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sábado, 30 de julio de 2011

Roma - Día 2 (parte I)

Viernes, 15 de julio de 2011

Tiene pinta de que hoy vamos a dormir bien. Tiene pinta de que hoy vamos a dormir bien. ¡JA!

¡Qué ingenua fui cuando dije que parecía que íbamos a dormir bien esta noche! Hemos pasado una noche épica en la que cuando no estaban gritando abajo, estaban riendo; y cuando no estaban riendo, estaban cantando. En cuanto cerramos los ojos empezamos a sentir la sensación de cansancio en todo el cuerpo. Sí, justo esa que te empieza a subir –o a bajar- un hormigueo por las piernas y los pies y piensas: “Dios, estoy molida”, pero que en el fondo siempre piensas que te ayudará a dormir mejor esa noche. Pues bien, ni me ayudó a dormir, ni me ayudó a no oír lo que pasaba en la calle. Una de las veces que pasaba gente por debajo de nuestra ventana, que fue un canteo, por cierto, noté como Ana se levantaba de la cama. Me giré y me la encontré con la ventana abierta de par en par mirando para la calle y diciendo cosas como “No me lo puedo creer” y “¿Cómo pueden hacer tanto ruido?”. No sé cómo, volvimos a quedarnos dormidas, aunque seguimos escuchando la gente pasar. A las siete de la mañana me levanté yo también a mirar quién hacía tanto ruido, y vi a un grupo de gente bajar por la calle, riendo, gritando y casi bailando. Creo que me he vuelto a quedar dormida un rato más hasta que hemos decidido levantarnos.

Hoy tenemos pensado ir al Vaticano, pero antes de eso hay que hacer uso del servicio de desayuno que ofrece el hostal. Salimos al descansillo y ahí, apoyada en la pared, vemos una tabla que hace las veces de mesa, llena de cosas. Tenemos zumo, café, agua caliente, infusiones, leche, bollos, panecillos tostados y mermelada. A mí el café no me gusta. De hecho no lo tomo nunca, y mucho menos para desayunar, pero cuando no hay cola cao, nesquik, cacao o similar, tengo que conformarme con lo que haya porque si algo no puedo hacer es salir a la calle sin desayunar. Así que con las mismas cogemos las cosas y nos metemos en la habitación. Allí comemos tranquilas antes de salir a la calle.

Ayer nos dijeron que para ir al Vaticano hay que coger el autobús nº 19. Bajamos a la parada, que está a un minuto andando y le preguntamos a un chico dónde podemos comprar los billetes (Ana me cuenta que en su anterior viaje se coló en el autobús. Según parece es una práctica bastante común entre los turistas porque no puedes abonarle el importe al conductor en el momento. Tienes que comprarlo fuera antes de subir y claro, si esto no te lo cuentan antes de ir, cuando te quieres dar cuenta estás dentro del bus de camino a donde sea y sin haber pagado un euro. ¡OJO! Esto puede ser divertido en plan: “Jaja, nos hemos colado”, pero es bastante peligroso porque han reforzado los controles y la multa es de 100€ (no sé vosotros, pero yo creo que es como para pensárselo) Según descubrimos días después puedes comprar los billetes sencillos en el metro o en tiendas y utilizarlo cuando quieras. Nosotras calculamos los viajes que íbamos a hacer y compramos los billetes de antemano). Una vez comprados los billetes nos vamos a hacer cola a la parada. Cuando llega el 19 nos enteramos de que no es un bus, sino que es un tranvía. Montamos y nos sentamos sabiendo que tenemos un largo camino hasta nuestro destino.

Casi una hora después llegamos a la ciudad del Vaticano. Justo antes de salir de Madrid compramos las entradas para los museos porque queríamos ahorrarnos las colas que se forman para entrar, así que como lo habíamos cogido a las 15:00 horas pensamos que sería buena idea visitar primero la basílica y la cúpula. Para entrar tenemos que esperar una cola como de unos diez o quince minutos (avanza bastante rápido) para el primer control. En esta cola se nos intentan colar un padre con su hijo, pero la familia que llevamos detrás es rápida de reflejos y les dicen que tienen que hacer la cola como todo el mundo. Tenemos que pasar por unos arcos de seguridad y meter las mochilas en la cinta para que lo inspeccionen los rayos x o lo que sea eso. Una vez pasamos ese control llegamos al segundo, donde si no vas vestido para la ocasión no te dejan pasar. A estas alturas creo que todo el mundo sabe ya que no se puede entrar al Vaticano en pantalón corto ni en tirantes. Camiseta de manga corta sí dejan.

Pues bien, aún así, hay gente que después de hacer la cola tienen que darse la vuelta y volver por donde ha venido por no cumplir los requisitos (por cierto, aquí hago un alto para preguntar: ¿Quién en su sano juicio se viste igual para salir de fiesta que para hacer turismo? Y, ¿quién se viste igual para salir de fiesta que para ir al VATICANO? Vamos a ver señoritas y señoritos, que vamos a visitar un lugar de culto, no a pedir tres mojitos en la barra del fondo).

Antes de salir de Madrid mi jefa me pidió que le comprara un rosario a su abuela y ya he estado mirando en la puerta antes de entrar. Cuando comenzamos a hacer la cola para subir a la cúpula vemos que hay tienda de regalos en el recinto y le digo a Ana que luego tenemos que volver para comprar el encargo. Comenzamos a hacer la cola y parece que no avanzamos nada. Nos movemos muy lentamente y no sabemos cuánto tiempo más nos falta para llegar a la entrada y comprar el ticket. Después de casi una hora de cola decidimos dejarla y marcharnos a ver la basílica. Habrá que volver otro día.

Entramos a ver la basílica. Lo más impresionante es La Piedad de Miguel Ángel y el Baldaquino de Bernini. Paseamos durante un rato y nos hacemos fotos (con el baldaquino más de quince seguro) y después salimos para ir a los museos.

De camino a los museos vaticanos nos damos cuenta de que ya sabemos cuál va a ser el plus de pardillos de este viaje (siempre tenemos uno y consiste en pagar por algo que al final no habría hecho falta pagar) y es que a las 15:00 ya no hay nadie que quiera hacer cola para entrar en los museos. Aunque bueno, tampoco es para quejarse porque hemos pagado 4€ de más para asegurarnos entrar directamente y en realidad es lo que hacemos.

Lo primero que hacemos es ir a buscar la cafetería para comer algo. Mucha hambre no tenemos, pero una vez que nos metamos en el museo no sabemos cuánto vamos a tardar en salir. Comemos unos bocadillos de pavo con queso al que no le habría venido muy mal un poco de mantequilla, y cogemos una pepsi para beber algo fresco. En total pagamos menos de 10€ por la comida. A lo largo de todos los pasillos nos encontramos con tiendas de souvenirs, así que al final me decido por uno de los rosarios que veo y lo compro para la abuela de mi jefa. Creo que es el único souvenir que voy a comprar.

La verdad es que estamos muy cansadas, pero nos ponemos en marcha de nuevo para ir a ver la capilla Sixtina. He de decir que no me lo esperaba así para nada. Había visto fotos, sí, pero me imaginaba algo así como una exposición de cuadros del estilo a lo que tenemos en el Prado, y la verdad es que no era así. Pasas por distintas salas en las que hay pinturas, esculturas, tapices… Seamos francos: la mayoría de gente paga por ver la capilla Sixtina únicamente. Yo, al menos, pagué sólo por ver la capilla Sixtina. Por lo demás no habría pagado nada. De hecho creo que no volvería a pasar por allí aunque fuera gratis. Y no porque no merezca la pena, ¿eh? Jamás se me ocurriría decir algo así, es sólo que no entiendo nada de arte y enseguida me aburro. Eso sí, lo recomiendo y mucho a alguien a quien le guste el arte de cualquier tipo (escultura, pintura, frescos…) yo nunca he sido mucho de estudiar a los distintos artistas, y tampoco soy creyente, así que ver imágenes de santos, vírgenes y demás me parece bien para un rato, pero no para toda una tarde.

Llegamos a la capilla que está abarrotada de gente. Conseguimos sentarnos en uno de los laterales y nos quedamos embobadas durante un buen rato mirando al techo. Justo al lado de Ana hay un chico que al principio no sabemos si está entrando en éxtasis: la boca abierta, los ojos entornados y con la presencia de espíritu perdida. Poco después nos damos cuenta de que el pobre está luchando (con todas sus fuerzas) para no quedarse dormido. Se le cierran los ojillos y cuando se da cuenta de que se ha dormido los abre de par en par con cara de susto hasta que un momento después se le vuelven a cerrar los párpados y vuelve a caer en brazos de Morfeo. El pobre lo pasa realmente mal durante varios minutos.

Nos quedamos un rato más mirando al techo y a la pared donde M.A. pintó el Juicio Final y después continuamos. Después de un par de horas Ana me propone volver a la cúpula para probar suerte con la cola. Recordamos haber leído que cierra a las 18:00 así que nos damos prisa para llegar antes de esa hora.

Llegamos a las 17:30 y vemos que aún está abierto. Compramos nuestros tickets en el acto (creo que no llega a un minuto de cola) y comenzamos a subir. Aquí os diré que la subida mola mucho, pero que no es apta para claustrofóbicos, sobre todo la segunda parte. La primera se puede subir a pie o en ascensor. La segunda sólo andando. Nosotras hacemos todo andando que, si no recuerdo mal, son algo así como 550 escalones. La verdad es que hemos acertado mucho con la elección de salir de la cola por la mañana porque a parte de que no hay cola a las 17:30, podemos subir sin agobios y sin presión por parte de la gente. Subimos prácticamente solas.

El primer tramo de escaleras es ancho y se sube sin mucha dificultad. Después sales al aire libre y te encuentras con la gente que sube en ascensor. A partir de ahí se sube más o menos bien hasta que llegas a la cúpula que ves que la pared empieza a inclinarse un poco. Después un tramo un poco más ancho (en la foto donde sale Ana se ve más o menos bien) se sube en zigzag.



El último tramo de escaleras es una escalera de caracol muy muy estrecha en la que sólo tienes una cuerda colgada arriba del todo para que te puedas sujetar en algún lado. Esa cuerda hace más función psicológica que otra cosa. Eso sí, es una vuelta y media así que llegas enseguida arriba del todo.

A la bajada vemos el cartel de escaleras a un lado y ascensor a otro y nos sentimos tentadas de colarnos en el ascensor. A esta hora no creemos que nos digan nada, pero al final nos lo pensamos mejor y bajamos andando.


Nosotras fuimos por el camino de la izquierda.

Ya en la calle nos hacemos algunas fotos en las columnatas y en la plaza.













Fotos en la que Ana parece que tenga un cuello kilométrico y yo no tenga ni dos centímetros para sujetar mi cabeza.

A eso de las 18:30 cogemos el tranvía de vuelta a casa. Nuestra idea es ir a ducharnos, descansar un rato y después volver a salir para ver los monumentos iluminados. A ver si lo conseguimos…


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