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martes, 13 de julio de 2010

Caprichos

Un día, hace no mucho tiempo, entré en una conocida firma de joyas y me encapriché de un anillo de cristal bastante poco asequible para un bolsillo como el mío. No sabía cuándo, ni cuál (había muchos colores entre los que elegir) pero sabía que terminaría comprándomelo. Era caro; sí. Pero, ¡joder! nunca me doy ningún capricho así que lo decidí en el acto: me iba a comprar el anillo.

Sin embargo nunca llegué a realizar el desembolso porque lo recibí en forma de regalo por mi cumpleaños. Mejor para mí, ¿no? El color y la talla no coincidían con el que yo quería, pero el detalle me gustó.

El anillo es éste que veis a la izquierda. Puede que no se vea muy bien, pero es tarde y no tengo demasiada paciencia con la cámara últimamente.

Una vez que me vi con el anillo en casa me dije: "¿Y qué hago ahora con el capricho que me quería dar a mí misma?" Quería comprar un regalo de mí para mí (esta frase supongo que no tendrá mucho sentido si no eres fan del Emperador y sus locuras como yo) Había contado con gastar el dinero del anillo y decidí guardarlo para otro momento que me encaprichara de algo.

Lo que no sabía era que mi capricho tardaría tan poco en hacer acto de presencia.

Hace muchos años vi la película de Toy Story y me gustó. Me gustó mucho, de hecho. Alguna vez había pensado en comprarme los muñecos pero más bien lo pensaba como algo que nunca ocurriría...

... hasta hoy. Los vi el otro día a un precio rebajado y me dije: "¿Por qué no?" Y aquí los tengo ahora, que no sé qué hacer con ellos. No tengo un sitio donde ponerlos, y tampoco sé si quiero sacarlos de la caja o no. Es tontería no sacarlos, ya lo sé, pero tengo la duda.

En fin, que todo esto que estoy contando aquí es para presentaros a los dos nuevo inquilinos de mi habitación:

Buzz y Woody


Cuando he ido a pagar me ha dicho la cajera:

- Hay que ir preparándose para ver la tercera parte en el cine, ¿eh?

- Claro (esa soy yo)

- Luego podrá llevarse alguno de los muñecos al cine (Ha dado por hecho que estaba equipando a mi hijo para llevarle al cine, lo cual me hace plantearme varias cosas que no comentaré en este post)

- Ya (silencio) Bueno, en realidad son para mí...

Me ha mirado de golpe como si fuera la primera vez que me veía y me ha dicho algo así como que le parecía bien que fueran para mi. Acto seguido ha añadido:

- ¿No quieres llevarte también a Jessie? Ahora tenemos en la tienda, pero a veces es complicada de conseguir.

- Mmmm, pues por ahora no. No es un personaje que me guste demasiado. Por ahora tengo suficiente con estos dos.

- ¿No te gusta?

- No demasiado. La primera parte es la que en realidad me gusta. La segunda no está mal, pero...

- Ya. -me ha dicho. Acto seguido ha mirado a ambos lados y ha añadido. -Realmente la primera es mejor. Aunque también la tercera pinta bastante bien....

Hemos seguido hablando un rato mientras me cobraba

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- Mamá, ¿qué tal día estás teniendo?

- Bueno.

- ¿Seguro?

- ¿Por qué? ¿Qué has comprado?

Mi madre hace unos veinte minutos que se ha acostado y creo que todavía cree que es una broma.

jueves, 8 de julio de 2010

Una es igual a cinco

Barcelona, 16:30 aproximadamente y un calor y una humedad suficientes para hacer sudar a cactus. Entro en el metro con la intención de dirigirme a la última reunión del día antes de volver a Madrid, y me fijo en que sólo queda un minuto y unos segundos para que llegue el siguiente tren. Hago intención de sentarme cuando la veo, casi al fondo del andén y llamándome a gritos para que me acercara:

la máquina expendedora de bebidas.

Cuando llego a su altura y veo una única botella de agua me doy cuenta de lo realmente sedienta que estoy. Miro el precio (1,20€) y busco mi monedero. Saco una moneda de un euro y una de veinte céntimos. Seguramente tengo suficiente dinero suelto como para quitarme calderilla (imposible no acordarme de mi compañera Ana en estos momentos que siempre me hace pagar con céntimos en el súper para que no me llenen de chatarrilla) pero el tren está a punto de llegar y no tengo tiempo de buscar. Además, me estoy muriendo de sed.

Meto los veinte céntimos y los oigo caer de nuevo. Meto la moneda de un euro y la coge sin ningún problema.
Recojo la moneda de veinte céntimos y lo vuelvo a intentar.
Nada.
Lo vuelvo a intentar una vez más.
Nada.
Oigo el tren que se acerca a la estación mientras meto la moneda una tercera (o cuarta) vez.
Nada.
Decido olvidarme de la botella de agua y le doy al botón de devolución de moneda. Oigo como cae la moneda, y luego oigo caer otra y luego otra y otra... y así hasta cinco. Cinco monedas de veinte céntimos ("%$-?/+*}&")

Empiezo a recoger las seis monedas de veinte céntimos que desde este momento me pertenecen mientras el tren se marcha. Como ahora tengo tiempo de sobra mientras espero el segundo tren, intento meter otra vez las seis monedas (no quiero tanto peso en el monedero) y me acepta sólo dos después de intentarlo dos veces con cada una. Decido pedir otra vez todas las monedas y las oigo caer al cajetín.

Lo intento de nuevo y me coge una, así que decido intentarlo por última vez con otra moneda de un euro y...

¡Sorpresa! Me acepta la moneda. Marco el número 67 y espero.

Espero

Espero

Espero

Espero

La máquina me dice que no quedan existencias del producto y que elija otro. Pero yo sólo quiero agua. No quiero beber Nestea. Quiero agua.

Le doy al botón de devolución de monedas para que me devuelva mi euro con veinte, y las empiezo a oir en el cajetín:

Clin

Clin

Clin

Clin

Clin

Clin

¡LA MADRE QUE PARIÓ A LA MÁQUINA!

Sin quererlo me veo con doce monedas de veinte céntimos en el monedero, con más sed de la que he tenido en mi vida y escuchando al siguiente tren que se acercaba. Cojo el bolso, la bolsa con el portátil y mi dignidad, y con la cabeza bien alta me doy la vuelta sobre mi misma y entro en el vagón.

Ahi por lo menos se está fresquito...

domingo, 4 de julio de 2010

No sé qué título ponerle al post

Claudia es una niña de seis años que superó un cáncer cuando solo tenía dos añitos. Por eso ella, que sabe lo que es estar ingresada, quiere hacer más llevadera la estancia de su abuelo en el hospital regalándole sus dibujos. En este caso se trata de un folio pintado con los colores de la bandera de España y de una mano pintada en el centro. La manita de Claudia en amarillo y rojo.

Sin embargo su abuelo, Juan I para nosotros, ha decidido compartirlo con quienes no tienen dibujos, y la ha clavado en el soporte en el que cuelgan el suero y el alimento (no tengo ni idea de cómo se llama) que está utilizando mi abuelo en el hospital. A mi abuelo (Juan II) le cae bien Juan I. Se nota. Y, a pesar de haber dicho que no le gustaba la bandera, y que era muy pequeña, y que España iba a perder con o sin ella, y etc, etc, etc, la ha dejado donde la ha puesto Juan I. En el fondo el detalle le ha gustado.

Claudia lo pintó para su abuelo, para que pudiera volver pronto a casa, y él en un acto para mí muy humano, se la ha dejado a mi abuelo para que se anime en unos momentos que, a todas luces, no son los mejores de su existencia.

Posiblemente lo único en común que tienen *Juan I y Juan II es que los dos están ingresados en un hospital, pero sin embargo han hecho buenas migas. Se ve que se preocupa por su bienestar y eso es de agradecer; sobre todo sabiendo que también él está allí porque está enfermo y no por gusto.

El detalle de la bandera me ha gustado. Me ha parecido bonito. Y estoy segura de que además a Claudia no le importará que su abuelo haya compartido el dibujo con otra persona.


* En la habitación en la que se encuentra ingresado mi abuelo hay tres pacientes y los tres tienen el mismo nombre: Juan. De ahí el ponerles el apellido I (primero), II (segundo) y III (tercero) empezando por el que está más cerca de la puerta. Mi abuelo, lo mires por donde lo mires, es Juan II.