal volvía a empañarse antes de volver a pasar la mano para limpiarlo. Después fue cuando hice el comentario sobre la Navidad. Fue más un pensamiento en voz alta que el intento de iniciar una conversación por mi parte. Es más, pensaba que él ni siquiera hablaba mi idioma, pero me miró y sonrió.
–Pues te falta la chimenea y la gente feliz para que esta Navidad sea completa. –Me dijo.
–Es verdad, tengo un 33% de lo que quiero. Me quejo de vicio.
–¿También vuelas a Madrid?
Asentí con la cabeza.
–Volaba –dije–, porque el vuelo ha sido cancelado por la nieve.
–Ya. –Me dijo y después volvimos a quedarnos en silencio, mirando a través del trozo de ventana que habíamos limpiado para ver las pistas llenas de nieve.
La gente que tenía donde quedarse ya se había marchado a sus casas y los demás estábamos esperando a que nos dieran habitación en un hotel cercano. ¡Vaya manera de pasar la Navidad! Sola en un hotel de una ciudad extranjera.
Poco después de la breve conversación que habíamos mantenido Ramón y yo vinieron a buscarnos y nos llevaron a un hotel de la ciudad donde se celebraba una cena de Nochebuena. En total enviaron a mi mismo hotel a 15 personas, Ramón entre ellas. Subimos a la habitación a dejar las cosas y a adecentarnos un poco para la cena. Conseguí hablar por Skype con mi familia y amigos antes de bajar y les aseguré que estaba bien. Les dije que me habían alojado en un hotel que parecía estar muy bien, con cena de gala incluida, y que iba a cenar con el resto de pasajeros del vuelo. Sin embargo, la realidad era bien distinta pero no quería que estuvieran tristes en casa porque yo estuviera mal. El hotel era cierto que estaba muy bien, y también era verdad que iba a cenar con los pasajeros que habían traído a mi mismo hotel, pero yo no estaba bien. No estaba nada bien. Quería estar en casa, rodeada de mi familia y de mis amigos, partiendo el turrón y colocándolo en la bandeja, poner el discurso del rey en la tele e ignorarlo como venía haciendo desde que era pequeña, mancharme las manos con las gambas y después ponerme ciega a dulces.
A las 20:30 Ramón llamó a mi puerta. No me lo esperaba y me sorprendió verle ahí.
–¿Tienes chimenea? –Me dijo.
–Hummm, no. No tengo. –Le dije bastante desconcertada– ¿Por qué? ¿Tú sí tienes?
–No, pero pensaba que si hubieras tenido tendrías un 66% de las Navidades perfectas. Habría estado bien.
Ramón me gustaba. Intentaba quitarle hierro al asunto. A nadie le gustaba estar allí, pero pensé que ya que nos había tocado vivir una Navidad diferente era mejor hacerlo con una sonrisa y de buen humor tal y como él hacía.
–Bueno, si te cojo como muestra se puede decir que estoy rodeada de gente feliz así que técnicamente, tengo un 66% de las Navidades perfectas.
Se quedó pensativo sopesando la idea de contradecirme, y mientras él dudaba yo tuve un momento para analizarle con calma. Tenía los ojos marrón verdoso muy bonitos y expresivos, pero por lo demás era un chico normal, ni guapo ni feo. Del montón. Pero parecía simpático. De pronto sonrió y yo, de un golpe y sin haberlo previsto en absoluto, me enamoré de él.
–Venga, te dejo que me acompañes al comedor. –Me dijo ofreciéndome su brazo de manera teatral. Yo me reí y entré corriendo a coger mis cosas para un momento después volver al pasillo. Me agarré a su brazo y bajamos al comedor. Allí nos encontramos con el resto de pasajeros. Todos éramos españoles fuera de su casa y todos teníamos ganas de pasarlo bien. A todos nos molestaba no estar en casa en un día como ese pero pronto aprendimos que era mejor sacar provecho de una situación adversa y al final nos lo pasamos genial. Nos contamos nuestra vida. A dónde íbamos y de dónde veníamos. Unos estábamos trabajando y volvíamos a casa, otros vivían allí y volvían de visita nada más. Nos reímos. Nos reímos mucho. Sobre todo de nosotros y de nuestra mala suerte. Fue una gran noche, sí señor. Sin haberlo previsto y contra todo pronóstico, nos divertimos.
A la hora de los postres sacaron una especie de hojaldres y unas trufas. Estaban buenos, pero todos pensamos lo mismo:
–¿Cuándo sacan el turrón aquí? –Preguntó alguien en la mesa y todos nos reímos. Efectivamente, eso es lo que estábamos pensando todos...
–Yo quiero turrón y mazapanes. –Se quejó otra persona.
–Y polvorones... –añadí yo, y entonces, por un momento, se hizo el silencio en nuestra mesa y nos pusimos tristes. Imagino que cada uno se puso a pensar en lo que estarían haciendo sus familias en esos momentos. En mi casa estarían brindando con sidra El Gaitero y habrían sacado ya los piñones y las almendras. También habría bandejas con turrón y polvorones. ¡Madre mía! ¡Si dos días antes me hubieran dicho que iba a echar de menos el turrón duro y blando no me lo habría creído!
–Bueno, bueno, ya comeremos mañana los turrones. –Era Ramón, que intentaba animar la fiesta de nuevo–.  Brindemos por esta noche y por esta extraña Navidad que estamos disfrutando. Chin chin.
El resto de la noche pasó muy rápido. Bebimos y bailamos en el salón durante varias horas y al final decidimos irnos a dormir los pocos que nos habíamos quedado hasta tarde. Ramón hacía un rato que había desaparecido sin despedirse de nadie y poco después la gente comenzó a retirarse. Al final me subí al mismo tiempo que una pareja de Toledo que se había quedado bailando hasta el último momento.
Me estaba lavando los dientes cuando llamaron a la puerta. Mi primer pensamiento fue que nuestro vuelo iba a poder salir pronto y que venían a buscarme ya, pero me equivoqué. Era Ramón de nuevo. Por segunda vez venía a buscarme a mi habitación y por segunda vez me alegré de que lo hiciera. No sabía qué era lo que tenía, pero ese chico me gustaba mucho.
–Ven conmigo –me dijo agarrándome de la mano y tirando de mí para que le siguiera por el pasillo–, he encontrado el porcentaje de felicidad que te faltaba.
No sabía de qué hablaba ni a dónde íbamos, pero le seguí. Claro que le seguí. Bajamos varias plantas en el ascensor y nos paramos en la planta del bar. Según entramos vi que a la derecha estaba la barra donde un camarero se distraía colocando las botellas en su sitio, de frente había una cristalera enorme desde la que se veían las luces de la ciudad y los copos de nieve caer al suelo, delante de la ventana había sillones y mesas pequeñas para tomar algo tranquilo, y en un rincón, a la izquierda de la ventana, estaba la chimenea. Una chimenea normal, ni muy grande ni muy pequeña, pero que tenía un fuego encendido que tenía pinta de aguantar todavía un buen rato. Es más, podría decir que parecía que estuviera recién encendido...
Nos acercamos a la chimenea y nos sentamos en uno de los sillones que estaban frente al fuego, uno al lado del otro. Yo no podía dejar de sonreír porque me encantaba que un chico al que no conocía de nada se preocupara tanto de mi felicidad, pero realmente no sabía qué decir. Por suerte fue Ramón quien rompió el silencio.
–Si mis cuentas no fallan –dijo Ramón–, y creo que no fallan –añadió–,  ahora tus Navidades son completas.
–Hombre, si nos quedamos con que la nieve me daba un 33% de las Navidades perfectas y tu felicidad, un 66%, creo que lo justo es que la chimenea me dé otro 33% y no un 34% como le estás adjudicando tú, ¿no?
–Ya, pero entonces nos estaríamos quedando con un 99% de tus Navidades perfectas y eso no puede ser. No es suficiente.
–No, no es suficiente. –Dije yo repitiendo sus palabras, casi en un susurro.
¡Pero cómo me gustaba ese chico! Era un encanto que había hecho de una situación terrible para mí, una de las mejores noches de mi vida. ¡Él era el 1% que me faltaba! Y él lo sabía. ¿Cómo resistirse? ¿Cómo no hacer nada? Me acerqué más a él y le agarré la cara con las manos, él me miraba como si yo fuera lo más bonito del mundo, primero los ojos, durante lo que me pareció una eternidad, y luego los labios, que se acercaban peligrosamente a los suyos hasta que al final se tocaron con un roce.
–Gracias. –Le dije, no sabía qué más podía decirle. Él sonrió así que supuse que no hacía falta decir nada más.
–Feliz Navidad. –Me dijo.
–Ahora sí, –le contesté al tiempo que le besaba–. Ahora sí.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Hojas de otoño

No es difícil encontrar la belleza si estás dispuesto a encontrarla.

¿Os sabéis el chiste del ladrillo y la piedra preciosa? Ese en el que uno le dice a otro "Mira, una piedra preciosa" y el otro le dice, "Pero ¡si es un ladrillo!" "Bueno, pero a mí me gusta". Pues bien, no sé si esto es lo que me pasa a mí últimamente pero todo me parece precioso (y no, no estoy enamorada). No digo nada nuevo si digo que el otoño trae gran variedad de colores al panorama urbano, pero para mí este año se está pasando de bonito. Allí donde miro veo algo susceptible de ser fotografiado (me he hecho Instagram, a lo mejor por eso voy buscando fotos como una loca) pero cuando hago ese momento inmortal con la cámara del móvil me doy cuenta de que no he sabido captar ni un poco de la belleza que estoy viendo en directo.

No siempre puedo parar y hacer fotos. Me pasa mucho cuando voy conduciendo así que, como comprenderéis que no es cuestión de parar el tráfico de todo Madrid para sacar mi móvil del bolso y disparar, he decidido disfrutar de los momentos. Cada atardecer en mi ciudad es digno de ser disfrutado y eso es lo que hago. Verlo, disfrutarlo... y morirme por dentro porque no puedo tenerlo en mi Instagram con un montón de corazones rojos (el me gusta de esta red social)

Llevo 35 años viviendo en la misma casa, en el mismo barrio y rodeada de los mismo árboles, y no ha sido hasta hoy que uno en concreto me ha llamado la atención. La copa estaba completamente amarilla, igual que la alfombra que cubría el césped verde. Un contraste de colores que, si os fijáis, está en todos lados en otoño pero que no nos llama tanto la atención como para dedicarles un momento. Hoy ver el árbol que os comento, me ha pellizcado el corazón. No ha sido un gran pellizco, pero sí lo suficientemente fuerte para que fuera a verlo con mi móvil en la mano y tratara de hacerle justicia. No lo he conseguido pero igualmente os voy a dejar la foto.



Pero no contento con darme tan buenos momento, el otoño también tiene otra cosa buena, mejor que la anterior, de hecho, y es que me ha provocado las ganas de volver a escribir. Sentarme delante de una hoja en blanco y rellenarla con garabatos. Y sentarme después delante de una plantilla en blanco de este blog y llenarla con algo que no son sólo fotos. Sé que no es el mejor texto el que estás leyendo, tampoco lo pretendía. Hoy me conformo con darle a publicar y que mañana o pasado mañana quiera escribir cualquier otra cosa.

Y como esta entrada es la más peculiar y variopinta que he hecho nunca voy a dejaros mi Instagram por si queréis echar un vistazo a las historias que cuento cuando no puedo, o no quiero, usar las palabras.

Instagram @fanita_madrid

Y de "regalo" otra foto del otoño en Madrid.

En grande se ve mejor


martes, 12 de julio de 2016

Aprendamos de los niños

Si algo he aprendido de mis sobrinos en estos algo más de cuatro años, es que son pequeñas personas sin corromper. Lo veo en Iker y en Víctor: está en nuestra naturaleza ser solidarios con los que nos rodean, ser generosos y compartir las mejores cosas con la gente que queremos o, incluso, con la gente que no conocemos y que lo necesita. Y no me refiero sólo a cosas materiales, sino a "simples" experiencias también.

Y nosotros, los mayores, ¿qué hacemos? Queremos "manipularles" y conseguir que hagan las cosas bien; es decir, a "nuestra manera". A la manera que nos enseñaron que era la correcta. Y no, no nos damos cuenta de que los niños no necesitan aprender de nosotros, sino que somos nosotros los que tenemos que recordar gracias a los más pequeños -estoy segura de que un día lo supimos- cómo tenemos que comportarnos.

Más de una vez he visto niños dándonos lecciones de vida. Me viene a la cabeza un experimento de la ONG Acción Contra el Hambre en el que dejaban a dos niños en una habitación con la merienda y cuando se la iban a comer se daban cuenta de que sólo uno de ellos tenía bocadillo. ¿Sabéis qué hicieron? Efectivamente. Todos compartieron la comida.


Otro ejemplo que recuerdo a menudo es el del niño que tuvo que mediar entre el árbitro y su entrenador de fútbol porque ambos estaban discutiendo. Para el niño la discusión no merecía la pena y con su gesto espero que consiguiera que se le cayera la cara de vergüenza a los dos implicados.


Ayer fue la final de la Eurocopa y hoy un vídeo grabado después del partido se ha hecho viral. Seguro que habéis visto las imágenes, pero si no es así os dejo la secuencia y el vídeo más abajo.

Para mí la imagen de la Eurocopa podrían ser muchas: la selección de Islandia celebrando la derrota, Ronaldo levantando la copa o las aficiones juntas celebrando la fiesta del fútbol. Sin embargo yo me quedo con el niño portugués cogiendo la mano del seguidor francés cuando éste ni siquiera ha visto que está frente a él.


Francia perdió el campeonato, pero estoy segura de que este chico aprendió una lección que se llama deportividad y solidaridad. Su gesto, una vez que salió de su asombro al ver al niño cogiéndole la mano, también fue bonito. Se dejó consolar y le abrazó en un par de ocasiones. Me gusta pensar que se fue más emocionado por el gesto del niño que por el resultado del partido.

Ya veis... el mundo está cada vez más loco pero yo aún tengo fe en el ser humano.

Por cierto, el vídeo lo podéis ver en Verne con buena calidad.


lunes, 6 de junio de 2016

¿Pueden un hombre y una mujer ser sólo amigos?

Yo siempre he defendido que sí, que la amistad se forja independientemente del género, pero últimamente me he encontrado varias veces pensando que no es posible. Y aquí me veo en la obligación de hacer una puntualización: hablo de un hombre y una mujer heterosexual.
 
Yo voy a contar mi experiencia personal, que es la que me está haciendo plantear ciertas dudas en el tema que nos ocupa. Ya me diréis si pensáis lo mismo que yo.
 
En los últimos años he visto que varios de mis amigos, sospechosamente, no aparecen nada más que cuando no están sus novias. Es más, son ellos los que llaman diciendo que si quedamos, que si hace mucho tiempo que no nos vemos y que a ver si nos ponemos al día con unas cervezas o un café. Todo está bien si yo digo que sí cuando ellos me proponen; sin embargo si el día en cuestión no puedo quedar empieza el problema para ellos porque de repente tienen muchas cosas que hacer el día de antes o el de después y todo se vuelven excusas. ¡Ay que ver que ocupados están estos chicos!
 
-Ya te avisaré cuando pueda quedar.
 
Es la frase con la que suelen finiquitar el asunto. Y pasan semanas ¡o meses! hasta que vuelvo a escuchar de ellos.
 
Ya sé qué estaréis pensando: que no son tan buenos amigos como yo me pienso si actúan así. Y puede que sea verdad. Lo que sí sé es que es una situación que me da rabia y que no me gusta. Primero porque no puedo ver a mis “amigos” (Pongámoslo entrecomillado mejor) y segundo porque echa por tierra mi teoría de que un hombre y una mujer pueden ser amigos…

jueves, 26 de mayo de 2016

"W"


Estoy leyendo un libro que me está gustando mucho. Se llama Salvaje y cuenta la vida de una mujer que decide recorrer el Sendero del Macizo del Pacífico (costa oeste de EEUU) para encontrarse a sí misma. Hay muchas cosas en el libro en las que no me puedo ver reflejada porque la protagonista es, y piensa, de una manera muy diferente a como yo lo hago, pero no puedo evitar sentirme identificada con ella en muchas otras cosas.

Hace unos años, cuando me fui a vivir a Chile, me di cuenta de que si no viajaba sola me quedaría sin ver muchos sitios que quería ver así que me lancé a la aventura y probé a hacer cosas que de otra manera no habría hecho. Una de ellas fue la llamada “doble b” en la Patagonia chilena, una ruta en forma de w que hice en cinco días y que disfruté muchísimo a pesar del cansancio que acumulé. No es una ruta complicada pero sí que requiere de tiempo y esfuerzo si no estás muy acostumbrado a la montaña.  

Lo bueno de ir sola fue que pude hacer lo que me dio la gana siempre. No había horarios establecidos ni tuve que esperar a encontrar un lugar que gustara a todo el mundo para parar a comer. Tampoco tuve que forzar el ritmo para no quedarme atrás. Simplemente estaba yo... con mis decisiones. 

No había más.  

Este viaje en particular me marcó mucho. El primer día que llegué al refugio conocí a un señor ya madurito que resultó ser un baboso. ¡Pensé que me arruinaría el viaje! Llegué a medio día al refugio y después de dejar las cosas en la habitación salí a inspeccionar un poco la zona. Cuando volví cometí el “error” de sentarme con él en la sala común. Menos mal que su viaje llegaba a su fin en el momento que el mío daba comienzo y sólo tuve que aguantarle unas horas esa tarde. Por suerte a la mañana siguiente volvería a su casa. Intentando no cenar a solas con él en el comedor nos sentamos junto a un chico brasileño que estaba viajando solo también. Nos dijo que había llegado al refugio esa tarde y que empezaría a caminar al día siguiente. Igual que yo. No llegamos a caminar juntos en ningún momento, el brasileño y yo, pero era muy reconfortante encontrarle al final de cada día cuando llegaba a los refugios. Para cuando yo quería hacer acto de presencia él ya llevaba un buen rato allí, descansando y estudiando la ruta del día siguiente. Yo me iba a duchar y después me sentaba a escribir en mi diario o a charlar con él. Por las noches cenábamos juntos y echábamos una parrafada antes de irnos a dormir.

Estaba sola sólo cuando quería y eso me encantaba. Durante el día caminaba sin compañía la mayor parte del tiempo pero de vez en cuando encontraba a alguien con quien hablar un rato. Paraba a hacer fotos o simplemente a admirar el paisaje cuando me apetecía.

Llegué a emborracharme de tanta belleza esos días.

Pude comprobar, además, que se puede vivir desconectada del mundo. No tuve señal en los cinco días que duró la ruta y lo mejor de todo es que no la eché de menos.

Me di cuenta de que llevar kilos en la espalda durante horas, con los pies y las piernas sufriendo en las subidas y -sobre todo- en las bajadas, no es lo que se dice divertido si nos tomamos al pie de la letra el significado del verbo divertir. Pero cuando llegaba al objetivo, con todo el cansancio acumulado, y podía por fin descansar llegaba a sentirme realmente bien. Me daba cuenta de que había sido capaz de hacerlo y de que el esfuerzo tenía como recompensa esos momentos de paz, de vida, que de otro modo no habría valorado. Las cosas sencillas fueron las que me hicieron felices esos días. Sentarme en una mesa de madera con el lago a la izquierda y las montañas heladas a la derecha sin saber bien a dónde quería mirar. Hablar con gente que no conocía y que pasó de largo en mi vida pero que en ese momento me hicieron sentir parte de algo importante. Escribir cosas sin sentido en mi diario o leer sin preocuparme de mirar la hora. Incluso las agujetas del día siguiente me parecían buenas; me animaban a continuar caminando porque en el momento que volvía a ponerme en marcha se me olvidaban los dolores.  

Reduje mi nivel de estrés hasta hacerlo desaparecer. ¡Hasta hablaba de manera más pausada! Claro que en esto el chico brasileño tuvo mucho que ver porque él no hablaba español y yo no hablaba portugués. Tuvimos que hacer uso de toda nuestra paciencia para entendernos, pero la verdad es que fue interesante y entretenido hacerlo.

Ya había viajado sola antes de este viaje, pero estoy segura de que gracias a esta ruta he entendido lo que es estar en contacto con la naturaleza. También la que me ha ayudado a ponerme en la piel de la protagonista de Salvaje, el libro que estoy leyendo. Entiendo cómo se siente y por qué lo hace. Y por mucho que sufriera en su camino no puedo evitar sentir envidia de lo que hizo.

Por cierto que de este libro salió una película hace un par de años que se llama Alma Salvaje. No la he visto aún porque quiero terminar el libro primero, pero estoy segura de que me gustará también.

lunes, 25 de abril de 2016

El poder de la lluvia


La lluvia tiene el poder de relajarme cuando estoy nerviosa pero también puede provocar el efecto contrario y ponerme de los nervios cuando estoy tranquila. Exactamente lo mismo que los taxistas.

Uno de esos días de lluvia de la semana pasada tuve una reunión en el centro de Madrid; lo último que me apetecía en un día como ese era llevar el coche al centro así que cogí un taxi que estaba dejando a alguien en la puerta de la oficina y le di la dirección. Me puse el cinturón e intercambié algunas palabras con el taxista. No tenía el día para muchas charlas así que traté de relajarme.

En vano.

El hombre conducía casi encima del coche que llevábamos delante, maldiciendo cuando alguien se paraba en un semáforo que él se habría saltado y acelerando y frenando como si le fuera la vida en ello. En más de una ocasión le dije: "No hay prisa" pero parecía que no pensaba lo mismo que yo. Todo esto sumado a que estaba chispeando me provocó un estado de nervios que lo único que quería hacer era pagar y bajar del coche.

Durante la reunión, en un edificio en la Gran Vía, yo estaba de espaldas a la ventana y no veía lo que ocurría fuera pero, después de una media hora en la que no paré de hablar, lo escuché. Estaba lloviendo. Paré la reunión para preguntar lo evidente: "Ya está lloviendo, ¿no?" Me di la vuelta y pude ver la cortina de agua al otro lado del cristal. Una lluvia vertical, que no llegó a mojar las ventanas, pero que se hacía oír.

Cuando salí a la calle (sin paraguas) corrí para montar en un taxi que pasaba por allí. El taxista me preguntó a dónde iba. Le di la dirección de la oficina y, como había hecho con el otro taxista, intercambié algunas palabras con él. Llevaba una emisora de radio con música soul y se tomó la conducción con calma. Llovía muy fuerte, dejando en el limpiaparabrisas ese sonido con el que podríamos dormirnos. Cogí postura y por fin me relajé. Cuando estábamos llegando recuperamos una conversación banal. Le pregunté por una chapa que tenía pinchada en el techo y sobre la música que habíamos ido oyendo, aunque lo que en realidad me habría gustado decirle era lo mismo que al otro taxista:

 "No corras que no hay prisa"