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viernes, 30 de marzo de 2007

Autobuses y Diablillos

En el último post que escribí me llevé una gran sorpresa al encontrar un comentario del autor del que, durante mucho tiempo fue mi libro preferido. Han pasado varios meses y hoy por fin tengo tiempo y ganas para volver a escribir, aunque no retome el tema de la vez pasada.

Recuerdo un día cuando estaba en mis primeros años de instituto (por no aventurarme a decir que era el primero) que quedé con una amiga mía y con más compañeras de clase de ésta. Fuimos al barrio de Fuencarral, y a la hora de volver a casa quisimos coger un autobús. Nos apalancamos en la parada hasta que lo vimos acercarse por la calle, después lo vimos justo delante de la parada y acto seguido, y sin parar, alejarse por la misma calle por la que lo habíamos visto acercarse.

¿Cuál fue el problema? ¿Por qué aquel hombre no había parado para que subiéramos? Pues por algo tan tonto como dar por hecho que iba a parar y no levantar la mano. Sí, ya lo sé, la tonta fuí yo (nosotras para no decírmelo yo todo) y no la situación, pero es la respuesta antes me ha venido a la cabeza.

Lo peor fue que después de todo el bochorno, la carrera que nos dimos para pillar el autobús en el semáforo y la cara de tontas que se nos quedó, el autobusero, que nos dejó subir a regañadientes, nos echó una bronca tremenda. Eso sí, fue una bronca que no cayó en saco roto porque se me quedó grabada a fuego en la cabeza y nunca más, desde ese día, me he visto en una situación similar.

¿A qué viene toda esta historia? Pues tampoco yo lo sé. Sólo sé que hace unos meses yendo al centro por la mañana en el 133 tuve la suerte de coger un autobús -con un autobusero- cuanto menos curioso. Esa mañana la gente no parecía estar demasiado espabilada esperando en las paradas, porque a tres personas se les quedó la misma cara de tonta que se me quedó a mí aquel día en fuencarral. Me pregunté cómo a la gente se le ocurría esperar al autobús leyendo un libro o mirando la publicidad de las marquesinas mientras escucha música con unos cascos. Obviamente estas personas nunca antes perdieron un autobus de esta forma tan estúpida. Pues justo esto fue lo que le pasó a dos de las personas que este autobusero no paró. Lo cierto es que tenía muy mala idea el hombre, pero también es verdad que a mí me vino de perlas su mala uva porque llegaba tarde y el hecho de que no frenara en todas las paradas me benefició.

El caso es que la situación me pareció muy divertida. La gente que a saber cuánto tiempo llevaba esperando sólo se daban cuenta de que su autobús había pasado de largo cuando ya era imposible pedir que parara. Todos reaccionaron igual. Levantando los brazos y blasfemando contra el conductor -como si fuera su culpa-, y el conductor refunfuñando y sonriendo maliciosamente. Qué hubieran estado atentos, decía por lo bajito, pero estoy segura de que él se divirtió tanto como yo viendo a esas personitas levantar los brazos e intentado parar el bus a base de agitarlos en el aire.

Una cosa a tener en cuenta, es que de todas las personas que he mencionado que ese día perdieron el bus, no había ninguna que superase los treinta y... me atrevería a asegurar que ninguna llegaba. En la vida he visto (y no creo que vea) a un viejecito pasar por una situación similar. A lo mejor todos los abuelitos y abuelitas han perdido un autobús de jóvenes, pero lo que está claro, es que a ninguno se les escapa en las narices hoy en día; y es que ya se sabe, más sabe el Diablo por viejo, que por Diablo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

jajaja asi que te divirtio la situacion? que mala........

jevy dijo...

uy que he salido anonimo!! soy jesus!! un saludo Fani!!
(esta genial el blog)

Narayani dijo...

Sí, la verdad es que me hizo gracia, sobre todo por las caras del conductor que sonreía para sí mismo. Buf!! pero hace mogollón de esto...
Y sí, soy mala. No lo puedo evitar :-p