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jueves, 15 de abril de 2010

Sensaciones

Hay pocas sensaciones que me gusten más que la que experimentas al meterte en una ducha con el agua caliente cuando vienes muerta de frío de la calle, donde te has mojado con la lluvia helada y las ráfagas de viento te han aterido los músculos. Si, además, has tenido un mal día en lo profesional o en lo personal y estás deseando llegar a casa a pesar de que tienes la sensación de que estás a años luz de alcanzar la meta, esa sensación de felicidad al sentir el calor de las gotas de agua puede ser maravillosa. La mejor del día casi seguro.

Llegas, como he dicho hace un momento, congelada y empapada a casa y, lo que es peor, llevas así todo el día. Incapaz de entrar en calor y cada vez más enfadada con el mundo entero porque la lluvia y el mal tiempo te han pillado en un mal día, entras por la puerta de casa y te quitas el abrigo, lo dejas tirado en el sillón y la bolsa con el tuper de la comida en la silla de la cocina. Te quitas las botas cuando llegas a la habitación y las pones debajo de la calefacción para que se sequen más rápidamente. Los pantalones (mojados) y el jersey los dejas tirados encima de la silla de tu habitación y te diriges al baño donde te terminas de desvestir. Pones las manos sobre los muslos y los notas fríos. No es normal que el cuerpo esté más frío que las manos, así que rápidamente te metes en la ducha, esperas a que el agua salga caliente y cuando ya está lista te abandonas debajo del agua. Cierras los ojos mientras sientes que la piel se te pone de gallina y un escalofrío recorre tu cuerpo. Un minuto después abres los ojos y no eres capaz de ver con claridad más allá de la mampara del baño porque el vaho ha empañado el cristal. Pero realmente te da igual. Vuelves a cerrar los ojos. Total, ya te has abandonado al poder relajante del agua y nada puede estropearte el momento. Bueno, nada o casi nada, porque siempre llega el momento de cerrar el grifo y salir de la ducha.

Y lo hago, pero lo hago con tristeza porque se ha terminado mi gran momento de soledad. Me envuelvo en mi toalla y una sensación de bienestar que no he conocido en todo el día me invade todo el cuerpo. Por fin estoy en casa. Y por fin he entrado en calor.

3 comentarios:

Carlos dijo...

Has descrito perfectamente la sensación, me he sentido reflejado pero no tanto cuando llueve sino cuando vuelvo de una excursión al monte, que la ducha y ponerme ropa limpia es un placer.

Narayani dijo...

Ya, hace poco me pasó a mí. Subí a la sierra a hacer una rutilla con unos amigos (al montón de trigo) y estaba todo nevadíiiiiisimo. No conseguí entrar en calor hasta que llegué a casa y metí la cabeza debajo de las mantas... Y eso que me duché en casa de un amigo a media tarde. El momento de la ducha fue maravilloso, pero poco después volví a coger frío...

Narayani dijo...

No sé porqué tú comentario no me lo contabiliza el blog. Lo he visto a través del email, sino no sé cuándo lo habría visto...