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viernes, 1 de agosto de 2008

Salvando caracoles

Desde hace unos meses mis padres y mi tía han vuelto al pueblo para plantar, cuidar y mimar el huerto que pusieron en marcha el año pasado. Mi madre suele venir cabreada con mi padre porque mientras ella y mi tía están dándole un repaso a la huerta y poniéndola a punto mi padre se dedica a buscar y cazar caracoles. Eso sí, no se le escapa ni uno.

Todos coincidimos en que no pueden estar en el huerto porque arrasan con todo lo que hay plantado, pero la inciativa de mi padre de guardarlos para después cocinarlos en casa sólo le atrae a él.

Tres veces ha traido caracoles en lo que va de verano, y sólo una conseguí salvarlos y devolverlos a algo parecido a su habitat natural. Los llevé al jardín que está detrás de mi edificio. Qué feliz me sentí cuando los vi alli, libres de la cazuela y comiendo un poco de lechuga que les había bajado. Luego me dio por pensar que si les iba bien a esos pobres caracoles era muy posible que se empezaran a reproducir y arrasaran el jardín entero. No dormí durante dos noches. No me he atrevido a volve al lugar donde los liberé por si está todo destruido y me ve alguien merodear por allí con cara de culpable.

Si yo fuera mi padre dejaría de traer caracoles a casa. Aunque sólo fuera por no escucharnos todo el día diciendo "pobre caracoles", "ellos nunca lo harían" y cosas por el estilo.

Yo pensé que la gente me entendería en mi lucha contra mi padre y su interés en comerse los caracoles, que era una causa justa "luchar" por los pobres bichos...

El primer día nada más llegar al trabajo le dije a mi compañero:
- Mi padre ha traido caracoles a casa
A lo que él me contestó:
- ¿Ah sí? ¿Y cómo los ha cocinado?

Eso me pasa por desahogarme con un cocinero.