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martes, 18 de mayo de 2010

Sólo quiero escribir

Hay veces que sientes la necesidad de escribir algo aún sin saber de qué quieres hablar. Y eso, como ya habréis adivinado, es lo que me pasa en estos momentos. Me pasan pocas cosas por la cabeza a estas horas de la noche, lo cual no sería un problema si pudiera ponerlas por escrito. Si no fuese porque son todas demasiado personales como para ponerlas a la vista de todo el mundo. Y no porque sean cosas importantes o trascendentales, sino más bien porque yo considero que nadie a parte de mí misma debe tener esa información. Normalmente en mi blog procuro poner cosas con sentido tanto para mí como para la gente que de vez en cuando se pasa por aquí a leerme. Mucho me temo que hoy sea el primer día que sólo tenga sentido para mí. Y de verdad que lo siento por los demás.

En estos momentos me siento igual que si alguien me hubiera contado un secreto y no pudiera contarlo. Soy buena guardando secretos así que no me costará darle forma al post sin contar gran cosa. Podría decirse que estoy guardando mi propio secreto.

Hace unos años tuve un desengaño amoroso bastante serio y lo único que me relajaba era escribir. Escribí durante horas, días, meses y todo para nada. Las cartas nunca llegaron al destinatario pero yo aún hoy, después de tanto tiempo, las leo y las releo y me pregunto si alguna vez tendré el valor de enseñárselas. Él sabe que están escritas y no hace falta ser un lince para imaginar el contenido de las mismas. Sin embargo por el momento no me he planteado entregárselas. Es curioso cómo leyendo muchas de estas cartas no entregadas pienso que es de lo mejor que he escrito, mientras por otro lado también pienso que es una pena que nadie más vaya a leerlo y disfrutar con mis "obras maestras". Hay veces que tenemos necesidad de contar las cosas, pero al mismo tiempo no queremos desvelarlas. Es por eso que nos andamos por las ramas y divagamos. Porque una vez que hemos terminado de contarlas nos sentimos mucho mejor aunque nuestro interlocutor (en este caso tú que me estás leyendo) no se haya enterado de nada. Nos ayuda a quitarnos un peso de encima. Y así es, precisamente, como me siento ahora mismo.

Yo hoy sólo quería escribir. Daba igual el qué. Y por lo que veo tú sólo querías leer. Daba igual el qué.

lunes, 17 de mayo de 2010

¿Lady Gaga? ¡Bah! ¡¡Estos muchachos mucho mejor que ella!!

BAD ROMANCE



El principio y el final son simplemente geniales. Si no podéis o no queréis verlo entero (sé que es pelín largo) no dejéis de ver estas dos partes.

domingo, 9 de mayo de 2010

¿Es ésta? ¿Eh, mamá... es esta parada?

Hay días que te levantas con el pie torcido por lo que sea y que parece que ya no habrá forma de mejorarlo; sin embargo sabes -y no te cabe ninguna duda de que será así- que cuando un día de estos se te cruza hay muchas maneras de conseguir que el cabreo y la mala leche vayan en aumento.

El elemento en cuestión del día de hoy se llama Alejandro, y me ha machacado la cabeza todo el atrayecto en metro desde Plaza (de) España hasta Plaza (de) Castilla con la pregunta: "Mamá, es esta parada ya, ¿verdad?" "Corre mamá. Ya se cerraron las puertas, ¿viste?" "¿Es esta parada?" "¿Es ésta ya?". La madre bastante harta del niño ya le ha gritado en un par de ocasiones diciéndole: "¡Basta Alejandro! ¡Ya basta! Yo te avisaré cuando lleguemos porque todavía faltan muchas paradas" El niño dice "vale", pero cuando el tren vuelve a parar en la siguiente estación pregunta: "Mamá, ¿ya es ésta?" "¿Cuánto falta?". A todo esto yo iba intentando leer un nuevo libro que, en un alarde de optimismo, compré en idioma inglés y ahora ya no sé si el protagonista estaba en un juicio o llegando a Plaza Castilla para entrar a declarar.

Aquí os dejo mis últimos pensamientos dedicados a Alejandro: tanta paz lleves como descanso dejas. Porque de verdad pocos niños más brasas que éste he conocido yo en mis (casi) 29 años.

Podría decirse que el día ha mejorado un poco cuando le he perdido de vista.

martes, 4 de mayo de 2010

Ejecutiva de traje y maletín

Para empezar con este post tengo que remontarme a muchos, muchos años atrás... Tan atrás que me remontaré a una época de mi infancia cuando era pequeña y casi no tenía uso de razón.

Flashback

Se llevaban mucho las películas en las que las mujeres empezaban a tener puestos de responsabilidad. La gente por los años 80 empezaba a asumir que el rol de la mujer en el puesto de trabajo iba más allá de redactar cartas, hacer fotocopias y servir cafés al jefe. Vi varias de estas películas sin entender gran cosa excepto que las mujeres trabajaban, vestían trajes de falda o pantalón y que se divertían después del trabajo. A mí me molaba verlas. Es más, quería ser como ellas.

Cuando fui un poco más mayor me di cuenta de que muchas de esas películas se basaban en mujeres relacionadas con la publicidad. Cómo molaba la publicidad también, ¿verdad? También quise ser como todas esas protagonistas de películas que trabajaban en el mundo de la publicidad.

Por esa misma época también veía Salvados por la campana -quizás más acorde con mi edad de entonces que las otras pelis-. Qué gran serie, ¿eh? La repitieron hasta la saciedad pero a mí me gustaba siempre. No me cansaba de verla. Recuerdo un capítulo en el que el padre de Zack Morris (que era un señor súper ocupado) iba a verle a su habitación y casi no tenía tiempo para hablar con él porque le llamaban todo el tiempo por su teléfono móvil (realmente el nombre le venía bien porque era móvil realmente; lo que no era, era pequeño) y pensé que también tendría que ser guay tener uno de esos. Si lo tenías seguro que era porque eras súper importante. Así que también quise ser súper importante y tener mi propio teléfono móvil.

Ya de vuelta al presente

Pues bien, volvemos al 2010 y vemos que lo que parecía tan lejano, (como que pudiéramos tener un teléfono pegado a la oreja en mitad de la calle), se ha convertido en algo muy natural. De hecho, cuando te encuentras con alguien que no posee uno de estos aparatos se convierte en "el raro" que no tiene teléfono. El otro día estaba en una librería de unos grandes almacenes y vi a un señor encorbatado, mirando los libros y hablando por teléfono. Era la hora de la comida y tenía pleno derecho a su hora de descanso.

- Vale, mejor mándame un email y en cuanto me llegue te contesto...

No escuché más de la conversación, pero me quedó muy claro que "por culpa" de los teléfonos de última generación que existen hoy día ese hombre estaría localizable siempre. Y me dio pena.

Sí, sentí pena por él y, como en el escondite, por mí y por todos mis compañeros también. Porque, ¿sabéis qué es lo peor? Que tanto molaban esas películas de mujeres trabajadoras vestidas con traje, tanto molaban esos teléfonos que sonaban en cualquier sitio sin que tuvieran que llevar cables y tanto molaba la publicidad en los años 80, que al final he terminado convirtiéndome en una de esas mujeres, utilizando uno de esos teléfonos y trabajando directa o indirectamente en publicidad y marketing. Y me encanta, que conste. No es que me importe llevar un telefono. Para nada. Lo que realmente me da miedo es que nos hemos convertido en seres completamente dependientes de estos aparatos, y que incluso en nuestras horas de comida, en los días de fiesta y cuando salimos del trabajo, nos preocupamos de mirarlo de vez en cuando en busca de un email que no sabemos si va a llegar o no. Esperando una buena noticia y temiendo una mala. Veo a la gente -no solo a mis conocidos, sino también a gente anónima- mirar los teléfonos cuando andan por la calle, mientras comen en un fast food o cuando están sentados en una terraza tomando algo a la salida del curro y eso no me mola tanto.

Tengo más o menos lo que quería de niña, aunque para ser sincera aún me faltan dos cosas: el apartamento en un edificio de Nueva York y el guapo de la película que conquiste mi corazón. De todos modos no me quejo y me gusta lo que tengo. ¿Podría ser mejor? Sí, está claro. Pero que conste que también podría ser peor.