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domingo, 14 de agosto de 2011

Roma - Día 5

Lunes, 18 de julio de 2011

Hoy es el último día en Roma así que tenemos que hacer las maletas antes de salir a la excursión del día. Se notan los días que hemos estado pateando la ciudad y el cansancio acumulado en nuestros cuerpecitos serranos. Ana me dejará esta noche en casa y se irá a la suya a dormir, así que hacemos la (única) maleta de la forma más práctica posible. Es decir atando todas mis posesiones con un cinturón para solo tener que tirar de ellas cuando lleguemos a casa y no entretenernos mucho en separar la ropa de una y otra. De hecho esto se le ocurrió a Ana al hacer la maleta en su casa y quedó tan contenta con el resultado que empaquetamos mis cosas de la misma forma. Es un buen sistema para que la ropa no se mueva y llegue arrugada a su destino.

Bajamos la maleta y la dejamos detrás de un biombo (la consigna) y nos vamos a la zona del Coliseo. Cuando llegamos notamos que hay menos gente que ayer, pero aún así hay mínimo 1 hora de cola en cada sitio. Nosotras, como ya tenemos las entradas, cogemos la vía rápida y hacemos nuestra entrada triunfal en menos de dos minutos. Estoy tan feliz de haberme evitado la cola que no puedo evitar levantar los brazos como si fuera a poner banderillas y entonar el típico “tiri tiri tiri” de Mauricio Colmenero.

Decidimos subir del todo para que el primer vistazo que echemos sea desde lo alto y se pueda abarcar todo, sin embargo lo que yo pensaba que iba a ser algo espectacular y digno de recordar para siempre me resulta un espectáculo más bien normalito. Mucha gente por todos lados y piedras rotas. No sé si es porque vengo agobiada ya con ver tanta gente en los sitios turísticos o que realmente es más la fama que tiene que otra cosa, pero no es para nada como yo me había imaginado. Me decepciona bastante. Una pena. Pensaba que sería más impresionante. Damos una vuelta y conseguimos sacarnos algunas fotos sin que aparezca más gente detrás.


Mientras estamos dentro nos encontramos con uno de los chicos mexicanos de ayer. El hermano mayor. Según parece ayer discutieron y después de un mes juntos han decidido separarse durante el día de hoy para descansar el uno del otro. Están a punto de volver a México pero un mes sólo con una persona también tiene que cansar.

Nos comemos la fruta sentadas en una piedra y después de un rato nos vamos a la calle.

Aún nos falta por ver el Palatino, que según me he informado son más piedras rotas. ¡Ay! ¡Cómo siento no entender de arte para explicar un poco más y dar una opinión un poco más concreta de lo que veo en lugar de tanta opinión personal! Se nos ocurre la idea de ir a comprar un helado antes de entrar al Palatino. Hoy es el día de más calor y se nota. Buscamos una heladería y nos comemos el helado caminando por la calle. El mío es de pistacho y está súper rico. ¡Hasta tiene pistachos enteros dentro! Y ¿sabéis que es lo mejor? ¡Que por la tarde tengo permiso para comer otro helado! (recordad que el segundo día no comimos ninguno y lo teníamos pendiente) El helado se derrite bastante rápido y se me cae un poco encima de la mochila. Ahora tengo una bonita mancha oscura en la mochila naranja.

Entramos al Palatino después de pelearnos con el guía de un grupo. Damos vueltas y vueltas y llega un momento que ya no podemos más. Andamos por inercia. Estamos derrotadas.


Hace mucho calor, hay mucho polvo y las ruinas no nos motivan nada, así que nos vamos fuera. Justo antes de salir nos volvemos a encontrar con el mexicano. Nos despedimos y nos vamos a la calle a buscar el 3. Resulta que la parada que buscábamos el otro día y que no conseguimos encontrar estaba al lado del Coliseo y el otro día anduvimos ni se sabe el tiempo. El autobús va lleno de gente y no podemos sentarnos. Un rollo.

Llegamos a nuestro barrio y nos vamos directamente a la pizzería del otro día. Queremos pizza al peso. Yo quiero innovar y pido las dos primeras que veo con buena pinta. Hemos cogido la misma mesa del otro día y comemos casi en silencio. Después de la paliza de los últimos días estamos derrotadas y no tenemos ganas de nada más que de comer y beber. Después de comer buscamos una heladería y nos sentamos otro rato. El segundo helado del día está rico también pero no supera el de pistacho. La chica de la heladería no es demasiado agradable. La verdad es que me da mucha rabia que la gente que trabaja de cara al público sea borde, pero bueno, quiero creer que se ha puesto nerviosa al ver que éramos extranjeras y que ha optado por no hablar para no meter la pata.

Aún nos queda un buen rato para salir hacia el aeropuerto, así que decidimos ir a un parque cercano a tumbarnos un rato en un banco, pero no somos las únicas en pensarlo porque cuando llegamos no hay ninguno libre en la sombra. Lo único que vemos es un banco entre sol y sombra con una tabla rota. Nos sentamos en él y le digo a Ana que se tumbe un rato (asi podrá dormir los 15 minutitos que le hace falta dormir para volver a ser persona) mientras yo leo.

Después de una acelerada salida del parque después de que una loca se haya puesto a gritarle a alguien por teléfono (estaba histérica) nos acercamos al hostal para coger la maleta y marchar hacia el aeropuerto. Nos cambiamos de ropa, nos refrescamos un rato y salimos a buscar el 71. Le preguntamos a una chica dónde está la parada. Es una chica muy curiosa con rastas y muy amable. Lo primero que hace es disculparse por no contestarnos en nuestro idioma, pero dice que no habla español. Nos indica en italiano y con señas que tenemos que seguir recto y después girar a la izquierda. Cuando reemprendemos camino le digo a Ana que no me ha quedado claro si teníamos que girar en la primera calle o en la segunda. Ella tampoco se ha enterado. Hacemos amago de girar en la primera calle. Miro hacia atrás y veo a la chica haciendo gestos desde lejos. "Esa no, esa no. La siguente." Le doy las gracias con la mano y seguimos.

En el autobús se sienta Ana pero yo me quedo de pie para poder sujetar la maleta. Llegamos a la estación de tren y cuando vamos a comprar el billete aparece una chica con varios billetes para que le compremos. Dice que los ha comprado por la mañana pero que ahora no le hace falta porque la van a llevar en coche. Como no le devuelven el dinero en la taquilla ha decidido revenderlos ella misma. Ana y yo sospechamos, por eso de que el ser humano es desconfiado por naturaleza, y comentamos la jugada. "¿Qué hacemos?" La chica se da cuenta de que hablamos español y cambia a nuestro idioma (que también parece ser el suyo) Al final accedemos y le compramos los dos billetes. Una vez en el tren cada una se dedica a sus pensamientos y a descansar aprovechando el fresquito que hace en el vagón.

Llegamos al aeropuerto y nos vamos a la cola para facturar las maletas. Ya tenemos las tarjetas de embarque así que nos metemos en la cola pequeña (después de hacer cola durante un rato en la otra cola) Durante un buen rato dos hermanas pequeñas nos entretienen con sus monerías. Tenemos delante a una pareja que lleva algo así como 5 ó 6 maletas. Obviamente llevan sobrepeso y parece que la chica del mostrador no sabe cómo proceder. De verdad no exagero si digo que estamos media hora antes de que la cola se empiece a moverse de nuevo. Hablamos con una señora argentina durante un rato. Cuando por fin facturamos y pasamos el control de policía casi no nos queda tiempo de mirar tiendas dentro. Ana está cansada y se va directamente a la puerta de embarque. Yo prefiero dar una vuelta por las tiendas antes de ir a la puerta pero me reúno con ella enseguida. La gente se está empezando a poner nerviosa porque no nos llaman para embarcar y se están colocando en la cola que nos han dicho en facturación, pero que pone que tiene otro destino. La estupidad humana muchas veces no tiene límites y en esta cola se está demostrando una vez tras otra. Al final nos cambian de puerta y por fin podemos entrar. Según pasamos vamos cayendo en una cuesta abajo en una especie de invernadero donde no hay aire acondicionado y donde nos ponemos a sudar todos como cerdos.

Una vez sentadas en el avión sentimos las vacaciones terminadas. Leemos juntas el cuaderno que he ido escribiendo estos días para poder escribir después aquí, en el blog. Vamos recordando anécdotas y así damos por terminado el viaje a Roma.

Un poco antes de llegar a Madrid me pongo a hacerle mimos a Ana y el chico que está al otro lado del pasillo nos mira con cara entre extrañado y curioso. Como me doy cuenta de que piensa que somos pareja le sigo haciendo mimos a Ana. Cuando salimos del avión y le adelantamos de camino a la recogida de maletas cojo a Ana de la mano. A nosotras nos hace mucha gracia confundir al chico y él se queda sin saber si somos o no pareja.

Ya estamos en Madrid. Tenemos nuestra maleta y nos vamos a dormir a casa, que ya va siendo hora de ir a descansar.

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