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viernes, 5 de enero de 2018

Le pido a 2018...

Muchas veces aseguramos haber tenido un año de mierda, pero si miramos en todo lo que queda atrás estoy segura de que también se esconden cosas buenas, momentos especiales que se han colado en ese año catastrófico. Lo mismo, pero al revés, ocurre cuando decimos que hemos tenido un año maravilloso; alguna mala experiencia o algún mal momento se habrá colado en ese año de dicha.

Y es que la vida, y los años, están hechos de momentos. Unos nos gustarán más que otros, eso está claro, pero si somos listos podremos aprender de todos ellos.

En 2017 han pasado muchas cosas en mi vida, pero la más importante fue que casi perdemos a Iker por culpa de una bacteria. Sinceramente no sé cómo de cerca estuvo, y a estas alturas poco me interesa ya saberlo, pero lo que sí sé es que durante varias semanas lo único que importaba era él. Partes médicos cada pocas horas para ver la evolución, hundirnos con las malas noticias y animarnos con las buenas. Por suerte todo quedó en un mal sueño y se recuperó muy rápido para lo que podía haber sido, pero nos enseñó -y aprendimos- la verdadera importancia de las cosas.

"Gracias" a lo que pasó me di cuenta de la gente tan maravillosa que me rodea en el trabajo, por ejemplo. Ya sospechaba que eran así, pero me lo confirmaron una y otra vez. No podía ir de mi sitio al baño sin que varias personas me parasen para preguntarme por él. Incluso gente con la que nunca había hablado más de dos frases seguidas. También aprendimos que los niños no son tontos, son niños, sí, y como tales pueden pecar de inocentes, pero os aseguro que nunca, nunca, lo harán de ignorantes. Las lecciones que Víctor (de 3 años) nos dio esos días también fueron para enmarcar. Y eso sin contar con el propio Iker, que nos enseñó que tener miedo también es de valientes, y que no hace falta llevar capa y antifaz para ser un superhéroe.

Sin embargo no puedo asegurar que el año haya sido malo, porque también han pasado cosas buenas: pude ver en concierto a Ed Sheeran (de ahora en adelante, mi pelirrojo) y me encantó. Viajé a Canadá, que llevaba tiempo queriendo ir, y aluciné con los paisajes. Vi un oso negro y estuve tan cerca (sí, lo sé, imprudencia por mi parte) que casi podría haberme subido encima. Puse la cocina en mi casa y me compré un sillón tan grande que me puedo tumbar sin tocar los reposabrazos ni con la cabeza ni con los pies. Tuvimos la primera edición del fin de semana de hermanas en una casa rural con spa, y pusimos en marcha la segunda edición cuando compramos entradas para ver a mi pelirrojo en mayo del año que viene en Irlanda. Tenemos las entradas desde julio (¡Toma ya!) Y lo mejor de todo es que he podido achuchar a Iker y a Víctor todo lo que he querido y más. Hasta estrujarles. Hasta que han "suplicado" por su libertad. Hasta que me han obligado a soltarles para después volver a por mí, para que vuelva a atraparles en un abrazo de osa, porque a ellos también les gustan los abrazos, y también les gusta sentirse protegidos sin saber, niños inocentes, que son ellos los que me protegen a mí.

Así que, si puedo pedir algo a 2018, pido que no nos dé más sustos, y que, aunque sé que inevitablemente nos tendrá que dejar algún mal rato, nos deje, sobre todo, buenos momentos.


1 comentario:

Elena M dijo...
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