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domingo, 12 de diciembre de 2010

Egipto Mágico - Día 7

Día 7, jueves 18 de noviembre de 2010

Volvemos a madrugar por iniciativa propia. Esto empieza a convertirse en mala costumbre. Bajamos a desayunar pronto otra vez para poder ponernos las botas sin agobios. Hemos quedado con el taxista de anoche en la puerta de otro hotel así que tenemos que andar unos minutos antes de verle. Intentamos cerrar lo que nos parece un precio justo para él y para nosotros, pero él nos dice que es muy poco y nos dice que no. Le damos las gracias por haber venido y continuamos recto por la misma calle buscando otro taxi. Encontramos uno unos pasos más allá y cerramos a la primera el precio que le proponíamos al otro taxista, de lo que deducimos que el primero nos quería timar.

Hoy tenemos también un día completito. Empezamos por ir a la Ciudad de los Muertos. Sí, ya lo sé, con ese nombre nadie en su sano juicio querría ir, ¿verdad? Se trata de un barrio muy pobre, donde la gente que no tiene dinero ha "edificado" sus viviendas sobre un cementerio. Esto quiere decir que el suelo que pisan en sus casas son las tumbas de personas enterradas allí mucho tiempo atrás. Es un lugar curioso, pero no nos sentimos demasiado cómodos por lo que no nos quedamos demasiado.

Bueno, mejor empecemos por el principio. Nos metemos los seis en el coche (Mara y Silvia han decidido pasar el día entero con otro taxista por lo que hoy nos hemos separado) y cogemos rumbo a la Ciudad de los Muertos. De camino Fathi, el taxista, le dice a Potter que lea los comentarios que le han dejado otros usuarios españoles en un cuaderno y no le deja que pare de leer. Cada vez que termina un comentario le dice: "Más, más". Y Potter sigue leyendo.

Como he dicho hace un momento la Ciudad de los Muertos no nos gusta demasiado y salimos bastante rápido en dirección a la Ciudadela. Fathi nos ha estado amenizando el viaje casi todo el tiempo, pero ahora se pone bastante borde porque quiere que le paguemos antes de llegar porque piensa que no le vamos a pagar. Quedamos en que cuando pare el coche le dejaremos el dinero en el asiento (para que no le pille la policia llevando gente porque realmente él no tiene un taxi, sino un coche particular).

Para entrar en la Ciudadela hay que pagar y pasar por un control. El edificio más impresionante de todos los que encontramos dentro es la Mezquita de Alabastro donde tenemos que desacalzarnos para poder entrar. Hoy está un poco nublado y la temperatura es la ideal para estar al aire libre. Dentro de la mezquita también se está muy bien. Damos una vuelta por el patio, por el interior de la mezquita y volvemos a salir después de haber hecho algunas fotos. Una vez fuera nos acercamos a un mirador desde donde se ve El Cairo en todo su esplendor. Es una imagen que merece la pena. Edificios, mezquitas, carreteras... y todo, absolutamente del mismo color. No parece que exista otro color que no sea el arena. Bueno, para ampliar un poco el abanico diré que El Cairo visto desde la Ciudadela presenta colores que van de la gama de los grises a la gama de los arena. Impresionante también lo grande que es; entre el polvo que hay procedente del desierto, y la polución de los coches no conseguimos ver dónde acaba.

Paseamos por la Ciudadela un rato más y nos encontramos con gente que otra vez quiere hacerse fotos con nosotros. Sandra y Potter se dan un pico en un acto instintivo y los niños y niñas se quedan tan alucinados que un policia se acerca para echarles de allí y regañarles. Otros niños se nos acercan poco después para hablar con nosotras y otros policias les echan de allí a gritos. Cogen a uno del brazo y se lo llevan casi a rastras para que no nos molesten. Nos quedamos un poco alucinadas porque no estaban haciendo nada malo. Sólo querían hacerse una foto.

Salimos de la Ciudadela para visitar el barrio islámico. Nos han recomendado que bajemos en coche, pero nosotros preferimos ir andando. Bajamos por la muralla que rodea la Ciudadela y llegamos a la primera de las mezquitas. A estas alturas del día y del viaje las fuerzas empiezan a flojear y estamos todos bastante cansados. Encontramos la calle que nos va a subir hasta el barrio islámico y la cogemos sin dudarlo un momento. Es, para que os hagáis una idea, una calle que si la encontráramos en alguna ciudad de España decidiríamos, sin lugar a dudas, rodear la ciudad entera antes que atravesarla. Al principio encontramos una especie de parque de atracciones para niños pequeños con bastante gente, pero al poco de empezar a subir nos encontramos con que somos los únicos que vamos por la calle. En un momento dado pasamos por delante de un grupo de hombres que están sentados en la calle, hablando y fumando en cachimba. Cuando pasamos por delante escuchamos que nos dicen algo pero todos les ignoramos y seguimos con nuestro camino calle arriba. Lo cierto es que, a pesar de que el trato de la gente hasta el momento ha sido increíble y no hemos tenido problemas de ningún tipo con nadie, nos mostramos muy desconfiados ante ellos. Nos damos cuenta de que estamos perdidos, además de agotados y decidimos volver sobre nuestros pasos para buscar el camino desde abajo del todo. Volvemos sobre nuestros pasos y volvemos a pasar por delante del grupo de hombres que vuelven a decirnos cosas. Volvemos a pasar de ellos sin apenas mirarles. Estamos perdidos y tengo la sensación de que el hombre que está hablando con nosotros quiere contarnos algo que nos interesa. Doy el alto y les digo que porqué no preguntamos al hombre. Me acerco a él y le pregunto por las mezquitas, y con una sonrisa me dice que sí, que sabe por dónde tenemos que ir. No es ni hacia arriba ni hacia abajo. Tenemos que coger la calle que gira justo donde están ellos. Cuando ya estamos los seis alrededor del hombre les pregunta a los niños cuántos camellos quieren por mí. Yo declino la oferta con una sonrisa y comienzo a andar para no darle oportunidad a mis cuñados de regatear con el hombre. Si me descuido me quedo allí a cambio de unos pocos camellos.

Seguimos cansados y de bajón, pero por lo menos estamos en la calle que tenemos que estar. Compramos unas coca colas y algo de agua para tratar de animarnos un poco y lo cierto es que es un gran acierto. Al poco de reponer líquidos nos encontramos todos mucho mejor. Vemos varias mezquitas a lo largo de toda la calle, pero después de un rato estamos ya deseando llegar a algún lugar donde haya algo más de civilización y, sobre todo, algo diferente que ver. Ya hemos visto muchas mezquitas por hoy. Andamos pensando que ojalá nos encontremos con un McDonalds de camino, pero no tenemos suerte.

Después de un buen rato en el barrio islámico salimos a una gran calle donde nos encontramos con todos los turistas (en todo el tiempo que ha durado la bajada por el barrio islámico sólo nos hemos cruzado con dos occidentales). Cruzamos para ver la entrada al mercado y decidimos entrar en una última mezquita antes de buscar un sitio para comer. En ésta nos hacen cubrirnos los hombros, los brazos y la cabeza a todas las mujeres. Sandra entra envuelta en miles de pañuelos y con un cabreo creciente, para evitar que le pongan una túnica de las que tienen allí a saber desde cuándo.

Cuando salimos entramos al bazar para comer. Nos sentamos en una terraza que no tiene muy mala pinta pero justo cuando estamos mirando la carta una española que estaba sentada al lado y que ha tomado algo ahí nos dice que si estamos a tiempo nos vayamos a otro sitio. Nos levantamos con las mismas y nos vamos a buscar otro lugar. Paseamos por el mercado arriba y abajo y al final encontramos un sitio que parece estar bien para comer. Es ya un poco tarde y la señorita que nos tiene que dar mesa nos dice que imposible, que tardará horas en darnos una. Cogemos una nosotros mismos a los dos minutos de estar allí y no parece que le siente muy bien a la mujer. Comemos con unos batidos de frutas (error que cometemos sin darnos cuenta porque muchas veces los mezclan con agua) y sobre todo, descansamos. No veíamos el momento de poder sentarnos y abandonarnos en un sillón, silla o lo que fuera. Es un descanso muy merecido el de hoy. Comemos tranquilamente.

Salimos del restaurante y vamos al final del recinto del mercado. Seguimos yendo por sitios por los que no pasa casi ningún occidental y la gente nos mira con la misma curiosidad con que les miramos nosotros a ellos. Vamos por calles que en España no consideraríamos tales y nos damos cuenta todos, sin necesidad de comentarlo con los demás, de lo afortunados que somos de tener lo que tenemos y de vivir como vivimos. La situación de la gente que vemos es muy precaria y los lugares que ellos llaman su hogar no pasarían ninguna inspección de sanidad e higiene en España.

En el vídeo que pongo a continuación se pueden ver algunas calles por las que pasamos.

Una vez terminado nuestro paseo llegamos ¡por fin! al mercado. Damos vueltas arriba y abajo admirando todo lo que venden. Lo cierto es que me gusta todo lo que veo, pero no hay nada tan tan llamativo como para comprarlo para mí o para hacer algún regalo, así que paso la tarde mirando escaparates y tenderetes como si fuera un niño pequeño en cortylandia pero sin gastar un sólo céntimo. Sin embargo, aunque sé que no voy a consumir, me resisto a marcharme y voy calle arriba y calle abajo varias veces. Me habría quedado en este sitio sin pensarlo. Me encanta el ambiente, la gente, los colores de las tiendas, los productos. En definitiva, me encanta el mercado.


Volvemos al restaurante por la tarde para merendar un batido y fumar en cachimba. Cuando salimos volvemos a cotillear por el mercado, pero ya nos hemos decidido a salir y vamos directos a la salida para buscar un taxi. Intentamos parar una cafetera para ir los seis juntos, pero no lo conseguimos así que cogemos dos taxis otra vez. Como vamos a ir a cenar a un restaurante que está en la calle del hotel Le Meridien le decimos a los dos taxistas que nos dejen allí. Cuando salimos del coche y pagamos a los taxistas lo que habíamos acordado, aparece el taxista de ayer, el que nos llevó a las pirámides por la noche y que después desapareció como por arte de magia. Viene preguntando si le recordamos y nos dice que se puso malo y se tuvo que ir. No sabemos si es verdad o mentira y se fue a llevar a otros que le pagaban más que nosotros, pero lo justo es que paguemos el viaje que hicimos con él y le damos el dinero.

Vamos andando hasta el restaurante que está a solo unos minutos y nos sentamos a cenar. Hay, dentro del restaurante, un par de gatos paseándose por debajo de las mesas. Después de un par de minutos tenemos la certeza de que tienen alguna pulga o cualquier otro bicho que nos pueda picar porque Javi y yo comenzamos a sentir fuertes picores en las piernas. Los demás no sienten nada porque llevan pantalón largo, pero Javi y yo nos ponemos a rabiar con los picores. Me salen distintos granitos que cada vez me pican más. Cenamos más o menos bien, pero Javi y yo estamos deseando salir de allí cuanto antes.

Cuando llegamos al hotel le dejamos una nota a Mara y a Silvia en la puerta diciendo que mañana nos iremos a las 8:00 a las pirámides por si quieren venir con nosotras. Pensábamos que las veríamos por la noche, pero cuando llegamos al hotel ellas aún no han llegado.

Es nuestra última noche en Egipto y sentimos cierta pena. Está siendo un viaje increible hasta el momento y no queremos que termine a pesar del cansancio. Mañana repetiremos con las pirámides y después pondremos punto y final al viaje tirándonos a tomar el sol en la piscina y no haciendo nada. Así cogeremos el avión relajaditos. Pero eso será mañana.

La foto de la izquierda es la vista que tenemos Santi y yo desde nuestra habitación. Todos los días me he asomado para ver las pirámides por la mañana y por la noche, sólo por comprobar que seguían ahí. Hoy es la última vez que las veré desde la habitación de noche y me da penita...

2 comentarios:

la emperatriz de lavapiés dijo...

He disfrutado mucho con tu cuaderno de viaje, también me da pena que se termine ya :)

Narayani dijo...

Aún queda una entrada más sobre Egipto. La del último día. Digamos que la de propinilla :-)
Besossss