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Buf, ya no hay vuelta atrás -pienso mientras subo en el primer coche-
aunque tampoco sé si realmente quiero que la haya. Me intento abrochar el cinturón de seguridad pero se sale todas las veces que lo intento. Mi cuñado sentado a mi lado intenta ponérmelo también pero yo, que estoy un tanto nerviosa, no dejo de toquetear la hebilla y no somos capaces, ni él ni yo, de abrocharlo. Llega el responsable y le digo que por favor me ayude. Me mira y me dice:
- Da igual; te lo pongas como te lo pongas vas a morir igual...
- Joder, no le digas eso que está cagada -le dice mi cuñado.
- No te preocupes. Mientras no abras la hebilla no habrá problema.
Ya estoy atada y el coche se pone en marcha. Estoy la primera y tengo una vista privilegiada de todo lo que hay a mi alrededor. Primero árboles y hierros, y poco después la ciudad, el mar y el infinito.
Unos segundos más tarde, el vacío, el cielo, la tierra, los árboles, sol y gritos.
Cuando, un minuto después llegamos al punto de partida, me quito el cinturón y salgo del coche.
- He sido buena y no he tocado la hebilla -le digo al chico. -¿Por dónde salimos ahora?
- Por aquí, -dice el responsable- pero espera un momento. Todavía no se puede salir.
Miro hacia atrás y me doy cuenta de que hay gente bajando todavía de los coches.
- Tenemos que hacer el recuento de la gente que llega después del viaje porque casi siempre perdemos a alguien.
- Claro, claro. -Digo yo.
- ¿Perdéis a muchos? -pregunta mi cuñado.
- Una media de entre ocho y diez todos los días. -Después sonríe por primera vez y se echa a un lado para que salgamos. Me tiemblan las piernas cuando doy el primer paso, pero los demás son pasos firmes.
Cuando salimos del recinto miro hacia atrás y veo al Dragón desafiante, pero ya no me da miedo. De hecho ahora dudo si alguna vez le he temido...