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miércoles, 29 de diciembre de 2010

La bomba no es "la bomba"

El 1 de septiembre os comuniqué que me había comprado una bomba de baño, y sólo una semana después os tuve que decir que no había podido utilizarla cuando y donde yo quería.

Os pongo en situación por si habéis llegado hace poco y no queréis leer todo lo que os propongo en los enlaces (os entiendo). Un día, paseando por la Vaguada me llamó la atención una tienda de éstas de jabones y chorradas varias para el cuerpo, la cara y, se supone, también el espíritu. Entré y me compré un par de cosas (inútiles las dos, por qué no decirlo, porque una piedra de azucar verde (¿?) que te deja los muslos rojos de tanto frotar para quitarte la celulitis no parece un gran invento. Sobre todo porque cuando terminas con ella (o ella contigo, mejor dicho) sigues teniendo la misma, o más, celulitis que al principio) Entré y compré un par de cosas, decía, y busqué una ocasión especial para utilizarlas. Bueno, mejor dicho, para utilizarla, porque lo que más me apetecía usar era la bomba de baño. La piedra de azúcar la utilicé desde el primer día.

La bomba intenté utilizarla el fin de semana de la boda de mi amiga Cristina pero fue un fracaso absoluto. El motivo: no había bañera en la habitación. Así las cosas me decidí a esperar otro gran momento de soledad para tirar la bomba al agua y éste llegó en el mes de noviembre. El 24 de noviembre para ser más exactos. Tuve una feria de bolsa en Barcelona (algún día quizá cuente a qué me dedico) y pasé una noche en un hotel bastante chulo con una cama enorme y una bañera también bastante grande. Por supuesto la bomba viajó conmigo hasta Barcelona así que una vez en la habitación puse el agua de la bañera caliente, puse el tapón, esperé a que se llenase hasta la mitad o un poco más, me puse una bebida caliente con el kettle que había en la habitación, bajé las luces del baño, me quité la ropa, me metí dentro de la bañera, dejé caer la bomba al agua y, finalmente, esperé. Y esperé. Y esperé. Y esperé. Esperé hasta que la bomba se hubo deshecho por completo y entonces pensé: "¿Qué %&$}"@ tenía que hacer la cosa ésta?" Porque claro, yo compré la bomba y me ilusioné con la bomba, pero realmente en ningún momento me paré a pensar qué esperaba yo de ella. Ahora sé que no sabía qué esperar de ella y, aún ahora después de haberme dado el baño más chapucero de mi vida y haberme llevado uno de los chascos más grandes de las últimas semanas, sigo sin saberlo. Sólo sé que me decepcionó. Y mucho. No me relajó más de lo que me hubiera relajado un baño de agua caliente con jabón. Después de unos minutos opté por levantarme y meterme debajo del chorro del agua caliente, ducharme como Dios manda y meterme en la cama hasta el día siguiente.

Una ducha caliente y una cama cómoda. Eso es todo lo que necesitaba para relajarme y desconectar... Y yo, sin saberlo.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Un buen regalo

Hay algo que hago entre dos y tres veces al año. Sí, ya sé. Para algunas cosas dos o tres veces serían pocas veces; pero para otras serían una barbaridad. Sin embargo para lo que me refiero hoy, tres veces al año está bien. No es ni mucho, ni poco. Es exactamente la cantidad justa.

Muchas veces no sabemos qué regalar a la gente y creo que eso es porque siempre vamos a lo material. Conozco personas que serían las más felices del mundo con un paquete lleno de abrazos para canjear cuando ellos prefieran, pero yo me empeño en buscar cosas materiales. Otra cosa importante es que hay cosas que se pueden regalar de manera anónima. Es decir, a gente desconocida. Pero, ¿por qué regalar a gente desconocida? Y lo más importante ¿qué puedo yo regalar a un desconocido? Pues bien, hay veces que no es necesario conocer a la persona que va a recibir el regalo para saber que le va a gustar, y eso es, ni más ni menos, porque le estás regalando algo tan vital que sin ello no podría vivir.

Yo he donado sangre desde que cumplí los 18 años. Unas veces con más frecuencia y otras con menos, pero creo que he ido todos los años desde entonces. Los últimos cinco o seis años siempre he ido acompañada de Santi, que por motivos personales se convirtió en asiduo, y, de vez en cuando, también de otras personas. Cuando pasan los tres o cuatro meses desde la última donación lo comentamos como quien no quiere la cosa: "Tenemos que ir a donar" "Vale" Y ya está. Normalmente lo que hacemos es aprovechar las tardes de domingo que no hacemos nada para ir al hospital y donar. Así también salimos de casa.

La semana pasada estuvimos en el Ramón y Cajal y vi un folleto que llamó mi atención. Entre otras cosas ponía que podías ver el nivel de reservas de sangre de la Comunidad de Madrid a través de la página web www.madrid.org/donarsangre. No lo he mirado hasta hoy y me he encontrado con esto:


Lo cierto es que podía ser peor, pero tampoco es como para lanzar cohetes.

Yo desde aquí quiero animar a todo el que se lo esté pensando o dude por algún motivo. No quita mucho tiempo. No cuesta dinero. Dan un refresco y algo de comer. Y sobre todo, tienes la sensación de estar ayudando a otras personas. En estas fechas que estamos no se me ocurre ningún regalo mejor que poder hacer a un desconocido.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Pastillas contra el dolor ajeno

El otro día llegó a mi correo del trabajo una campaña de MSF (Médicos Sin Fronteras) que se llevará a cabo durante un año completo. El nombre de la campaña me llamó la atención y la idea, una vez que me enteré de cual era la finalidad, me pareció buena.

Pastillas contra el dolor ajeno

MSF ha puesto a la venta en farmacias a lo largo y ancho de España unas pastillas de caramelo de menta sin azúcar. Estas son las pastillas contra el dolor ajeno. Nosotros tenemos la facilidad de conseguir medicamentos para cada una de las dolencias que tenemos, sin embargo hay gente que se muere por enfermedades que tienen cura sólo porque no tienen acceso a ellos. En la imagen de abajo podéis ver ejemplos de enfermedades que afectan a miles de personas.
Las pastillas se venden de seis en seis y cuestan 1€ en las farmacias. Yo aún no las he comprado, pero cuando las vea me haré con unas seguro. Todo sea por poner nuestro granito de arena y, además, que un euro de vez en cuando a nosotros no nos supone nada.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Egipto Mágico - Día 8

Día 8, viernes 19 de noviembre de 2010

Hoy es nuestro último día en Egipto y vamos a dedicarlo a las pirámides. Mara y Silvia han dejado una nota diciendo que irán más tarde así que cuando terminamos de desayunar nos vamos a por un taxi todos menos Potter que quiere disfrutar de la piscina del hotel y se queda durmiendo un rato más.

Llegamos a las taquillas antes de que abran. Pensamos en colar los carnets de alberguista de nuevo, pero nos entra el canguelo y decidimos pagar la entrada completa. La taquilla es un caos de egipcios que quieren entrar también y no hay nadie que guarde cola. Como podemos nos metemos hasta llegar a la ventanilla y Javi y Santi intentan comprar las entradas. El carnet de Santi sí es de estudiante y el hombre le dice que como no es el oficial que no se lo coge. Le damos las 300 Libras Egipcias que pagan la entrada completa de cada uno y, en un arrebato de solidaridad para con nosotros, el hombre nos da los tickets de estudiantes, nos devuelve 100 LE y se mete las otras 50 LE en el bolsillo. Todos salimos ganando así que nos metemos para adentro y rezamos para que nadie nos pida el carnet de alberguista (digo, ¡el carnet de estudiante!).

Vamos directamente a ver la Esfinge y ¡muy bien que hacemos! porque cuando llegamos no hay nadie. Nos hacemos las fotos que no nos hicimos el otro día y disfrutamos de unos minutos de tranquilidad. Cuando vamos a salir del recinto de la Esfinge nos encontramos con el futuro marido de Ana que se quiere hacer miles de fotos con ella. Está –el futuro marido, digo– con un grupo de amigos. Nos persiguen durante una parte del camino hasta que le dicen que se quieren hacer fotos con ella y damos el alto para que pueda fotografiarse con ellos hasta que su futuro marido le pide, después de hacerse varias fotos juntos, una foto dándole la mano y después entrelazando los dedos. Sandra y yo nos meamos de la risa mientras le decimos que se acaba de casar y que lo ha hecho sin invitar a nuestros padres y demás familia. A todo esto Javi está ejerciendo de maestro de ceremonias disparando todas las fotos que le pide el recién estrenado esposo de su novia, con cara de pocos amigos y diciendo: She is mine. She is mine. Surrealista todo, vaya.

Después nos acercamos a la primera de las pirámides y entramos a ver una tumba que hay dentro. Es una pirámide pequeñita, pero es exactamente lo mismo que la de Micerinos que vimos el otro día y por la que pagamos por entrar. A ésta entramos gratis. Después nos dirigimos a unas dunas desde donde se ve todo el recinto sin turistas, ni coches por medio. Es increíble cómo nos dejamos llevar en estos tipos de viajes donde te lo dan todo hecho y nos conformamos con lo que nos enseñan. El otro día con Aiman subimos en coche hasta el mirador, nos hicimos sitio casi a empujones para poder sacar un par de fotos medio decentes sin gente de fondo y después nos marchamos a la siguiente excursión. Hoy estamos solos y podemos hacer lo que queramos; y lo que queremos hacer es ir andando a través del desierto hasta alcanzar las dunas solitarias y silenciosas que son testigo mudo de lo que ocurre en una de las maravillas del mundo. Cuando llegamos nos encontramos con una vista que poca gente ha visto. El silencio me impresiona bastante, solo estamos nosotros y nuestras voces, y de vez en cuando una caravana de camellos con turistas. Prácticamente gastamos lo que nos queda de memoria en las cámaras haciendo cientos de fotos iguales y seguro que después no borraremos ninguna porque todas tendrán algo que la haga diferente a la anterior y a la posterior. Algo que la haga especial.


Volvemos andando a paso lento hundiendo los pies en la arena. Nos habríamos quedado más tiempo pero tenemos que llegar antes de las 12:00 al hotel para hacer el check out y aún tenemos que hacer la maleta. Salimos del recinto, por cierto que nadie nos ha pedido las entradas ni el carnet de estudiantes… ¡Menos mal!, y buscamos un taxi. Paramos uno que no quiere llevarnos porque somos cinco y sólo tiene cuatro plazas libres, pero otro que está cerca nos dice que sí. Además cuando le preguntamos cuánto nos costará ir al hotel nos dice que 10 LE. Nos quedan 15, que es el máximo que pensábamos pagar por el viaje, así que cuando llegamos al hotel le damos las 15 LE y se va más contento que unas pascuas. Seguro que ha pensado que no sabemos cómo va esto del regateo y que ha pillado a los turistas pardillos.

Hacemos el equipaje y bajamos a dejar la maleta en la consigna. Nos hemos puesto todos el bañador porque vamos a dedicar el resto del día a no hacer nada en el hotel y en la piscina. Me tumbo en la hierba al solecito y me dejo llevar a cualquier verano en el que sientes cómo el sol te calienta y te llena de algo que podría ser energía. Después de la paliza de estos días, no me viene nada mal. Me he bajado el libro pero no lo he abierto aún. Prefiero escuchar música con los ojos cerrados.

Comemos un poco de manera regulera en un restaurante del hotel. La comida y el trato no son lo mejor, pero la verdad es que comer en una terraza, en bikini y con el pelo mojado en pleno mes de noviembre no tiene precio, así que compensa un poco todo lo demás. A la hora de pagar nos ponen problemas porque no les funciona el datáfono y nos tiramos más de media hora discutiendo con unos y otros para conseguir pagar. Bueno, mejor dicho, se tiran más de media hora, porque yo no estoy en el follón. Cuando conseguimos pagar recogemos nuestras cosas y nos juntamos con Mara y Silvia en el vestíbulo. Ellas también han estado en las pirámides, pero han ido más tarde porque Mara no ha pasado muy buena noche y casi no ha dormido, así que se han levantado más tarde, han hecho el chek out y después se han marchado sin tener que mirar la hora de vuelta.

Esperamos todos juntos a que vengan a buscarnos para llevarnos al aeropuerto mientras terminamos de contarnos nuestro día. Mara sigue un poco pachucha y sólo tiene ganas de llegar a su casa. Por fin vienen a buscarnos en una mini furgoneta, muy nueva y completamente equipada. Nos da mucha pena ver cómo meten nuestras maletas dentro pero ya no hay nada que hacer. Ha llegado la hora de partir.

Ya es de noche, aunque son las 17:30. Montamos en la furgoneta y tomamos rumbo al aeropuerto. Hablamos a ratos y a ratos vamos callados. ¿Ya he dicho que nos da pena? Si miro hacia atrás veo a Mara y a Silvia y detrás todas nuestras maletas apiladas unas encima de otras. El trayecto es bastante más largo de lo que yo pensaba pero no me importa que se alargue un poco más para que el viaje no se acabe aún. De pronto suena una explosión en la parte trasera, en el interior de la furgoneta. Cuando miro hacia atrás veo cómo un humo espeso comienza a subir por encima de las maletas. Mara y Silvia se han lanzado hacia adelante y están por encima de mi asiento y el asiento de Ana. Las cuatro hemos empezado a gritar: "¡¡Humo!! ¡¡Humoooo!!" El coche va perdiendo velocidad mientras lo llevan hacia la derecha para poder salir a la carretera sin peligro. No dejamos de mirar hacia atrás y en un momento dado vemos entre el humo algo rojo que parecen llamas por lo que empezamos a gritar: "¡¡Fuego!! ¡¡Fuegooo!! ¡¡Pare!! ¡¡Pare!!!!" El humo ocupa toda la parte trasera y comienza a llegar a la parte delantera. Es muy incómodo y empezamos a toser. La furgoneta está parada y estamos saliendo todos más o menos en orden. Yo soy la última persona en salir a la calle y tengo la sensación de haberme intóxicado con el humo. El representante del viaje y el conductor abren el maletero y sacan el foco de todo el jaleo: un extintor que ha reventado y al que ya no le queda nada dentro. Lo que nos hemos tragado ha sido el polvo que se utiliza para pagar los incendios y lo que nos parecían llamas no era otra cosa que las luces rojas de freno mezcladas con el polvo. Cuando nos damos cuenta de lo que ha pasado nos entra la risa nerviosa a todos y por supuesto, respiramos tranquilos. Retomamos el viaje y llegamos al aeropuerto sin más incidentes.

Cuando facturo mi maleta me doy cuenta de que no he guardado mi kit de manicura en la maleta, pero para mi sorpresa no me lo hacen tirar en el control. Acaban de parar a una señora que llevaba varios perfumes y no tenía dinero suficiente para sobornar a los guardias (tal cual) Al final la dejan pasar, pero la pobre ha sudado la gota gorda para poder atravesar el control. A otros chicos les han quitado las pinzas para el carbón que viene con la cachimba, pero la cachimba, que es de cristal y se puede utilizar como arma si se rompe, se la dejan. No entiendo nada.

Por fin entramos en el avión. Estoy demasiado cansada como para leer o hablar, pero no lo suficientemente cómoda como para dormir, así que me paso las cinco horas del viaje en un incómodo duermevela mientras escucho música. Llegamos a Madrid más dormidos que despiertos. Esperamos a que salgan nuestras maletas. Las primeras en cogerlas son Mara y Silvia. Ellas pasan el fin de semana en casa de la hermana de Silvia (ay!! espero no confudirme) y se tienen que ir ya porque las están esperando. Se despiden con dos besos y un abrazo y se marchan a casa. Unos minutos después nos empezamos a despedir también nosotros. Santi y yo nos vamos por un lado y Sandra, Potter, Javi y Ana por otro. ¿Os he dicho ya que me da mucha pena?

domingo, 12 de diciembre de 2010

Egipto Mágico - Día 7

Día 7, jueves 18 de noviembre de 2010

Volvemos a madrugar por iniciativa propia. Esto empieza a convertirse en mala costumbre. Bajamos a desayunar pronto otra vez para poder ponernos las botas sin agobios. Hemos quedado con el taxista de anoche en la puerta de otro hotel así que tenemos que andar unos minutos antes de verle. Intentamos cerrar lo que nos parece un precio justo para él y para nosotros, pero él nos dice que es muy poco y nos dice que no. Le damos las gracias por haber venido y continuamos recto por la misma calle buscando otro taxi. Encontramos uno unos pasos más allá y cerramos a la primera el precio que le proponíamos al otro taxista, de lo que deducimos que el primero nos quería timar.

Hoy tenemos también un día completito. Empezamos por ir a la Ciudad de los Muertos. Sí, ya lo sé, con ese nombre nadie en su sano juicio querría ir, ¿verdad? Se trata de un barrio muy pobre, donde la gente que no tiene dinero ha "edificado" sus viviendas sobre un cementerio. Esto quiere decir que el suelo que pisan en sus casas son las tumbas de personas enterradas allí mucho tiempo atrás. Es un lugar curioso, pero no nos sentimos demasiado cómodos por lo que no nos quedamos demasiado.

Bueno, mejor empecemos por el principio. Nos metemos los seis en el coche (Mara y Silvia han decidido pasar el día entero con otro taxista por lo que hoy nos hemos separado) y cogemos rumbo a la Ciudad de los Muertos. De camino Fathi, el taxista, le dice a Potter que lea los comentarios que le han dejado otros usuarios españoles en un cuaderno y no le deja que pare de leer. Cada vez que termina un comentario le dice: "Más, más". Y Potter sigue leyendo.

Como he dicho hace un momento la Ciudad de los Muertos no nos gusta demasiado y salimos bastante rápido en dirección a la Ciudadela. Fathi nos ha estado amenizando el viaje casi todo el tiempo, pero ahora se pone bastante borde porque quiere que le paguemos antes de llegar porque piensa que no le vamos a pagar. Quedamos en que cuando pare el coche le dejaremos el dinero en el asiento (para que no le pille la policia llevando gente porque realmente él no tiene un taxi, sino un coche particular).

Para entrar en la Ciudadela hay que pagar y pasar por un control. El edificio más impresionante de todos los que encontramos dentro es la Mezquita de Alabastro donde tenemos que desacalzarnos para poder entrar. Hoy está un poco nublado y la temperatura es la ideal para estar al aire libre. Dentro de la mezquita también se está muy bien. Damos una vuelta por el patio, por el interior de la mezquita y volvemos a salir después de haber hecho algunas fotos. Una vez fuera nos acercamos a un mirador desde donde se ve El Cairo en todo su esplendor. Es una imagen que merece la pena. Edificios, mezquitas, carreteras... y todo, absolutamente del mismo color. No parece que exista otro color que no sea el arena. Bueno, para ampliar un poco el abanico diré que El Cairo visto desde la Ciudadela presenta colores que van de la gama de los grises a la gama de los arena. Impresionante también lo grande que es; entre el polvo que hay procedente del desierto, y la polución de los coches no conseguimos ver dónde acaba.

Paseamos por la Ciudadela un rato más y nos encontramos con gente que otra vez quiere hacerse fotos con nosotros. Sandra y Potter se dan un pico en un acto instintivo y los niños y niñas se quedan tan alucinados que un policia se acerca para echarles de allí y regañarles. Otros niños se nos acercan poco después para hablar con nosotras y otros policias les echan de allí a gritos. Cogen a uno del brazo y se lo llevan casi a rastras para que no nos molesten. Nos quedamos un poco alucinadas porque no estaban haciendo nada malo. Sólo querían hacerse una foto.

Salimos de la Ciudadela para visitar el barrio islámico. Nos han recomendado que bajemos en coche, pero nosotros preferimos ir andando. Bajamos por la muralla que rodea la Ciudadela y llegamos a la primera de las mezquitas. A estas alturas del día y del viaje las fuerzas empiezan a flojear y estamos todos bastante cansados. Encontramos la calle que nos va a subir hasta el barrio islámico y la cogemos sin dudarlo un momento. Es, para que os hagáis una idea, una calle que si la encontráramos en alguna ciudad de España decidiríamos, sin lugar a dudas, rodear la ciudad entera antes que atravesarla. Al principio encontramos una especie de parque de atracciones para niños pequeños con bastante gente, pero al poco de empezar a subir nos encontramos con que somos los únicos que vamos por la calle. En un momento dado pasamos por delante de un grupo de hombres que están sentados en la calle, hablando y fumando en cachimba. Cuando pasamos por delante escuchamos que nos dicen algo pero todos les ignoramos y seguimos con nuestro camino calle arriba. Lo cierto es que, a pesar de que el trato de la gente hasta el momento ha sido increíble y no hemos tenido problemas de ningún tipo con nadie, nos mostramos muy desconfiados ante ellos. Nos damos cuenta de que estamos perdidos, además de agotados y decidimos volver sobre nuestros pasos para buscar el camino desde abajo del todo. Volvemos sobre nuestros pasos y volvemos a pasar por delante del grupo de hombres que vuelven a decirnos cosas. Volvemos a pasar de ellos sin apenas mirarles. Estamos perdidos y tengo la sensación de que el hombre que está hablando con nosotros quiere contarnos algo que nos interesa. Doy el alto y les digo que porqué no preguntamos al hombre. Me acerco a él y le pregunto por las mezquitas, y con una sonrisa me dice que sí, que sabe por dónde tenemos que ir. No es ni hacia arriba ni hacia abajo. Tenemos que coger la calle que gira justo donde están ellos. Cuando ya estamos los seis alrededor del hombre les pregunta a los niños cuántos camellos quieren por mí. Yo declino la oferta con una sonrisa y comienzo a andar para no darle oportunidad a mis cuñados de regatear con el hombre. Si me descuido me quedo allí a cambio de unos pocos camellos.

Seguimos cansados y de bajón, pero por lo menos estamos en la calle que tenemos que estar. Compramos unas coca colas y algo de agua para tratar de animarnos un poco y lo cierto es que es un gran acierto. Al poco de reponer líquidos nos encontramos todos mucho mejor. Vemos varias mezquitas a lo largo de toda la calle, pero después de un rato estamos ya deseando llegar a algún lugar donde haya algo más de civilización y, sobre todo, algo diferente que ver. Ya hemos visto muchas mezquitas por hoy. Andamos pensando que ojalá nos encontremos con un McDonalds de camino, pero no tenemos suerte.

Después de un buen rato en el barrio islámico salimos a una gran calle donde nos encontramos con todos los turistas (en todo el tiempo que ha durado la bajada por el barrio islámico sólo nos hemos cruzado con dos occidentales). Cruzamos para ver la entrada al mercado y decidimos entrar en una última mezquita antes de buscar un sitio para comer. En ésta nos hacen cubrirnos los hombros, los brazos y la cabeza a todas las mujeres. Sandra entra envuelta en miles de pañuelos y con un cabreo creciente, para evitar que le pongan una túnica de las que tienen allí a saber desde cuándo.

Cuando salimos entramos al bazar para comer. Nos sentamos en una terraza que no tiene muy mala pinta pero justo cuando estamos mirando la carta una española que estaba sentada al lado y que ha tomado algo ahí nos dice que si estamos a tiempo nos vayamos a otro sitio. Nos levantamos con las mismas y nos vamos a buscar otro lugar. Paseamos por el mercado arriba y abajo y al final encontramos un sitio que parece estar bien para comer. Es ya un poco tarde y la señorita que nos tiene que dar mesa nos dice que imposible, que tardará horas en darnos una. Cogemos una nosotros mismos a los dos minutos de estar allí y no parece que le siente muy bien a la mujer. Comemos con unos batidos de frutas (error que cometemos sin darnos cuenta porque muchas veces los mezclan con agua) y sobre todo, descansamos. No veíamos el momento de poder sentarnos y abandonarnos en un sillón, silla o lo que fuera. Es un descanso muy merecido el de hoy. Comemos tranquilamente.

Salimos del restaurante y vamos al final del recinto del mercado. Seguimos yendo por sitios por los que no pasa casi ningún occidental y la gente nos mira con la misma curiosidad con que les miramos nosotros a ellos. Vamos por calles que en España no consideraríamos tales y nos damos cuenta todos, sin necesidad de comentarlo con los demás, de lo afortunados que somos de tener lo que tenemos y de vivir como vivimos. La situación de la gente que vemos es muy precaria y los lugares que ellos llaman su hogar no pasarían ninguna inspección de sanidad e higiene en España.

En el vídeo que pongo a continuación se pueden ver algunas calles por las que pasamos.

Una vez terminado nuestro paseo llegamos ¡por fin! al mercado. Damos vueltas arriba y abajo admirando todo lo que venden. Lo cierto es que me gusta todo lo que veo, pero no hay nada tan tan llamativo como para comprarlo para mí o para hacer algún regalo, así que paso la tarde mirando escaparates y tenderetes como si fuera un niño pequeño en cortylandia pero sin gastar un sólo céntimo. Sin embargo, aunque sé que no voy a consumir, me resisto a marcharme y voy calle arriba y calle abajo varias veces. Me habría quedado en este sitio sin pensarlo. Me encanta el ambiente, la gente, los colores de las tiendas, los productos. En definitiva, me encanta el mercado.


Volvemos al restaurante por la tarde para merendar un batido y fumar en cachimba. Cuando salimos volvemos a cotillear por el mercado, pero ya nos hemos decidido a salir y vamos directos a la salida para buscar un taxi. Intentamos parar una cafetera para ir los seis juntos, pero no lo conseguimos así que cogemos dos taxis otra vez. Como vamos a ir a cenar a un restaurante que está en la calle del hotel Le Meridien le decimos a los dos taxistas que nos dejen allí. Cuando salimos del coche y pagamos a los taxistas lo que habíamos acordado, aparece el taxista de ayer, el que nos llevó a las pirámides por la noche y que después desapareció como por arte de magia. Viene preguntando si le recordamos y nos dice que se puso malo y se tuvo que ir. No sabemos si es verdad o mentira y se fue a llevar a otros que le pagaban más que nosotros, pero lo justo es que paguemos el viaje que hicimos con él y le damos el dinero.

Vamos andando hasta el restaurante que está a solo unos minutos y nos sentamos a cenar. Hay, dentro del restaurante, un par de gatos paseándose por debajo de las mesas. Después de un par de minutos tenemos la certeza de que tienen alguna pulga o cualquier otro bicho que nos pueda picar porque Javi y yo comenzamos a sentir fuertes picores en las piernas. Los demás no sienten nada porque llevan pantalón largo, pero Javi y yo nos ponemos a rabiar con los picores. Me salen distintos granitos que cada vez me pican más. Cenamos más o menos bien, pero Javi y yo estamos deseando salir de allí cuanto antes.

Cuando llegamos al hotel le dejamos una nota a Mara y a Silvia en la puerta diciendo que mañana nos iremos a las 8:00 a las pirámides por si quieren venir con nosotras. Pensábamos que las veríamos por la noche, pero cuando llegamos al hotel ellas aún no han llegado.

Es nuestra última noche en Egipto y sentimos cierta pena. Está siendo un viaje increible hasta el momento y no queremos que termine a pesar del cansancio. Mañana repetiremos con las pirámides y después pondremos punto y final al viaje tirándonos a tomar el sol en la piscina y no haciendo nada. Así cogeremos el avión relajaditos. Pero eso será mañana.

La foto de la izquierda es la vista que tenemos Santi y yo desde nuestra habitación. Todos los días me he asomado para ver las pirámides por la mañana y por la noche, sólo por comprobar que seguían ahí. Hoy es la última vez que las veré desde la habitación de noche y me da penita...

sábado, 4 de diciembre de 2010

Egipto Mágico - Día 6

Día 6, Miércoles 17 de noviembre de 2010

Si ayer Santi puso la nota de humor antes de irnos a la cama con el asunto del cajero, no podía empezar de otra manera que haciendo lo mismo al levantarnos. Bajamos a desayunar bien temprano para poder comer a gusto todo lo que queremos comer y que no se nos eche el tiempo encima como ayer. Santi se organiza como cada mañana llenando la mesa con lo que va a comer y a beber de modo que no tenga que volver a levantarse una vez que haya empezado a desayunar. Los demás cogemos lo que nos apetece en un primer momento y nos levantamos después varias veces para seguir cogiendo cosas según nos apetezca en ese momento. Potter, Sandra y yo estamos sentados y Javi y Ana están haciendo su segundo viaje. Mientras, Santi sigue dando vueltas por la sala eligiendo su menú. Viene, deja lo que trae en las manos y se vuelve a marchar a por más cosas. En uno de sus viajes a la mesa trae en una de sus manos una taza de café -o té- con platito incluido y en la otra un montón de cereales mojados en leche pegados a su piel, además de un bol de leche con cereales casi vacío. Llega muy serio y mientras deja el bol medio vacío en la mesa dice -"estos son todos los cerales que voy a comer hoy". Le miramos con los ojos como platos pero no nos atrevemos a decir nada. Se limpia y mientras, nos cuenta que le ha tirado el contenido del bol a una china que se ha chocado con él. Él no se ha manchado, pero creo que la china ha quedado de dulce. Sacamos otro tema de conversación y cuando se vuelve a marchar nos entra el ataque de risa que hemos estado aguantando. Cuando nos vamos a ir vemos que hay una alfombra llena de granos de arroz inflado. Sandra está muerta de risa -"parece que vayan a dar de comer a los pollos aquí dentro" me dice.

Salimos a la calle y esperamos durante un rato al taxista con el que habíamos quedado ayer (aquel que a mí no me gustó) pero como no aparece tenemos que coger otros dos. Yo me alegro.

Nuestro destino de esta mañana es el Museo de El Cairo y volvemos a dividirnos: Potter, Mara, Silvia y Santi en uno; y Ana, Sandra, Javi y una servidora en el otro.

Llegados a este punto quizás sea conveniente contar que los conductores de El Cairo en general y los taxistas en particular, tienen una forma de conducir bastante temeraria. En otras palabras: impera la ley de la selva. No hay prioridad a la hora de llegar a un cruce, ni se guían por las líneas pintadas en el suelo. Ellos van por donde quieren y como quieren. Llevamos solo un día en El Cairo, pero ya nos hemos acostumbrado a esta forma de conducir y no tenemos miedo. De hecho yo tengo una extraña sensación de seguridad a pesar de no llevar el cinturón de seguridad puesto (es difícil encontrarlo en muchos taxis). Nuestro taxi no está mal del todo, pero es un poco viejito. La ventanilla se sube y se bajo a mano y a Javi le toca varias veces darle a la manivela. Además según parece está bastante fuerte (o Javi muy flojo aunque no creo que sea su culpa) y tiene que hacer un pequeño esfuerzo para subirla y bajarla cada vez. Mis hermanas y yo, que vamos atrás con la risa tonta, decidimos que si le animamos quizás suba la ventanilla con menos problemas así comenzamos a dar palmas y a decir: "Javi, Javi, Javi" El taxista se suma a nuestras palmas y todas rezamos porque se de prisa en subir la ventanilla para que el hombre vuelva a coger el volante.

Llegamos al Museo bastante antes de que abran. Nos ponemos a la cola y decidimos que todos somos estudiantes para pagar menos dinero. Hay quien tiene un carnet de la universidad del siglo pasado, y quien tiene un carnet de la biblioteca del barrio. Sin embargo los más osados sacamos la entrada con el carnet de alberguista (¡toma ya!). En la entrada cada vez hay más gente y empieza a ser agobiante. Cuando abren nos separamos un poco, pero me quedo blanca cuando a los que van delante les piden el carnet de estudiante. Saco mi carnet de alberguista como si fuera una placa de policia que de acceso a cualquier lugar y se lo entrego junto con mi DNI para que vea la foto. Cuando paso por el arco de seguridad me tiembla todo el cuerpo. Nada más entrar vamos a ver el tesoro de Tutankhamon y para mí es por lo único que vale la pena entrar al Museo. Lo demás está todo desordenado. Parece un almacén con cosas por medio. Sin explicaciones de ningún tipo de si estás viendo una tumba de hace siglos o un trozo de muro que se cayó hace unos años y que nadie se molestó en arreglar. Si volviera a El Cairo no volvería al Museo.

Cuando salimos después de un rato dando vueltas por el almacén que es el Museo, caminamos por las calles en busca de cosas interesantes para ver, pero como es fiesta está todo cerrado y decidimos irnos al barrio copto. Decidimos ir en metro y buscamos la estación más cercana. El precio del billete es irrisorio y aún así creemos que es más bajo y que nos han timado. Llegamos al andén y vemos que hay vagones de chicas solamente. Como somos un grupo mixto decidimos ir todos juntos en un vagón, pero cuando llega el metro y vemos cómo van de llenos los vagones, y cómo nos miran los chicos que hay dentro, decidimos correr y coger uno de mujeres. Potter corre detrás nuestra porque no sabe a dónde vamos y por un momento pensamos que se queda fuera y que nos vamos sin él. En el último momento reacciona y salta dentro del vagón que está al lado del nuestro.

La experiencia de viajar en el vagón de mujeres es de las que más me ha gustado hasta ahora pero no sé explicar porqué. Todas las mujeres y niñas nos miran como si estuvieran de visita en el zoo y fuéramos la atracción principal. Nos miran fijamente, sin importarles que nos estemos dando cuenta de que somos observadas, sonríen al vernos y algunas hasta intentan entablar conversación. "What's your name?" es su pregunta preferida y nos la hacen a todas. Una por una. Cada vez que una de nosotras dice su nombre se empiezan a descojonar de risa y pasan a preguntar a la siguiente: "What's your name?" Cuando se bajan las niñas que nos estaban preguntando los nombres me doy cuenta de que todo el vagón tiene la cabeza vuelta hacia nosotras. ¡Y nosotras escondiéndonos para mirar a las mujeres que van con velo!! Pues de eso nada. ¡Se acabó! Ellas nos miran y yo aprovecho para hacer lo mismo. Como no saben español para preguntar lo que quieren saber de nosotras, se limitan a mirar y a sonreír cuando las pillamos mirando.

Salimos del metro justo en la entrada del barrio copto y empezamos nuestro tour de la mañana. Lo cierto es que ver iglesias no es lo que más me llama la atención en estos momento, pero es lo que toca hoy. Damos un paseo agradable por el barrio y nos encontramos con gente que se quiere fotografiar con nosotros de nuevo. El primer niño que me lo pide se lleva una negativa bien rotunda porque pensaba que quería cobrarme por la foto. Es lo que tiene no hablar el mismo idioma. Poco después Sandra me dice que he sido un poco seca y me hace ver que le he entendido mal. Me siento fatal. Seguimos paseando y nos "hacemos amigos" de un grupo de chicas y de chicos (por separado ellas y ellos) y nos hacemos fotos con todos. Pasamos un rato muy divertido mientras "hablamos" con un matrimonio y sus hijas que quieren fotos con nosotros. Después de un rato el marido dice que quiere fotos él solo con cada una de nosotras. A estas alturas está claro que estamos en una gran parte de los facebook de los egipcios pero no nos importa demasiado. El grupo de chicos se pone a hablar de fútbol con Potter, Santi y Javi y al final Potter se lleva dos besos de uno de los chicos. Hasta el momento es el único que se ha llevado dos besos puestos.

Nos sentamos a comer en una terraza que creo que no pasaría los controles de higiene españoles. Estamos rodeados de gatos por todas partes y se pasean por alrededor de nuestra mesa mientras esperamos la comida. Nuestra idea es sentarnos, comer y seguir camino, pero tardan tanto que nos empieza a entrar el bajón y cuando terminamos de comer perdemos dos unidades. Silvia y Mara deciden ir al hotel a descansar. Nos separamos a la salida del barrio copto. Ellas cogen un taxi y nosotros damos una vuelta por la orilla del Nilo. Nos metemos en pleno centro y enseguida nos damos cuenta de que somos los únicos occidentales que andamos por allí. Nos miran con curiosidad y en un momento dado parece que unos chicos nos están siguiendo, pero si realmente lo hacían fue por la novedad, no porque quisieran hacernos algo. Después del paseo nos decidimos a coger un taxi pero no encontramos ninguna cafetera en la que entremos todos por lo que nos decidimos por viajar tres en cada coche. En el primero vamos Sandra, Santi y yo. Javi, Potter y Ana se supone que cogerán otro en breve porque hay muchos y hay unos chicos jóvenes nogociando por nosotros. No nos piden dinero, sólo quieren ayudarnos. Según cuentan después han parado varios taxis antes de encontrar uno adecuado para ellos. Llegamos al hotel y esperamos en la recepción a que llegue el otro taxi. Tardan demasiado y Sandra empieza a impacientarse un poco. Santi dice no estar preocupado pero después confesará que un poco inquieto sí que estaba. Yo soy la única que está tranquila entonces. Llegan después de un buen rato y nos cuentan que su taxi les ha llevado a un hotel que está en otro lado de la ciudad. En nuestro taxi pasamos un buen rato a costa del taxista. No habla español ni inglés. Nada más entrar en el taxi se pone a hablar por teléfono con alguien y después de un rato de conversación le pasa el teléfono a Santi (que va de copiloto) para que negocie con la persona que está al otro lado. Santi le cuenta a donde vamos y le devuelve el teléfono. Al momento el taxista le devuelve el teléfono para que negocie el precio. Todo esto sin perder la sonrisa. En la foto se puede ver al taxista hablando por teléfono. Al final llegamos a un acuerdo de camino al hotel.

Subimos a ducharnos y salimos a buscar un taxi para llegar a las pirámides. Vamos a ver el espectáculo de luces y sonido que hoy es en español. Negociamos con el taxista ida y vuelta por 55LE y nos metemos en la cafetera. Sacamos las entradas y esperamos a que dé la hora de entrar. Hace bastante fresco y el espectáculo dura una hora. Antes de empezar Javi me dice que si voy a hacer a algún video que se lo diga para no tenerlos repetidos. El problema es que los vídeos están prohibidos, así que se produce una situación un tanto absurda cuando me dice a gritos (teníamos más gente entre nosotros) que si voy a hacer un vídeo que no diga "vídeo. Dí mejor, ¡COLIFLOR!" me dice en un castellano alto y claro delante de todo el público hispanohablante. El espectáculo al principio es bonito. Iluminan las pirámides y la esfinge, pero empiezan a contar la historia de las tres pirámides como si fuera un teatro y se empiza a hacer aburrido. ¡Ojalá se hubiera estropeado el sonido! Se puede sacar alguna foto bonita, pero para mí no merece la pena pagar por verlo.

Cuando salimos vamos a buscar nuestra cafetera y no la encontramos. Nos encontramos con el taxista de ayer y nos dice que por 25LE nos lleva y que además puede quedarse todo el día siguiente con nosotros por un módico precio. Le decimos que habíamos quedado con el otro taxista y que vamos a esperarle. Cuando después de 10 minutos no aparece nuestra cafetera decidimos irnos con éste. Quedamos con él para la mañana siguiente por si Mara y Silvia no han encontrado un taxi pero no le prometemos que vayamos a ir con él.

Cenamos algo rápido en un bar del hotel. Mara y Silvia aparecen un poco antes de irnos a la habitación. Nos dicen que ellas van a ir con un taxista que han conocido a través de unas chicas que han conocido en el viaje y que si queremos puede contratar a un amigo suyo. Resulta que su amigo es al que hemos dicho que venga mañana por la mañana. Decidimos que mañana queremos ir por libre nosotros seis y Mara y Silvia que quieren ir con el taxista todo el día, así que mañana en principio no hemos quedado.

Llevamos mucho levantados y estamos que nos caemos. Nos vamos a la cama que hay que descansar.