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jueves, 26 de mayo de 2016

"W"


Estoy leyendo un libro que me está gustando mucho. Se llama Salvaje y cuenta la vida de una mujer que decide recorrer el Sendero del Macizo del Pacífico (costa oeste de EEUU) para encontrarse a sí misma. Hay muchas cosas en el libro en las que no me puedo ver reflejada porque la protagonista es, y piensa, de una manera muy diferente a como yo lo hago, pero no puedo evitar sentirme identificada con ella en muchas otras cosas.

Hace unos años, cuando me fui a vivir a Chile, me di cuenta de que si no viajaba sola me quedaría sin ver muchos sitios que quería ver así que me lancé a la aventura y probé a hacer cosas que de otra manera no habría hecho. Una de ellas fue la llamada “doble b” en la Patagonia chilena, una ruta en forma de w que hice en cinco días y que disfruté muchísimo a pesar del cansancio que acumulé. No es una ruta complicada pero sí que requiere de tiempo y esfuerzo si no estás muy acostumbrado a la montaña.  

Lo bueno de ir sola fue que pude hacer lo que me dio la gana siempre. No había horarios establecidos ni tuve que esperar a encontrar un lugar que gustara a todo el mundo para parar a comer. Tampoco tuve que forzar el ritmo para no quedarme atrás. Simplemente estaba yo... con mis decisiones. 

No había más.  

Este viaje en particular me marcó mucho. El primer día que llegué al refugio conocí a un señor ya madurito que resultó ser un baboso. ¡Pensé que me arruinaría el viaje! Llegué a medio día al refugio y después de dejar las cosas en la habitación salí a inspeccionar un poco la zona. Cuando volví cometí el “error” de sentarme con él en la sala común. Menos mal que su viaje llegaba a su fin en el momento que el mío daba comienzo y sólo tuve que aguantarle unas horas esa tarde. Por suerte a la mañana siguiente volvería a su casa. Intentando no cenar a solas con él en el comedor nos sentamos junto a un chico brasileño que estaba viajando solo también. Nos dijo que había llegado al refugio esa tarde y que empezaría a caminar al día siguiente. Igual que yo. No llegamos a caminar juntos en ningún momento, el brasileño y yo, pero era muy reconfortante encontrarle al final de cada día cuando llegaba a los refugios. Para cuando yo quería hacer acto de presencia él ya llevaba un buen rato allí, descansando y estudiando la ruta del día siguiente. Yo me iba a duchar y después me sentaba a escribir en mi diario o a charlar con él. Por las noches cenábamos juntos y echábamos una parrafada antes de irnos a dormir.

Estaba sola sólo cuando quería y eso me encantaba. Durante el día caminaba sin compañía la mayor parte del tiempo pero de vez en cuando encontraba a alguien con quien hablar un rato. Paraba a hacer fotos o simplemente a admirar el paisaje cuando me apetecía.

Llegué a emborracharme de tanta belleza esos días.

Pude comprobar, además, que se puede vivir desconectada del mundo. No tuve señal en los cinco días que duró la ruta y lo mejor de todo es que no la eché de menos.

Me di cuenta de que llevar kilos en la espalda durante horas, con los pies y las piernas sufriendo en las subidas y -sobre todo- en las bajadas, no es lo que se dice divertido si nos tomamos al pie de la letra el significado del verbo divertir. Pero cuando llegaba al objetivo, con todo el cansancio acumulado, y podía por fin descansar llegaba a sentirme realmente bien. Me daba cuenta de que había sido capaz de hacerlo y de que el esfuerzo tenía como recompensa esos momentos de paz, de vida, que de otro modo no habría valorado. Las cosas sencillas fueron las que me hicieron felices esos días. Sentarme en una mesa de madera con el lago a la izquierda y las montañas heladas a la derecha sin saber bien a dónde quería mirar. Hablar con gente que no conocía y que pasó de largo en mi vida pero que en ese momento me hicieron sentir parte de algo importante. Escribir cosas sin sentido en mi diario o leer sin preocuparme de mirar la hora. Incluso las agujetas del día siguiente me parecían buenas; me animaban a continuar caminando porque en el momento que volvía a ponerme en marcha se me olvidaban los dolores.  

Reduje mi nivel de estrés hasta hacerlo desaparecer. ¡Hasta hablaba de manera más pausada! Claro que en esto el chico brasileño tuvo mucho que ver porque él no hablaba español y yo no hablaba portugués. Tuvimos que hacer uso de toda nuestra paciencia para entendernos, pero la verdad es que fue interesante y entretenido hacerlo.

Ya había viajado sola antes de este viaje, pero estoy segura de que gracias a esta ruta he entendido lo que es estar en contacto con la naturaleza. También la que me ha ayudado a ponerme en la piel de la protagonista de Salvaje, el libro que estoy leyendo. Entiendo cómo se siente y por qué lo hace. Y por mucho que sufriera en su camino no puedo evitar sentir envidia de lo que hizo.

Por cierto que de este libro salió una película hace un par de años que se llama Alma Salvaje. No la he visto aún porque quiero terminar el libro primero, pero estoy segura de que me gustará también.